Archivos de la categoría Poesía ética

Tripulantes del miedo

Tripulo naves
en esta tormenta furiosa
ante barcos embarrancados
en islotes de fuego.

El viento es un ariete
con redoble de tambores
y solo el timón rodea
los vértices del miedo.

El ocaso, cansado,
ya no redime la indiferencia.

 

Dolors Fernández

Solo eran niños

Son niños y navegan
a horcajadas sobre el miedo,
encarnados en la tormenta.

Son niños y navegan
sobre tablas de juguete,
construidas por la indiferencia.

Son niños y navegan
a través de un mar de espigas,
orlado de amapolas negras.

Son niños y navegan
con el traje de difuntos
avanzándose a sus exequias.

Dolors Fernández

 

Quemar las madrugadas

No quemes, mujer, las madrugadas
ni la guirlanda de flores rojas
allá en tus cumbres.

Hay que blandir espadas de espuma,
nadar en medio de la desnudez,
yacer sobre el musgo ardiente
para entender cómo se hace
el pan de cada día,
para saborear tu amargo café.

La piedra angular
que habita en la cúspide de tu ombligo
se ríe a sus anchas
sobre los edificios desahuciados.
Es por ti que los balcones
se abren como en días de fiesta
con sus mejores galas,
pero las ofensas son rejas
y rugen recias, rojas, rancias
repletas de encías como sierras,
afilados dientes sobre tu vientre.

Hoy, mujer, luces la guirlanda de flores
y es la vida quien te abraza
y te salpica la espuma de agua
y descansas sobre el musgo
y amasas el pan
y aspiras del café el aroma.

A aunque sé, mujer, que no es bastante,
y lo siento en esta madrugada que arde,
deseo mirarte como nunca, como nadie,
y será mi reclamo
quien te hable
lo suficiente, lo justo.
Solo.
Amante.

Dolors Fernández Guerrero

En la noria

noria

Hay oquedades que contienen
corazones desvestidos de sí mismos,
retablos costumbristas
de la medianoche,
antifaces con sonrisa.

Una noria con ribete de cristales
aligera los cuerpos,
pura piel efervescente
que se disuelve en besos
contra el aire.

Mientras, los cangilones
giran, ignorantes.

Comparsas de teatro

teatroComo en la tragedia griega todos los personajes llevan su máscara. Pobre de aquel al que se le caiga, deberá abandonar el escenario y esconderse entre bambalinas. Quizás fuera mejor rasgar el terciopelo rojo del telón y observar a los actores en su mentira desnuda, pero entonces habría que dar por concluida la función.
Todos formamos parte del mayor teatro del mundo. Somos a un tiempo partícipes y espectadores. Ante el abismo insoportable de la realidad solo nos queda huir, en un acto supremo de ostracismo interior.

El peix pallasso

pez-payaso

Dins l’aquari el peix pallasso
sura
amb els seus colors
indestriables,
tot insinuant el seu propi jeroglífic.

Rendit a les algues,
a la rocalla, a la ruïna
d’àmfores,
és al punt de mira
i mai el delata el seu desig.

Sap que sota la superfície
gairebé
no cal nedar,
que davant la precisió d’una bombolla
l’aire esdevé tens, estàtic.

Un encenall d’instant
s’amaga
rere la inconsciència
necessària
que reïx sota les seves escates.

Des de fora res no el
pertorba:
només és una dona
arrecerada al seu
vitrall.

El hombre necesario

troncos

No sé si necesitas un hombre o un árbol
alto, erguido, robusto, perdurable.
Coger su mano de rama
hasta que se claven en tu palma
las estrías de su corteza
y que ese tatuaje te acompañe
bajo la luz del ocaso.

No sé si necesitas un hombre o un ave
poderosa, rapaz, elegante.
Adormecerte entre sus garras
para que te arrulle sobre cimas rocosas,
libre del naufragio de los mares
y que la verdad de su pico algebraico
sea la medida de tu talle.

No sé si necesitas un hombre o
el instante…

La noche de los zombis

zombi

Se rompe la noche en la ciudad,
la noche de los zombis.
Hay sombras de harapos,
refugios de plástico, de papel,
relicarios de contornos incoloros
sin medida
y coitos sin manos,
sin sexo, sin labios.

Desde su orilla, los zombis
atrapan la oscuridad.
No hay sirga que los arrastre
con fuerza del otro lado
ni Estigia que en su voracidad
ansíe sus cuerpos apedazados
que solo aprendieron
más tarde, más lejos, jamás.

La noche de los zombis es
ciega y sorda,
y hay nombres impregnados
en el cartón de los colchones.
En el subterfugio de algún parque
sueñan heraldos sin madrugadas,
sin cajeros, bancos, soportales.
La sobriedad es la locura de la razón.

Hace frío en la noche de los zombis,
y duele la herida de hielo,
el cuchillo, la patada,
la cerilla, la gasolina, el fuego.
Cartón, plástico, reliquia,
cuerpos, vacío, ceguera.
El rosario del zombi
es una culebra que repta, lenta.

Galería de espejos

EspejosLa vida son muchas vidas aunque no queramos reconocernos en algunas de ellas.
No deseamos, en esa galería de espejos, ver nuestra imagen chata ni admitimos la metamorfosis en un Greco alucinado.
Sin embargo, no dudamos en embalsamar nuestro recuerdo con flores cuando se nos antoja ejemplar.
Un juez estricto, forjado a lo largo de los siglos, nos inoculó su veneno. Hoy se alza, dictador implacable, para darle sentido al sacrificio, para cobrarse los tributos del placer y el desacato.
Su azote es despiadado. Las cicatrices que nos cruzan la espalda jamás sanarán. Serán el oneroso testimonio de que la vida son muchas vidas.
Hoy todas ellas se amontonan en un mosaico desencajado de teselas confusas. No podemos ver más.
La vida son muchas vidas aunque no queramos reconocernos en algunas de ellas.

Torre de Babel

torre babel

Me consume el calor de invernadero
de esta torre de Babel,
donde no se distinguen las voces
ni la geometría de su murmullo.

Desde el sótano se elevan
los gritos del Greco,
su ascético deseo.
Suplican, parece, la lluvia,
cuando sus almas son un receso de aguacero.
Reclaman, creo, las nubes,
pero ningún rayo de sol
proyecta sombras
bajo sus pestañas de ojos lentos.

Otras veces oigo ecos,
frases amortiguadas,
carentes de forma,
ausentes, sin peso.
Me llegan de todas partes:
de arriba, donde aspiran
a apuntalar el cielo;
de abajo, donde pretenden
horadar los pasadizos del miedo.

Los habitantes de Babel
son autómatas programados,
oriundos del grito anclado
en los límites del destiempo.
Invaden mi mente,
desarticulan mi pensamiento
hasta que maldigo
esta torre de Babel
que es prevaricación y es veneno.

Y siempre es los mismo:
susurros que recorren
sus escalones helicoidales,
que emulan la sonoridad de su nombre,
que se encadenan sin perder jamás
el eslabón ni su engarce.

La torre de Babel
está en el aire,
es el zumbido que me invade
mientras el musgo de sus muros
exteriores arde.