Volutas

Era el imprescindible, el dueño del espejismo. Mientras las anillas de humo avanzaran perezosas y ascendieran hasta el techo, todo iría bien. Solo que aquel día, su voz ronca, de fumador empedernido, habló después de exhalar su última voluta. Ella dudó al ver cómo aplastaba el cigarrillo contra el cenicero. Cegada por el espejismo, se negó a creer y un tirabuzón gris, turbio, se marchitó en algún lugar, resuelto en humo de tabaco.

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