Nadie querría ser la madrastra de Blancanieves, por más hermosa que fuera, y a pesar de su espejo mágico. Tampoco sería cuestión de transformarse en la joven del cutis de nieve, su hijastra. ¿Quién sabe? Tal vez sucumbiéramos a los ardides maléficos de la madrastra mucho antes que ella.
La imagen de la joven y bella Blancanieves y su malvada madrastra forman parte del imaginario occidental, engrosan el bagaje cultural de nuestra tradición, como mínimo desde Walt Disney. Aunque yo creo que a estas alturas los occidentales no debemos ser los únicos «tocados» por el mito, ya que con la globalización seguro que el cuento de Blancanieves y los siete enanitos ha llegado hasta el rincón más apartado del lejano Oriente o incluso a la sabana africana.
Después de este preámbulo sobre bellas y madrastras, escorado hacia Walt Disney y su inevitable globalización, voy a centrarme. De lo que realmente yo quiero hablar es del término «madrastra», que desde mucho tiempo ha engrosa el inagotable repertorio de insultos del español. Los valores connotativos -peyorativos- que la palabra ha venido arrastrando a lo largo de muchos años lo han “manchado” de tal manera que su uso figurado prácticamente se sobrepone a su significado literal. Connotación versus denotación. Una vieja batalla que siempre se resuelve con el uso de eufemismos. Pero no adelantemos acontecimientos. Seguir leyendo La madrastra de Blancanieves




