“Nefertiti y los zombis”: III. A la luz del día

Bien mirado salir a la luz del día tampoco estaba tan mal. Los colores se volvían definidos y brillantes, se reconocía el contorno de todas las cosas, y eso alegraba sin querer la vista. Era normal no tropezar en el hueco de los árboles o en los adoquines rotos, en los socavones inesperados de las aceras. También resultaba cómodo acertar a la primera el lanzamiento de un pañuelo arrugado y sucio a la papelera, tan mugrientos continente como contenido. Incluso se podía hacer la buena acción del día prestándole el brazo a la primera abuela que intentara cruzar un paso de cebra. Siempre le costó representarse a una cebra de la sabana africana en los listones descoloridos que rayaban el asfalto.

Después de todo su psicoterapeuta tenía razón y la mañana no era tan amenazante como ella había imaginado. Siguió paseando sin prisa y se dejó contagiar de un optimismo raro, poco habitual, hasta que un semáforo rojo la obligó a pararse. No tenía el menor inconveniente en transgredir las normas de tráfico y saltarse la señal a la torera, pero tratándose de una arteria principal de la ciudad, le pareció un suicidio sin motivo. A pesar de todo lo que dijeran no estaba loca. Podía ser sombría, hosca, pero no una inconsciente.

Quizás la luz que debía seguir en las sesiones era la misma que estaba viendo esa mañana fría y seca. El convencimiento de que perdía el tiempo al ritmo de una sesión por semana la ayudaba a soportar la voz aflautada de aquel tontaina. Era su venganza secreta. También lo era el dinero invertido. Tiempo más dinero malgastados eran el precio que debían pagar los que insistían en su “curación”. Recordó que en dos días tendría que volver.

Hoy estaba exultante sin motivo y se le ocurrió que en la próxima sesión hablaría de la luz, la de esa mañana radiante sin nubes. Pero esto último no tenía por qué saberlo su terapeuta. La luz era para el común de los mortales energía y vida, y como de eso se trataba, diría lo que su terapeuta quería oír. Dejaría a un lado las tinieblas, esos sueños escabrosos que la inquietaban y que tan adorablemente morbosos le parecían a aquel hijo de papá. Con suerte podría estar dándole vueltas al tema durante toda la sesión o dejarse hipnotizar de nuevo. Le estaba cogiendo el gustillo a la hipnosis. La verdad es que se relajaba y era la manera de dejar de largar lo que solo a ella incumbía. En ocasiones había llegado a inventarse las historias. Una manera creativa de saciar la malsana curiosidad de aquel psicólogo buenista.

La próxima cita a ciegas la haría de buena mañana. Experiencias nuevas. El riesgo era mayor, pero Murphy la protegía con su mensaje vacío de luz.

 

Dolors Fernández

 

Próximo capítulo:

Con Batman, cita a ciegas

Deja un comentario