Archivos de la categoría Relatos del lado oscuro

El artista de la morgue

El artista de la morgueUn ritual inexorable incluía la recepción de los cuerpos, su identificación, acondi-cionamiento y colocación siguiendo un escrupuloso orden. Allí, donde todo tenía lugar, las horas y los días -festivos o laborables-  se sucedían con imperturbable calma. El destello  de los azulejos blancos desinfectados con lejía reflejaba el contenido del habitáculo, como en la versión gore de la Sala de los Espejos.

Un hombre común, o no tanto, era quien ejecutaba con pericia todos los movimientos. “Común” por lo que tenía de comunitario, denotativo de una comunidad; no en la acepción más conocida, rayana en lo mediocre e insulso. En este último sentido no  era nada común, tal y como su mirada decía. A él, sabiéndolo, no le importaba. Sigue leyendo El artista de la morgue

Vigilia

VigiliaEn el mes de enero caminar por la calle es ir arrebujado con quilos de ropa, el gorro calado hasta casi tocar las pestañas y un paso apresurado que combata la tiranía del termómetro. Pese a mi limitada visión-inconvenientes de mi indumentaria-, le reconocí en cuanto le vi, así como por accidente. Ahora que hago la retrospectiva me doy cuenta de que antes de yo advertirlo siquiera, ya me había lanzado su dardo. Un dardo certero que penetró hasta el fondo de mis ojos. Luego solo sentí su paso fugaz. Un desliz que pesó en mis párpados cargados de niebla. Sigue leyendo Vigilia

Taxidermia

TaxidermiaEntraron en tromba en la casa presidencial. Sorprendentemente, nadie opuso resistencia. Todos en la residencia parecían haberse ocultado, presas del terror. Al frente, el líder de los sublevados conocía muy bien el camino. Se sentía con la conciencia tranquila: sus aspiraciones eran justas. Lo único que hacía era aprovechar la ocasión. Había esperado con paciencia por respeto, pero ahora el carcamal había palmado, y él y sus hombres estaban resueltos. Sigue leyendo Taxidermia

¡Viva la revolución!

¡Viva la revolución!Mis cuatro paredes son de caña y adobe. Por eso la luz se cuela por las rendijas, y el aguacero también. Durante el día me deslumbra y me regala un calor pegajoso, asfixiante. El tatuaje de pecas que cubre toda mi piel no sirve ni para aislarme del sol. Cada día estoy más ajada y reseca.

No sabría decir si prefiero la lluvia. Cuando cae es como estar a la intemperie. Lleno la cabaña de cubos –los pocos que me dejan pero en seguida rebosan a borbotones. Y solo puedo esperar que los harapos que visto no se me peguen aún más al cuerpo. Siento como si quisieran adherirse para siempre a mí, comouna funda de neopreno mojada por dentro y por fuera. Sigue leyendo ¡Viva la revolución!