Archivo por meses: noviembre 2015

El búho

búhoLa noche sepultada
conoce tu secreto.
El búho solitario
otea. Calla en
su rama
por no romper el silencio.
La melancolía
se ha prendido de su pico
y no descenderá
de su atalaya
sin un taladro de hielo.

La noche sepultada
conoce mi secreto.
La soberbia del búho
es más perfecta
que la circular línea
de sus ojos ajenos,
que penetran las verdades
sin máscara,
que rastrillan
lo que hubo antes,
lo que vendrá luego.

La noche sepultada
conoce el secreto.
¡Que alguien oculte ese búho!
Cubridlo con un
capuchón morado o negro
para que sus pupilas
no parodien el destino,
para que no maldigan el atuendo.

Así, al verlo, pensaremos
que es el signo del pecado,
la esperanza perdida de cualquier otro,
la incongruencia en procesión
entre las hojas de un árbol.

Halogramas: «Placer»

6. Placer

HindúesNunca se cansaba de cabalgar sobre potros jóvenes y entregados. Era su postura favorita. A horcajadas sobre los cuerpos tensos de sus amantes experimentaba una intensa sensación de placer. Sabía cuándo debía acelerar la marcha para espolear a su pareja, arrancándole gemidos; cuándo había que detener el trote para impedir que el caballo se desbocara y diera por concluida la carrera.
Desiré suplía con paciencia la inexperiencia de sus parejas. No le importaba. Prefería guiar ella al muchacho ansioso que se hubiera llevado ese día a la cama que soportar la prepotencia egoísta de hombres de su edad. Estaban tan pagados de sí mismos, eran tan egocéntricos que resultaban del todo ineficaces para cubrir sus expectativas sexuales. Seguir leyendo Halogramas: «Placer» →

Reconciliación

Allá donde el olvido
trace una línea recta
nos reencontraremos,
amigo mío.

En medio de áridos
atajos, sedientos,
podremos contar
de nuevo los pasos
que nos han reunido.

Y sobre las puntas
de nuestros pies
otearemos el camino,
pensando todo lo que
queda por hacer
y lo que juntos
hemos recorrido.

«El gatopardo», el zarpazo irónico de Lampedusa

El-gatopardo-ahorrador-LampedusaSupongo que apellidarse Lampedusa y haberse criado en Sicilia durante la primera mitad del siglo XX debe dejar una impronta indeleble. Seguro que, de estar entre nosotros, Giuseppe Tomasi di Lampedusa tendría algo que decir al respecto. No podrá ser, ya que murió en 1957, tras acabar de escribir su novela, El gatopardo. No obstante, su “gatopardo” habla por él de un modo tan elocuente y auténtico, que desde entonces el nombre de Lampedusa ha quedado asociado a esta magnífica obra.
Pero Lampedusa es, además, una diminuta isla al sur de Italia, próxima a Túnez, que cedió su denominación a la familia del escritor. A Sicilia se vincula el aristocrático linaje de los príncipes de Lampedusa, los antepasados de nuestro autor.  Desde los príncipes de Salina, protagonistas de El gatopardo, y Lampedusa median casi 100 años. De 1860, el año en que transcurre la narración, hasta 1954, cuando el autor comenzó la novela. Las similitudes son evidentes entre ambas genealogías. Cuando El gatopardo vio la luz se creó un puente hacia el pasado y los  dos siglos quedaron conectados en una suerte de sucesión temporal ininterrumpida. En el universo lampedusiano cabe pensar que la decadencia de las familias aristócratas se inicia en El gatopardo y tiene su máximo exponente en vida del propio Lampedusa. Él mismo, con su carácter introvertido, huraño, recluido en su mundo interior y en sus libros, está en el otro extremo de ese eje temporal. Es un resto anacrónico de las antiguas familias sicilianas aristócratas. Por tanto, el nexo entre ambos es  la pertenencia del autor y de su personaje de ficción a una misma clase condenada. Al menos eso es lo que yo interpreto después de leer su novela. Seguir leyendo «El gatopardo», el zarpazo irónico de Lampedusa →

Halogramas: «La pesadilla»

5. La pesadilla

CalaveraHacía tiempo que le daba vueltas a aquella idea. A veces su conciencia, en estado de alerta, veía la necesidad de establecer un protocolo. Como buen líder que era, como Patriarca absoluto de la Nave, no debía dejar a sus súbditos desprotegidos bajo ningún concepto. Era su obligación. Cierto que la normativa existente en aquel complejo ecosistema contemplaba un sinfín de contingencias técnicas y de todo tipo. El corpus legal, extenso y prolijo, cubría prácticamente cualquier eventualidad. Solo había un tema, uno de la máxima relevancia, que no estaba incluido y que, por lo mismo,  creaba un extraño vacío en aquel entramado de deberes y obligaciones. Sin embargo, nadie en la Nave parecía haberlo advertido. O eso prefería creer Él, con ingenuidad.
Sería por esa razón por lo que a su inconsciente se asomaba a veces con irreverencia algún demonio particular que le hacía dudar sobre el significado de aquel silencio. Porque sabía perfectamente que la ausencia de noticias no era siempre sinónimo de acuerdo, de conformidad, sino una cortina de humo tras la cual podía esconderse algo amenazador. Que se estuviera gestando el espíritu de la secesión a sus espaldas entraba dentro de lo posible. No era tan improbable que un rival en la sombra se fortaleciera cada día más dentro de la organización. Y todo ello calladamente. Él podía seguir imperturbable, confiado en su rosa de los vientos, infiriendo por la carencia de señales que la Nave fluía en calma. No obstante, podía tratarse de una falsa placidez. No había que confiarse. Las escenas bucólicas solo servían para la galería. El cometido  de un buen líder era perderse entre las bambalinas, conocer todo el atrezo y manejarse con la agilidad de un buen tramoyista. Seguir leyendo Halogramas: «La pesadilla» →

Víctor Molev, un ilusionista del pincel

Los retratos de Víctor Molev me parecen pinturas fabulosas. Y digo «fabulosas» en sus dos acepciones: aludiendo a lo extraordinario pero también relacionándolo con un mundo de fábula, irreal, solo posible en nuestra fantasía o en nuestros sueños. También se podría hablar de pintura surrealista, con una simbiosis sorprendente entre lo imposible por onírico, y lo real y cotidiano. Y entonces -¿cómo no?- me viene a la mente el genio de Cadaqués, Salvador Dalí.
Con Víctor Molev se tiene la oportunidad de admirar pinturas de gran riqueza en fondo y forma. Y eso me maravilla. Su belleza plástica y cromática es de una ampulosa armonía e insta a investigar el cómo y el porqué de su forma, nada convencional y sumamente creativa. Se trata de formas constituida por diferentes elementos de naturaleza humana, animal y paisajística en perfecta mezcolanza. En esta intrincada visión todas sus partes logran aliarse hasta crear una imagen de conjunto hermosa en sí misma. Seguir leyendo Víctor Molev, un ilusionista del pincel →

Halogramas: «El Augustus»

4. El Augustus

El Augustus-¿Una dama como yo? ¿Pero de dónde te crees tú que sales, de la filmoteca de tu tataratataratataraabuelo? ¡Vamos, lo que hay que oír!
-¿Qué difícil lo pones?
-¡Y tú, qué imbécil eres! –respondió Desiré, sorbiendo de su jarra. Después la dejó con descuido en el interior de la hornacina asignada. La tenue luz que iluminaba la bebida e intensificaba su color se apagó. Solo quedó un piloto diminuto bajo la balda, que era la señal convenida para indicar que aquel lugar estaba ocupado por alguien. Este sistema permitía que las consumiciones se mantuvieran a  salvo de parroquianos oportunistas. Además, desde que la innovación empezó a aplicarse en los locales de ocio cada reposavasos se había provisto de refrigeración y dispensador de bebidas individual. Resultaba muy cómodo para el cliente pero era, también, una manera, de controlar el consumo etílico. Antes de servirse una bebida con graduación alcohólica, el cliente debía introducir su Número de Vida (NV). En esa identificación residían todos los datos sobre nombre, edad, sexo, domicilio, características físicas, historia médica y, en consecuencia, la cantidad idónea de bebida que cada cual podía tomar. Al acercarse al umbral de la ingesta máxima recomendable, la hornacina se cerraba herméticamente y el piloto se apagaba. Claro indicio de que había llegado el momento de volver a casa o, como mínimo, dejar de beber. Seguir leyendo Halogramas: «El Augustus» →

Insubordinación

InsubordinaciónAdvertí que el gato había dejado de maullar. Salí al recibidor. Me extrañó no verlo con la cola en alto, como siempre. Me giré de nuevo sin darle importancia y continué con mis abluciones matutinas. Iba tarde, pues en tres minutos –máximo- estaría el café. En la cocina, antes de sorber, mi taza favorita me señaló una nota bajo el azucarero: “Hace tiempo que no escuchas. Te has vuelto sordo.» Firmado: «Tu exgato.” Acto seguido, la taza descabalgó de mis dedos, la cafetera lanzó un bostezo torrefacto y ambas desaparecieron juntas, caminando despacio. Desde entonces he desterrado el desayuno.