‘Antología traducida’ de Max Aub, el poemario apócrifo

Antología traducida es una obra que va creciendo con los años, alimentada por el celo “traductor” de Max Aub, durante décadas. En ella su tarea es mostrarnos a autores tan dispares entre sí como Azzobal (¿902-980?), poetisa árabe-andalusí, o a Vladimiro Nabukov (1812-1872), autor ruso. Entre ambos, un largo séquito de nombres judíos, helénicos, británicos, franceses, portugueses o estadounidenses, entre otros, van desgranando sus biografías, cuidadosamente elaboradas e interconectadas con la época en la que se inscriben. Un espíritu de síntesis preside este juego de heteronimias donde las verdades parecen ficciones y las ficciones tienen un vislumbre de realidad, sin que a veces se oculte el gusto de Aub por el anacronismo de fechas o datos, así como deliberados guiños al lector (nuevo juego de complicidades) y a la ironía.

Como diría Umberto Eco, se trata de un claro ejemplo de la “pretesa d’identità”, referiéndose a la recreación realista de un mensaje que resulta ser falso. Algo en lo que Eco es experto. Véase, si no, el juego de fraude informativo que orquesta su personaje Léo Taxil (cuya concomitancia con la realidad es comprobable) en su célebre novela El cementerio de Praga (2010).

No obstante, la finalidad de Max Aub es otra bien distinta, puesto que esta ambivalencia y despojo identitario le sirve a nuestro poeta para expresar su desarraigo y desolación, tras verse obligado al destierro en México, como consecuencia de la Guerra Civil española (1936-1939). Su paso por los campos de internamiento de Roland Garros y Vernet en Francia -en 1940, acusado de comunista- y al año siguiente por el de Argelia, dejaron en su obra una huella que adquiere tintes trágicos en su poemario Diario de Djelfa (1945).

Un ejemplo de lo explicado respecto a su “juego” de identidades y traducciones apócrifas es la prosa poética de “João Da Silva Botelho” (Antología traducida, Ed. Visor Libros, Col. Visor de Poesía, Madrid 2004; págs. 227-228):

JOÃO DA SILVA BOTELHO
(1919)
De Lisboa. Vive en París dedicado al turismo.

El toro, plantado encima del cerro. Enhebrados en sus afilados, altísimos cuernos, once toreros muertos; en uno, cinco; en otro, seis; doblados por la cintura.
Negro, quieto, estampa vengadora recortada en la luz nácar de la noche, los verdes sin color; los ocres sí, camino de violetas. Malva la línea desteñida del horizonte. (Gris nunca dice lo que quiere decir.)
Brama el toro. Un torero, el tercero ensartado en el cuerno derecho, se dobla más; ligero movimiento de la muerte.
Abajo, la tierra partida deja al descubierto su complicado mecanismo de relojería, de acero y cobre. Todo se engrana a la perfección, silenciosamente; una rueda en otra, diente por diente, moviendo estrellas y soles.
Un marino ciego, sentado, aburrido, vigila la maquinaria con el oído.
El toro da un paso. La sangre escurre por la cepa de sus cuernos; cae, gota a gota del belfo en la yerba rala, seca, del cerro.
Surge el tañido lejano, ligeramente agrio, de una flauta. El horizonte se aclara pausadísimamente. El toro vuelve a mugir. Los toreros se hunden unos centímetros más.
El animal mira el horizonte en espera de los cuernos de la luna.
El duelo será a muerte.