“Mi corazón mordido por tus labios”, un solo de saxo

Hoy tengo el enorme placer de anunciar la publicación de mi primer libro, un poemario titulado Mi corazón mordido por tus labios, editado en La Marca Negra Ediciones, unos bucaneros literarios maravillosos.

Si una balada de jazz pudiera hablarnos, si fuéramos capaces de reconstruir el desgarrador sonido del saxo con palabras, me estarías leyendo.

Sensual, inclasificable, alucinado por momentos, tu corazón también será mordido por mis labios.

Solo déjate llevar…

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‘El otro ser’, el acto memorable de Arturo Tendero

Hay poemas que elevan la rutina y sus servidumbres a actos memorables. Es lo que sucede con el poemario El otro ser, de Arturo Tendero.
Entre la poesía de la experiencia y un halo neorromántico, la evocación de entornos íntimos, familiares, manifiestan los dilemas existenciales del ser humano, sus dudas y desazón.
Son estas realidades, su crudeza, las que resuenan en el yo poético, las que le impelen hacia la búsqueda necesaria del “otro ser”.

Arturo Tendero: El otro ser │ Ediciones de la Isla de Siltolá │ Col. Siltolá Poesía │ Sevilla, 2018 │ 82 págs. │ 11,40€

Dolors Fernández

La memoria en el ‘Ulises’ de Joyce

Hace tiempo, a través de mi blog, una persona desconocida me planteó una cuestión sobre el Ulises de Joyce. Algo insólito y estimulante.  Como lectora y estudiosa de la obra joyceana sentí que mi trabajo, por una vez, había sido realmente útil, que había logrado traspasar las fronteras del papel, y una cosa así no sucede todos los días.

Concretamente era el tema de la memoria en la novela del autor irlandés, a partir de la figura paterna, lo que suscitaba a mi interlocutor algunas dudas, hasta el punto de comparar el Ulises –en este aspecto‒ con Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Mi desacuerdo ha sido el punto de partida de estas reflexiones.

Reconozco que la “reconstrucción del pasado” a partir del padre de Leopold Bloom, protagonista del Ulises, era un tema que no me había planteado antes. De hecho, las alusiones al padre, en mi opinión, le sirven a Joyce para justificar los orígenes semíticos de su protagonista y su carácter, en cierto modo marginal, abúlico y escéptico. Una manera de ser y de entender el mundo ajena a la mentalidad imperante en la sociedad de ese Dublín “integrado”, donde creencias, prejuicios y costumbres constituían un ecosistema propio. Una ciudad representada como un microcosmos, analogía a la inversa de la diversidad y amplitud de parajes visitados por el Ulises clásico en su referente literario, la Odisea.

En la novela, la figura del padre podemos rastrearla en los capítulos 6 y 7 (“Hades” y “Eolo”, respectivamente). Ahí se hace alusión y se especifica su condición de judío converso al protestantismo, tras el matrimonio con la irlandesa Ellen Higgins, así como su suicidio, pero poco más. Es un ejercicio de evocación que aparece mientras Bloom acude al funeral del amigo muerto, Paddy Dignam, en el capítulo 6; mientras que rememora nuevamente a su antecesor en el capítulo 7, cuando en un diario de Dublín ve a un tipógrafo colocar los caracteres de plomo en la imprenta. El sentido de la colocación, de derecha a izquierda, le retrotrae de nuevo a su infancia y a la lectura de la Hagadá por parte de su padre.

Estas conexiones con el pasado se vinculan con un presente deprimente, marcado en el recuerdo de Leopold Bloom por el fin trágico de Rudolf Bloom (el padre suicidado); en el momento de la narración, por el fallecimiento del amigo, Padyy Dignam; y en un tiempo futuro, por las esperanzas truncadas tras la muerte temprana del hijo del protagonista. De modo que la mnemohistoria en este caso funciona de un modo diametralmente opuesto a Cien años de soledad, donde el tiempo narrativo tiene el sesgo de las narraciones convencionales y dota de sentido a la vida humana en su valor de “renovación”, inherente a la especie humana. 

Desde mi punto de vista, el Ulises no es una larga remembranza del protagonista en busca de un sentido existencial que se origine en el desarraigo, que busque antecedentes familiares para reencontrarse con sus orígenes en una voluntad de regeneración o, más todavía, que intente un anclaje del individuo como ser humano dentro de una visión más universal y trascendente. Creo que las circunstancias personales y familiares de Leopold Bloom justifican un carácter y una individuación, pero que eso es meramente contingente y que la obra de Joyce va más allá.

Para mí, las criaturas de Joyce no tienen salvación posible. Así lo ha querido su autor. Una interpretación en sentido contrario chocaría frontalmente con el nihilismo feroz que desprende la obra. De hecho, el hiperrealismo de la novela tiene su razón de ser en esa visión “descompuesta” de la vida y la sociedad humanas. La relativización extrema de cualquier acontecimiento conduce al desenfoque radical de la novela, resuelto con sucesivos puntos de vista, saltarines, continuos, con ese alarde abigarrado de técnicas, que, en definitiva, remiten al experimentalismo extremo de que hace gala el autor. Con su Ulises Joyce parece decirnos que la realidad es inaprehensible, porque tan verdad es la presencia de una silla (en un afán científico la describe minuciosa y pormenorizadamente), como la transfiguración surrealista de un prostíbulo.  Así las cosas, yo veo una intencionalidad disruptiva y deconstructiva en esta novela -por llamarla de algún modo-. Y el concepto de “verdad”, como comúnmente lo conocemos, poco importa a su autor.  

Tanto es así que el componente temporal me atrevería a decir que es irrelevante. ¿Por qué si no la historia se centra en un solo día, aparentemente anodino, de la vida de los protagonistas? Una medida tan breve, pero asombrosamente dilatada en el tiempo interno de la narración. Y como así lo ha decidido su autor, sobre esta unidad de tiempo Joyce ha articulado toda la historia –y esa es otra, prácticamente carente de argumento- laberíntica, ilógica con frecuencia, atípica, necesariamente críptica por lo que tiene de “imposible”, de “irreal”. 

Y si el tiempo poco importa, si Leopold Bloom -y el ser humano por extensión- va a la deriva sin remedio, supeditado a pulsiones animales, sin creencias, sin ideales, sin objetivos, sin arraigos familiares, puesto que estos se deshacen como un nudo laxo justo después de la infancia -y hasta esos a veces los trunca la muerte-, ¿qué sentido tiene recordar o todo lo contrario, nadar en el olvido? Todo queda disuelto en el caos vertiginoso de la vida, representado en este caso en un 16 de junio de 1904. 

Creo que la potencia narrativa del Ulises y su originalidad -transgresora, radical- desarman al crítico y estudioso más atentos. Debe buscarse un paradigma distinto para intentar dilucidar el propósito de Joyce al escribir así. Por ello es menester huir de la exégesis al uso. En el artículo titulado “Ni Joyce sabía de qué iba su ‘Ulises'”, Kiko Amat (“Babelia” en El País, 09/03/2018) aborda con inteligencia e ironía una serie de cuestiones al respecto, que nos ayudan a no perder el timón a la hora de leer esta magna obra. Porque a la postre, coincido con Amat en que quizás Joyce no pretendía nada concreto, sino apuntar en varias direcciones, disparar y que cada cual recoja lo que pueda, en un formidable alegato de relatividad literaria y existencial llevada hasta sus últimas consecuencias.

No olvidemos tampoco la concepción aristocrática que James Joyce tenía de la literatura –quien no lo entienda es que no merece leerlo-, incluso de la vida, y que el Ulises es una obra concebida desde el experimentalismo más absoluto y sorprendente. ¿Por qué negarle un componente lúdico, de desafío narrativo, en su vertiente puramente técnica?

Con el hincapié que hizo Joyce en todos estos aspectos, en el Ulises, más que nunca, continente y contenido devienen inseparables. El edificio construido por él es una especie de castillo enloquecedor, kafkiano, que per se dota de sentido a la totalidad de la novela. Tanto es así que realmente, a día de hoy, su obra sigue sin tener parangón.

En definitiva, yo no hablaría de “memoria” en el Ulises de Joyce, sino de “desmemoria”. La única que hace un ejercicio más de ensoñación que memorístico -recordémoslo- es Molly, la mujer de Leopold Bloom, en el portentoso monólogo interior con el que concluye la obra. ¿Una concesión de Joyce o una escena planificada con alevosía y premeditación para acabar de desconcertar al lector?

Ante este nuevo interrogante tendría que extenderme más de lo que este espacio me permite. Otra vez, quizás.



Dolors Fernández Guerrero

Incondicionalmente tuya

La incondicionalidad en su vertiente amorosa es una versión del servilismo. ¿La cara oculta del amor o uno de sus daños colaterales?

La Charca Literaria es una revista digital diferente: por su vigencia, por su agilidad, por su variedad, por su desfachatez.

Os invito a leer en La Charca Literaria mi microrrelato titulado Incondicional. Así podréis opinar por vosotros mismos.

Incondicional

‘Versus/Versos’, la poesía en ‘Sants 3 Ràdio’

En Ràdio 3 Sants, de Barcelona (España), el programa Versus/Versos, conducido por Eduard Reboll, se convierte en una de esas rarezas que activa la escucha y enciende los corazones.

El programa se desarrolla en catalán, una de las lenguas oficiales en España, pero el contenido -la poesía- podréis escucharlo en cualquiera de los dos idiomas: catalán o castellano. Así que os animo a sintonizar Versus/Versos. Os tropezaréis con joyas insospechadas.

Ya que para los amantes de la poesía son reducidos los espacios radiofónicos afines, démonos cita los sábados a las 12 h y degustemos el suculento menú poético que Eduard Reboll nos ofrece.

En su página web, entre los podcasts del programa, buscad el realizado el 14/12/2019. Tendréis ocasión de escucharme:

https://www.ivoox.com/versus-versos-14-12-2019-la-poesia-a-sants-3-radio-audios-mp3_rf_45443088_1.html

Una mariposa en la Isla de la Muerte

Y siguiendo con El club del tigre blanco, otro fragmento, que abre muchas incógnitas. El ambiente es sensual, y se impregna del calor de la escena, hasta embotar nuestros sentidos. Los secretos son demasiados, y la novela los preserva como una madre amorosa, hasta el final.

Una mariposa en la Isla de los Muertos

Azucena, apenas la conozco. Se ha sentado en primera fila, junto a Crocodile. No podía disimular. Quizás no sabe. Los occidentales son así. Asombro, expectación, incontinencia. Todo es nuevo, diferente. Tal vez el ritual la ha conmocionado. Su cultura, tan distinta… Les fascina lo exótico. Al principio a mí también me pasaba con los Hermanos de la Luz. Pertenecer a las Mariposas… O tal vez sea la proximidad al monstruo de Bali. Es guapa. Seguro que Crocodile se las ha ingeniado para caer a su lado. Crocodile siempre se las apaña. ¿Qué mujer en su sano jucio buscaría voluntariamente su compañía?  

(Una sonrisa no exenta de tristeza se le dibuja en la cara.) 

El templo lleno de túnicas blancas con orla azafrán. El triunfo de Pakpao. Todos allí: unos en primera línea, en la ceremonia de mi Designación; otros, en los sótanos, recibiendo lo que les corresponde. Es mi agradecimiento en pago a tantos servicios prestados. Podría ser el texto de alguna placa conmemorativa, si tuviera la intención de concedérsela a uno de los dos, a Graham o al Fantasma. O a ambos: “Por tantos años de amistad. Os quiere…” 

La entrada de Chimery ha ido acompañada de cánticos y de una lluvia de pétalos de flor de loto, lanzados por Mariposas en pie, tan hermosas junto al pasillo de entrada. Así los pasos del Reluciente han quedado jalonados por las flores. Al llegar a mí, me ha encontrado postrada ante el dios Tara, a la espera de oír su voz. A la señal convenida, siempre reconfortante, y entonces he alzado el rostro. 

He comprobado, una vez más, su magnetismo, el poder que dimana de esos ojos penetrantes y oscuros. Aún más penetrantes, todavía más ocuros en el espacio sombrío del templo. Ha pronunciado unas palabras del Libro Sagrado y a continuación ha recitado las oraciones de Designación, coreadas por los fieles. Mi actitud de venerable respeto no ha variado. He continuado de rodillas, suplicando con fervor que el buen karma no me abandone, ni en ese momento ni en los siguientes. Ya nunca más. 

Me ha tendido su mano y me he levantado. He dado comienzo a la plegaria en compañía de Chimery. Todos se han sumado, en un fervoroso bisbiseo. Un susurro de rezos con el poder sobrehumano de la determinación. Al terminar, Chimery me ha desanudado el lazo que mantenía mi túnica sujeta al hombro, de manera que se ha escurrido hasta el suelo. Mi actitud es una ostentación de obediencia suprema. Me he quedado desnuda sobre mis altas plataformas doradas en forma de sandalias, quieta, muy quieta. En mis pies, todos los colores del universo. Cada tira, diferente y complementaria, la exaltación de la diversidad del mundo, todo luz y esplendor. Con presteza, una mariposa ha recogido la túnica blanca, descartada en ese momento como la piel de una crisálida. Yo, la elegida hoy, llamada a renacer entre los Seguidores de la Luz de Himmapán. 

La desnudez de mi piel ha sido compensada con el dibujo minucioso que las Mariposas han trazado sobre mi cuerpo, exultante de color. Han hecho un buen trabajo. Fastuoso, pura filigrana ejecutada con delicadeza. El resultado, una mariposa de poderosa belleza. El verde esmeralda realzado con polvos de malaquita, el bermellón espolvoreado, el azul intenso difuminado sobre mis brazos-alas. Todos me han podido admirar, a mí, la Suma Sacerdotisa con pezones de oro y pubis en forma de cabeza de mariposa. En ese instante se ha producido la conversión. Formo parte indisoluble de un fetiche sagrado y, por esa razón, mi salvación está asegurada, al recibir el don, al emerger entre el lapislázuli y el azabache. 

Hasta Crocodile parecía absorto. Mi cuerpo, por una vez, ha sido expositor y receptáculo de tanta majestad. De golpe he sentido que muchas cosas han cambiado en mi vida. Azucena ha mirado fijamente con la boca abierta, sin pronunciar palabra. Aún tenemos que hablar. Hay asuntos importantes que tratar… Pero he logrado no distraerme en vanalidades. La atención no debe desviarse de lo que de verdad importa. 

De manos del maestro de ceremonias, discretamente apartado en un rincón, Chimery ha escogido la túnica negra, la que se utiliza para investir con el máximo rango a los elegidos entre los Seguidores. Ha extendido completamente los brazos para que la magnificencia del gesto sea apreciada por todos y me ha cubierto con ella. El frescor de su contacto me ha reconfortado. El bochorno de la noche es asfixiante. He temido que el sudor deje marcas infames en la pintura, tan delicada, que cubre mi cuerpo. Pero no. Todo está sabiamente calculado. Con la cobertura de la túnica mi miedo desaparece. Eso me ha tranquilizado. Sería la peor ignominia para una Suma Sacerdotisa. Es cierto que lo que se escamotea a los ojos también se oculta al corazón. Y a todos aquellos corazones anhelantes lo último que hubiera querido es decepcionarlos. Ellos hacían suyo un momento que también era mío, lo más preciado que había tenido nunca. Desde ese instante se habían convertido en parte de mi vida y de mi alma.  

Los he bendecido con un amplio gesto de los brazos y se ha iniciado una larga oración. La postura de cabezas gachas, mirando al suelo, apoyada la barbilla sobre ambas manos cruzadas a la altura del esternón, ha sido el homenaje que toda mi estirpe desgraciada necesitaba. No honraban a la Suma Sacerdotisa. A quien realmente estaban venerando era a mis ancestros, a mi ba, a mi hijo, muerto de un modo tan poco digno. Si eso era posible, ensalzaban mi karma, y yo esperaba que fuera lo suficiente como para rescatar en un último acto desesperado a todos mis antepasados. Hacer que las muertes absurdas que les han abocado al desastre eterno, no sean inútiles. Sabía con dolorosa convicción que la primera culpa había sido la mía. Me había convertido en la Eva del pecado original bíblico, que tanto repetía Graham. Y de ese discurso reiterativo, constante, creo que proviene en buena parte mi desgracia, Pip.  

Chimery ha hecho el gesto inequívoco de fin de ceremonia. Todos han levantado la cabeza y le han mirado. Sin proferir palabra nuestro líder ha iniciado su camino hacia la salida. Nunca antes de él había podido contemplar un porte como el suyo, tan enérgico y lleno de dignidad. Le he seguido a cierta distancia. Es el protocolo. Afuera, el calor de la noche se ha espesado, pero no más que en el templo. Tras las plegarias llegaría el fuego. Hijo mío, ya no habría marcha atrás.  

Pip, el hijo que no tuve, a pesar de haberlo traído al mundo, debe ser incinerado. Ya ni lágrimas tengo. “Que nadie llore, que no se lamente su muerte”, he pensado. Como en una representación teatral, se ha bajado el telón, para iniciar acto seguido una nueva obra. Diferente, mejor. He llegado a rezar tanto… Mi hijo tendrá otra oportunidad en esta vida. 

Además, las Mariposas de la Luz no lloran. Chimery nos lo decía continuamente. Aman, hacen sentir la dicha de la vida y el placer. Esa es nuestra función. Y yo soy una Mariposa magnífica. Ni siquiera sé llorar. 

Pip, nadie ha derramado una sola lágrima por ti. Solo arderás, por fin, en la noche más hermosa de la Isla de los Muertos. 

‘El club del tigre blanco’ y los braceros birmanos

Con el tiempo comprendería cómo los braceros birmanos soportaban aquellas interminables jornadas de trabajo y cómo, pese a todo, no caían desfallecidos bajo el calor sofocante, irrespirable y húmedo de los arrozales. Eran las cápsulas de ya ba que los malayos les proporcionaban las que atenuaban aquellos rigores, el origen oculto de su fortaleza extra.

Poco me falta ya para llegar a ser Pip. Mi abuelo me vería partir junto al Misionero sin conseguir disimular un rictus de amargura. Creo que por su mente no paraban de danzar, como en una pesadilla, ciertas pastillitas rojas. Solo le faltaba haberles dibujado cuernos y un rabo. Ojalá se hubiera tomado un par… Así hubiera sonreído un poco, que buena falta le hacía. Al fin y al cabo, ¡qué daño hacían los malayos a los birmanos ni a mi abuelo! Al ingerir el ya ba los trabajadores solo se volvían más productivos y también un poco más felices…

En fin, que como mi ta no tenía ni una pizca de humor y yo, ante sus ojos, menos credibilidad que un pirómano con una caja de cerillas, se tragó la bola del Misionero a pies juntillas, sin dignarse preguntar al interesado, y: “Niño, si te he visto no me acuerdo.”

Nunca llegué a conocer a mi madre, jamás me pregunté por la existencia de mi padre ni me importó, pero lo de perder a mi abuelo y dejar atrás, así, de golpe, mi infancia, mi paraíso de libertad, era demasiado incluso para mí.

Ahora que estoy a punto de irme me gustaría pensar que volveré a reencontrarme con él, con mi ta, donde quiera que esté, y espero que sea en algún lugar nuevo, en el que los niños no puedan ahogarse en los manglares ni traficar con drogas.

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Mis microrrelatos más infames, en ‘Clarín’

Con mi selección de microrrelatos, titulada Breves infamias, paso a formar parte de la familia de la revista Clarín, en su sección de “Ficciones”, una proeza que hasta hace muy poco había creído imposible. Es por ello que me siento tan orgullosa y satisfecha.

Vaya desde aquí mi agradecimiento para José Luis García Martín, director de la revista, por incluirme entre sus páginas.

En el último número de la revista "Clarín" han aparecido mis "Breves infamias", una selección de microrrelatos…

Gepostet von Dolors Fernández Guerrero am Montag, 2. September 2019

Entre el infierno y el cielo de lo inane, ‘El club del tigre blanco’

Información privilegiada para los seguidores del hilo de “El vértigo del tigre blanco”, mi ópera prima de la que ya os he hablado, una novela hasta hace muy poco en estado de gestación y que, definitivamente, ya he dado por terminada.
La efeméride ha requerido cambiar el título, pues en el proceso se han producido algunas modificaciones sustanciales. El ambiente, los escenarios y la mayoría de los personajes me lo pedían a gritos desde Bangkok. El agraciado ha sido su medio hermano, “El club del tigre blanco”, al que, como veis, solo le ha bastado una palabra.
Dado que de ahora en adelante hablaremos de este “club”, quiero, a modo de celebración, ofrecer en primicia un fragmento significativo, un aperitivo de esta obra coral que deambula entre el infierno y el cielo de lo inane.
No obstante, no quedará ahí la cosa. No os libraréis de mí tan fácilmente… 

“Ha venido a mí envuelta en una tela traslúcida, arrastrando un tul como la cola interminable de una novia. Al entrar en mi dormitorio, en mi sueño, me he visto a mí mismo en la cama, con la sábana a los pies, muerto de calor. El calor en Bangkok es insoportable, con esa humedad constante, pegajosa, que el monzón
trae para echarlo todo a perder.

Tenía una sed terrible. Notaba cómo mi lengua se
pegaba al paladar y no era capaz de levantarme ni a por un vaso de agua. Ella y su envoltorio evanescente han caminado en mi dirección, creando ráfagas
de aire fresco a su paso, sin mirarme en ningún momento, con los ojos clavados en el vacío, igual que una muñeca, inexpresiva. A pesar de todo, yo le sonreía. Se ha ido acercando más y es cuando he murmurado: “Pakpao…” Y sí, en ese momento se me ha quedado mirando con los brazos abiertos. Y al hacerlo, ha descubierto sus pechos, de aréolas maravillosamente rosadas. “Ven, hijo mío”, y
yo he ido y he abierto mi boca sobre sus pezones, mullidos y cálidos, y ha comenzado a manar una leche sedosa, dulce, que calmaba mi sed sin saciarme. Sentía tanta paz…
Pero en un instante Pakpao ha cambiado de aspecto y, con un manotazo, me ha apartado de sí. Sus pechos se han secado, han recuperado la apariencia de
siempre, con pezones pequeños y oscuros, como los de cualquier mujer oriental. Y de golpe ha empezado a sacar diferentes objetos de su vagina, incluso una
chistera con conejo. No me lo podía creer.

Yo la miraba asombrado, decepcionado porque me había alejado así de ella, la Pakpao de antes. Continuó con aquel juego de prestidigitación: un huevo de avestruz intacto, un maletín de viaje, una bombilla y, por último, un potrillo recién nacido. El animal no hacía más que rebuznar.

Pakpao había parido un burrito blanco. Sentí una tierna emoción.”

(Dolors Fernández, fragmento de “El club del tigre blanco”)

El Asombro del Tritón en ‘La Charca Literaria’, humor negro o no

https://lacharcaliteraria.com/author/dolors-fernandez/

Para amantes de microrrelatos desconcertantes, cínicos y negroides, aquí arriba os he puesto el enlace de una web muy recomendable: “La Charca Literaria. En ella, “El Asombro del Tritón” es la sección de relatos hiperbreves que contiene mis textos, para espanto de lectores propios y ajenos.

A modo de prólogo y declaración de intenciones, una bella canción sobre este mundo loco loco, de Francisco Céspedes:

Y ahora ya está bien de milongas… ¡A leer, malditos!