Una mariposa en la Isla de la Muerte

Y siguiendo con El club del tigre blanco, otro fragmento, que abre muchas incógnitas. El ambiente es sensual, y se impregna del calor de la escena, hasta embotar nuestros sentidos. Los secretos son demasiados, y la novela los preserva como una madre amorosa, hasta el final de la novela.

Una mariposa en la Isla de los Muertos

Azucena, apenas la conozco. Se ha sentado en primera fila, junto a Crocodile. No podía disimular. Quizás no sabe. Los occidentales son así. Asombro, expectación, incontinencia. Todo es nuevo, diferente. Tal vez el ritual la ha conmocionado. Su cultura, tan distinta… Les fascina lo exótico. Al principio a mí también me pasaba con los Hermanos de la Luz. Pertenecer a las Mariposas… O tal vez sea la proximidad al monstruo de Bali. Es guapa. Seguro que Crocodile se las ha ingeniado para caer a su lado. Crocodile siempre se las apaña. ¿Qué mujer en su sano jucio buscaría voluntariamente su compañía?  

(Una sonrisa no exenta de tristeza se le dibuja en la cara.) 

El templo lleno de túnicas blancas con orla azafrán. El triunfo de Pakpao. Todos allí: unos en primera línea, en la ceremonia de mi Designación; otros, en los sótanos, recibiendo lo que les corresponde. Es mi agradecimiento en pago a tantos servicios prestados. Podría ser el texto de alguna placa conmemorativa, si tuviera la intención de concedérsela a uno de los dos, a Graham o al Fantasma. O a ambos: “Por tantos años de amistad. Os quiere…” 

La entrada de Chimery ha ido acompañada de cánticos y de una lluvia de pétalos de flor de loto, lanzados por Mariposas en pie, tan hermosas junto al pasillo de entrada. Así los pasos del Reluciente han quedado jalonados por las flores. Al llegar a mí, me ha encontrado postrada ante el dios Tara, a la espera de oír su voz. A la señal convenida, siempre reconfortante, y entonces he alzado el rostro. 

He comprobado, una vez más, su magnetismo, el poder que dimana de esos ojos penetrantes y oscuros. Aún más penetrantes, todavía más ocuros en el espacio sombrío del templo. Ha pronunciado unas palabras del Libro Sagrado y a continuación ha recitado las oraciones de Designación, coreadas por los fieles. Mi actitud de venerable respeto no ha variado. He continuado de rodillas, suplicando con fervor que el buen karma no me abandone, ni en ese momento ni en los siguientes. Ya nunca más. 

Me ha tendido su mano y me he levantado. He dado comienzo a la plegaria en compañía de Chimery. Todos se han sumado, en un fervoroso bisbiseo. Un susurro de rezos con el poder sobrehumano de la determinación. Al terminar, Chimery me ha desanudado el lazo que mantenía mi túnica sujeta al hombro, de manera que se ha escurrido hasta el suelo. Mi actitud es una ostentación de obediencia suprema. Me he quedado desnuda sobre mis altas plataformas doradas en forma de sandalias, quieta, muy quieta. En mis pies, todos los colores del universo. Cada tira, diferente y complementaria, la exaltación de la diversidad del mundo, todo luz y esplendor. Con presteza, una mariposa ha recogido la túnica blanca, descartada en ese momento como la piel de una crisálida. Yo, la elegida hoy, llamada a renacer entre los Seguidores de la Luz de Himmapán. 

La desnudez de mi piel ha sido compensada con el dibujo minucioso que las Mariposas han trazado sobre mi cuerpo, exultante de color. Han hecho un buen trabajo. Fastuoso, pura filigrana ejecutada con delicadeza. El resultado, una mariposa de poderosa belleza. El verde esmeralda realzado con polvos de malaquita, el bermellón espolvoreado, el azul intenso difuminado sobre mis brazos-alas. Todos me han podido admirar, a mí, la Suma Sacerdotisa con pezones de oro y pubis en forma de cabeza de mariposa. En ese instante se ha producido la conversión. Formo parte indisoluble de un fetiche sagrado y, por esa razón, mi salvación está asegurada, al recibir el don, al emerger entre el lapislázuli y el azabache. 

Hasta Crocodile parecía absorto. Mi cuerpo, por una vez, ha sido expositor y receptáculo de tanta majestad. De golpe he sentido que muchas cosas han cambiado en mi vida. Azucena ha mirado fijamente con la boca abierta, sin pronunciar palabra. Aún tenemos que hablar. Hay asuntos importantes que tratar… Pero he logrado no distraerme en vanalidades. La atención no debe desviarse de lo que de verdad importa. 

De manos del maestro de ceremonias, discretamente apartado en un rincón, Chimery ha escogido la túnica negra, la que se utiliza para investir con el máximo rango a los elegidos entre los Seguidores. Ha extendido completamente los brazos para que la magnificencia del gesto sea apreciada por todos y me ha cubierto con ella. El frescor de su contacto me ha reconfortado. El bochorno de la noche es asfixiante. He temido que el sudor deje marcas infames en la pintura, tan delicada, que cubre mi cuerpo. Pero no. Todo está sabiamente calculado. Con la cobertura de la túnica mi miedo desaparece. Eso me ha tranquilizado. Sería la peor ignominia para una Suma Sacerdotisa. Es cierto que lo que se escamotea a los ojos también se oculta al corazón. Y a todos aquellos corazones anhelantes lo último que hubiera querido es decepcionarlos. Ellos hacían suyo un momento que también era mío, lo más preciado que había tenido nunca. Desde ese instante se habían convertido en parte de mi vida y de mi alma.  

Los he bendecido con un amplio gesto de los brazos y se ha iniciado una larga oración. La postura de cabezas gachas, mirando al suelo, apoyada la barbilla sobre ambas manos cruzadas a la altura del esternón, ha sido el homenaje que toda mi estirpe desgraciada necesitaba. No honraban a la Suma Sacerdotisa. A quien realmente estaban venerando era a mis ancestros, a mi ba, a mi hijo, muerto de un modo tan poco digno. Si eso era posible, ensalzaban mi karma, y yo esperaba que fuera lo suficiente como para rescatar en un último acto desesperado a todos mis antepasados. Hacer que las muertes absurdas que les han abocado al desastre eterno, no sean inútiles. Sabía con dolorosa convicción que la primera culpa había sido la mía. Me había convertido en la Eva del pecado original bíblico, que tanto repetía Graham. Y de ese discurso reiterativo, constante, creo que proviene en buena parte mi desgracia, Pip.  

Chimery ha hecho el gesto inequívoco de fin de ceremonia. Todos han levantado la cabeza y le han mirado. Sin proferir palabra nuestro líder ha iniciado su camino hacia la salida. Nunca antes de él había podido contemplar un porte como el suyo, tan enérgico y lleno de dignidad. Le he seguido a cierta distancia. Es el protocolo. Afuera, el calor de la noche se ha espesado, pero no más que en el templo. Tras las plegarias llegaría el fuego. Hijo mío, ya no habría marcha atrás.  

Pip, el hijo que no tuve, a pesar de haberlo traído al mundo, debe ser incinerado. Ya ni lágrimas tengo. “Que nadie llore, que no se lamente su muerte”, he pensado. Como en una representación teatral, se ha bajado el telón, para iniciar acto seguido una nueva obra. Diferente, mejor. He llegado a rezar tanto… Mi hijo tendrá otra oportunidad en esta vida. 

Además, las Mariposas de la Luz no lloran. Chimery nos lo decía continuamente. Aman, hacen sentir la dicha de la vida y el placer. Esa es nuestra función. Y yo soy una Mariposa magnífica. Ni siquiera sé llorar. 

Pip, nadie ha derramado una sola lágrima por ti. Solo arderás, por fin, en la noche más hermosa de la Isla de los Muertos.