Madame Guillotine

guillotina“En un lugar de Francia, de cuyo nombre no quiero acordarme, hace mucho tiempo que vivió un hombre cruel, afecto a los discursos, miope y con la testa coronada por una absurda peluca blanca. Burgués de nacimiento e hijo de jurista,  el apellido de la familia era Robesbierre, aunque sus amigos le llamasen Maximilien.”En este momento de la narración Javier se detuvo. Le recordaba a algo. Bebió un trago de su café, ya frío, y continuó evocando el París de Luis XVI. El humo del tabaco había formado una nube espesa sobre su cabeza, pero le gustaba, le ayudaba a recrear las escenas tétricas. Había decidido novelar la vida del jacobino Robesbierre, el malvado, el amante de Madame Guillotine.

Llevaba horas trabajando cuando, de repente, sintió un escalofrío. Giró sobre sí mismo buscando alguna ventana abierta y quedó frente a una reproducción en miniatura que adornaba uno de sus estantes. Era una réplica a escala de la guillotina. Siempre le había cautivado aquel objeto, de ahí su interés por Robespierre.Se quedó largo rato mirándolo. Lafascinación por el filo de su cuchilla le sumió en una especie de ensoñación.

Javier despertó al oír un golpe seco. La hoja de la guillotina había caído a su libre albedrío, sin ser vista. Innumerables gotas de sangre le salpicaron la cara y la ropa. A todas luces contravenía las normas más elementales de la lógica y del sentido común: ¿cómo podía decapitarse el aire?En su aturdimiento, miró hacia el suelo y vio una cabecita pequeña,  como de jíbaro. Creyó oír una voz que le hablaba.  Era aquella ciruela pasa con boina blanca. Entonces la analizó con más detenimiento.Era la cabeza o el cuerpo inconcluso del pérfidoRobesbierre. Desde Termidor de 1794 parecía haber sufrido una severa reducción.

Aquel engendro imposible con sesos de mosquito le dijo: “Me has decapitado por segunda vez, Javier García. No eres más que un pobre Sancho Panza. ¿Acaso me has llamado alguna vez Maximilien? ¿Quién te ha dado permiso para juzgar a los amantes de Madame Guillotine?”