“Mi corazón mordido por tus labios”, un solo de saxo

Hoy tengo el enorme placer de anunciar la publicación de mi primer libro, un poemario titulado Mi corazón mordido por tus labios, editado en La Marca Negra Ediciones, unos bucaneros literarios maravillosos.

Si una balada de jazz pudiera hablarnos, si fuéramos capaces de reconstruir el desgarrador sonido del saxo con palabras, me estarías leyendo.

Sensual, inclasificable, alucinado por momentos, tu corazón también será mordido por mis labios.

Solo déjate llevar…

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‘Apología de las sombras’ o el irrefutable legado de Sílvia Rins

http://www.elpunt.cat

Amigos, os dejo el enlace de mi reseña sobre Apología de las sombras, de Sílvia Rins, publicada en el suplemento cultural del diario catalán El Punt Avui este pasado domingo 15 de octubre.

El Punt Avui es un diario escrito en catalán, o sea que para los que quieran leer la reseña en castellano, al final de esta entrada pongo a vuestra disposición el texto traducido.

Espero que su lectura os incite a leer este magnífico poemario:

Rins, Sílvia: Apología de las sombras, Editorial Devenir. Barcelona, 2016. Páginas: 96. Precio: 11 euros

 

http://www.elpuntavui.cat/cultura/article/19-cultura/1252922-les-ombres-i-els-grecs.html

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“Nefertiti y los zombis”: V. En mi silla giratoria

Los besos se me escapan de los labios, se me ocultan bajo la lengua y acabo tragándomelos. Son sorbos amargos que me endurecen hasta el velo del paladar, que me dejan en las encías, en el cielo de la boca, en la lengua un regusto desagradable. Es una sensación correosa que solivianta mis papilas gustativas, un roce áspero que las enardece y las vuelve hipersensibles. Dolorosamente reales.
Es el juego de la seducción lo que me atrae. Soy una falena zumbándole a una bombilla encendida. En la espera se atiza el fuego y fantaseo con el deseo creciente que despertaré en mi amante, que este despertará en mí. Siento que la voluptuosidad de mi cuerpo está hecha para sus manos y que su sabiduría de macho en celo satisfará la necesidad de toda mi piel, de todos los roces posibles. Es un momento glorioso. Hasta que llega el correo definitivo. “¿Nos vemos?” o “Deberíamos vernos”. Entonces trato de digerir estas palabras con los ojos entrecerrados.
La pantalla es una evidencia intermitente. Puedo ver las letras a pesar de mi cabeza inclinada, al trasluz de mis pestañas, tan espesas; de mi pesada cabellera dórica, cubierta de rastas. A mi espalda, la pared, oscura de chinchetas y pósters; a mi derecha, una ventana con la persiana bajada, siempre; a mi izquierda, la puerta, un dintel con dos jambas que enmarcan una hoja de aglomerado de madera que debiera ser giratoria, para no distinguir si entro o salgo de mi cuarto. Sobre mí, techo desconchado y un plafón de luz fría. A veces me tumbo en la cama y me entretengo en imaginar la continuación de las formas sinuosas que dibuja la pintura en mal estado, los contornos oscurecidos por la humedad. Otras veces, desde mi asiento, estiro el cuello todo lo que puedo hasta que me duele y tengo la certeza de que la materia ni se destruye ni desaparece, solo se transforma en algo distinto. Entonces, cuando creo que mi cuello está a punto de troncharse, reparo en mi propio cuerpo, en mi materialidad, y me doy cuenta de la lealtad de mi silla giratoria, que soporta sin chirriar la totalidad de mi peso. Y siento la necesidad de girar para aligerar esa certidumbre. Los giros siempre en el mismo sentido, sucesivos, rápidos, continuos. Si pierdo impulso, un golpe de efecto en la mesa y de nuevo a dar vueltas. Cada vez que disminuye el movimiento lo acelero limpiamente y así hasta perder la noción del tiempo. Cuando al final me canso, paro. En ese momento ya no sé ni quién soy.
“¡Busca la luz, busca la luz!”, pensó Natalia. ¡Qué simples podían ser algunas personas! Su terapeuta estaba convencido de que esa luz existía. ¿Por qué tanta matraca con la luz? ¿Para qué? Lo cierto es que ella tampoco se había dignado sacarle de su error. Le hubiera costado poco pero a ninguno de los dos le convenía. A él, porque habría perdido su fe en ella y por extensión en su infalible método; a ella, porque tal vez la obligaran a perseguir nuevas lucecitas de colores a saber dónde… No estaba dispuesta a correr riesgos innecesarios.
Desde aquel día en el consultorio sentía su realidad alterada. Su entorno le parecía cargado de matices y recovecos. Todo se le mostraba de un modo impreciso, incomprensible, pero irrefutable. Cuando se tumbaba en la cama cruzaba los brazos sobre el pecho y sus puños se apretaban como si aferraran algo preciado, de cuya posesión dependiera su vida. Cerraba los ojos y volvía a notar aquel hedor sobre su nariz. Se desasía de su cuerpo y adivinaba cómo su espíritu retornaba a su lugar de origen, aunque fuera incapaz de determinar cuál era ese sitio. Y allí permanecía todo el tiempo que le era posible. Ella, Natalia, comprendía por fin que su pasado se remontaba a miles de años atrás. Estaba segura, y esa creencia le había aportado un grado de confianza que nunca antes había experimentado. Visitar a menudo esas sensaciones le aportaba una paz que ninguna medicación había logrado hasta entonces.
¿Cómo explicarse algo así? ¿Desde cuándo la razón podía aprehender una verdad como la suya? Sabía que su tiempo de adolescente traumatizada, problemática había llegado a su fin. La Historia deparaba para ella algo grande, posiblemente siniestro, inaceptable para muchos, pero exquisito, sin duda. Algo comprensible solo para unos pocos escogidos, como ella. A partir de aquel momento se llamaría Nefertiti, la reina egipcia. Su conducta seguiría otro rumbo. Por todos los dioses del Cielo Inferior que así sería.
Las verdades eran un tesoro que jamás debían revelarse, so pena de ser juzgados por los más ignorantes. “¡Sigue la luz!”, seguía escuchando, sin dejar de pensar en el último día de terapia, el día de la revelación. “En realidad, ¿quién soy?”, se decía a sí misma sin dejar de sonreír.

Dolors Fernández

 

Próximo capítulo:

VI. Matrix en la rosaleda

“Nefertiti y los zombis”: IV. Con Batman, a ciegas

-Nef, siempre pensé que serías así. Eres mi alma gemela.

-No deberías decir esas cosas. Todavía no me conoces.

-Hay cosas que se saben desde el principio. Siento que te conozco desde hace mucho.  En cuanto te vi lo supe. Ven aquí. –Y con su gesto intenta atraerla hacia sí, como si los brazos extendidos pudieran obrar el prodigio de la telequinesis. Ella, en cambio, sale corriendo. Por un momento el hombre, sorprendido, se queda quieto. Luego la sigue.─  ¡Nef, Nef! ¡No te vayas! ¿Dónde vas, Nef? Espera, espérame, que puedes perderte –“y perderme”, piensa el hombre, contrariado. Sigue leyendo “Nefertiti y los zombis”: IV. Con Batman, a ciegas

Elogio de la paz

Se oye el bramido del mar
en este compás de espera.
Sí, banderolas blancas,
sí, banderolas negras.

Irredento se aproxima
con miles de lenguas de fuego.
No, espumarajos blancos,
no, alquitranes negros.

Ladera de agua salada,
la misma sin ser igual,
basta de blanco o de negro
con rumor de pedernal.

Salten cabriolas de agua,
potrillos de hielo insomnes,
que un oráculo de olas
sea la voz que se inmole.

Sí, banderolas blancas,
sí, banderolas negras;
No, espumarajos blancos,
no, alquitranes negros.

Dolors Fernández

“Nefertiti y los zombis”: III. A la luz del día

Bien mirado salir a la luz del día tampoco estaba tan mal. Los colores se volvían definidos y brillantes, se reconocía el contorno de todas las cosas, y eso alegraba sin querer la vista. Era normal no tropezar en el hueco de los árboles o en los adoquines rotos, en los socavones inesperados de las aceras. También resultaba cómodo acertar a la primera el lanzamiento de un pañuelo arrugado y sucio a la papelera, tan mugrientos continente como contenido. Incluso se podía hacer la buena acción del día prestándole el brazo a la primera abuela que intentara cruzar un paso de cebra. Siempre le costó representarse a una cebra de la sabana africana en los listones descoloridos que rayaban el asfalto. Sigue leyendo “Nefertiti y los zombis”: III. A la luz del día

“Nefertiti y los zombis”: II. El frío de la hipnosis

-¿Ves la luz, Natalia?

-No veo nada, no se ve nada.

-Natalia, tiene que haber una luz, ¿por qué no la sigues?

-No, no, está oscuro y tengo frío. –Natalia tirita y se abraza a sí misma. Le cuesta hablar.

-Te estás negando la evidencia, Natalia. Hay una luz. –le explica con paciencia el terapeuta. De pronto cambia el registro y utiliza un tono imperativo-: ¡Búscala! Natalia, escúchame, sigue buscando, no tienes nada que temer. –La respiración de la paciente es agitada. Está inquieta y el nerviosismo va en aumento. Comienza a mover la cabeza a lado y lado, luego todo el cuerpo. Si continúa así el diván pronto se volverá estrecho y la joven caerá al suelo.

-¡No veo nada, no veo nada! ¡Quiero salir de aquí, quiero irme! Por favor, ayúdame, no me dejes aquí… -Su voz se vuelve por momentos más quejumbrosa, más tenue. Llega un momento en que deja de ser audible. Sigue leyendo “Nefertiti y los zombis”: II. El frío de la hipnosis

“Nefertiti y los zombis”: I. Entre los muros de la iglesia

La puerta de la iglesia de Santa Engracia de los Mártires era de una madera adusta y rojiza. La poderosa aldaba que la presidía le pareció a Nef el ojo del Gran Hermano. La invitaba a llamar, pero se contuvo. Era mejor pasar desapercibida. Se concentró en el bronce bruñido, indemne a pesar de todo, y le extrañó que aún no lo hubieran robado. Se encogió de hombros y empujó la puerta con ambas manos. Sin querer palpó los numerosos remaches de hierro sobre la madera. Tuvo la sensación de que sus dedos recorrían un código braille encriptado bajo el cual se ocultaba el secreto de todas las iglesias medievales: una confabulación de señores de la guerra y ritos mistéricos. Se sentía rara, como si en cualquier momento un resorte interior estuviera a punto de saltar. Aquello, lo que fuese, era algo desconocido. Hasta la memoria se le rebelaba incomprensible. Últimamente nada tenía pies ni cabeza. No podía ser más anacrónico e ilógico.   Sigue leyendo “Nefertiti y los zombis”: I. Entre los muros de la iglesia

Nefertiti y los zombis, otra historia por fascículos

Amigos, os presento la siguiente primicia:

NEFERTITI Y LOS ZOMBIS

Desde hoy, un nuevo relato inédito -de mi autoría- sale a la luz en Despeñaverbos.

Por fascículos, como ya hice con Halogramas y, del mismo modo, al ritmo de un capítulo por semana. Porque tanto el veneno como los elixires hay que saborearlos lentamente, con delectación.

Nefertiti es la narración iconoclasta de una joven de nuestro tiempo. Un ser tan tóxico y extraño que solo podrás recomponer su verdad cuando llegues al final. Pero, claro, para conseguirlo tendrás que estar dispuesto a bucear sin prejuicios dentro de su mente. Y, ¡cuidado!, que el riesgo de extravío es grande.

Su devenir  alucinado es el hilo conductor de la historia y, por tanto, de su circunstancia vital. Paso a paso, cada capítulo ahondará más en su misterio, hasta que tú, lector privilegiado, llegues a averiguar  cuál es su secreto. Una vez lo sepas, no lo desveles, Nefertiti podría enfadarse.

Espero que Nefertiti, extravagante y embriagadora, os haga disfrutar tanto como a mí.

Próximamente

I. Entre los muros de la iglesia

Machado y Cataluña según Ian Gibson

Ante noticias que ponen los pelos de punta por lo que representan (fanatismo, sinrazón, injusticia, manipulación de la memoria histórica), adjunto un enlace de suma importancia: un artículo de Ian Gibson (el gran hispanista británico), aparecido el 17 de agosto en el diario El País.

Bajo el título “Machado y Cataluña“, Gibson explica de forma detallada la relación del poeta andaluz con Cataluña y glosa su peregrinación hacia Colliure en enero de 1939. Machado, mayor y enfermo, moriría un mes después en esa localidad francesa.

Por poner en antecedentes,  el Ayuntamiento de Sabadell (Barcelona) propuso la  retirada del nombre de algunas de sus calles, ya que -según el encargado de realizar el informe, el ¿historiador? Josep Abad– figuras tales como Machado, Goya, Quevedo, etc. eran personalidades franquistas y anticatalanistas. Y eso que la mayoría de ellos ni siquiera vivió durante ese período histórico. ¿Franquistas avant la lettre? Acabamos de adentrarnos en un relato de ciencia ficción. Sigue leyendo Machado y Cataluña según Ian Gibson

Ataque terrorista en Barcelona: la palabra activa

Ante la barbarie del atentado de ayer (17/08/17) en Barcelona,  es fácil caer en el tópico de que “no hay palabras para describirlo”.  Y hasta cierto punto es verdad, pero solo un poco.

En casos como el del atentado de Barcelona se evidencia el poder de la imagen. La visualización de gente herida, sangrante, el llanto, las expresiones de dolor, los muertos sacuden infinitamente más nuestra conciencia que cualquier palabra, por bienintencionada o efectista que sea. Pero eso ya lo tiene clarísimo el periodismo clásico y cómo contradecirlo hoy en día, inmersos como estamos en la era de la imagen. Por ambas razones quedarse ahí sería simplificar demasiado la realidad y yo quiero ir más allá. Sigue leyendo Ataque terrorista en Barcelona: la palabra activa