Archivo por meses: octubre 2015

Un crimen perfecto

Un crimen perfecto-Dicho sea entre nosotros ese asunto hubiera habido que liquidarlo de una forma más precisa –el editor profirió estas palabras y levantó la vista del cómic-. Hay flecos sueltos –añadió.
El joven esperaba aquella cita desde hacía tiempo. Estaba seguro de su talento. Solo necesitaba una oportunidad.
-¿Por qué? –preguntó el joven, sorprendido -. Es un robo perfecto, sin testigos. Una burla a la ley y el orden.
-No creo. ¿Y el hijo minusválido? –inquirió el editor.
-Fuera, con sus padres.
-¿Seguro? Debiste liquidarlo –recalcó el editor, sombríamente.
-¿Cómo? ¡Si no estaba!
-Mira. –Y el editor señaló el último dibujo.- Avisó a la policía.
-¡Dios mío! –exclamó el dibujante al mirar fijamente la flamante casa con jardín y piscina. En ese momento advertía que un cuerpo sin vida flotaba en el agua. Era el hijo minusválido. Parecía haberse ahogado al huir mientras un coche de policía se acercaba a toda prisa al escenario del crimen.
-Ahora sí es un crimen perfecto –sentenció el editor.

En busca del fuego

En busca del fuegoEl origen de las cerillas se remonta al viejo deseo del hombre de hacer fuego. Esa capacidad ha preocupado desde antaño al ser humano, ya que de él dependía para calentarse, cocinar los alimentos, alumbrarse en la oscuridad, elaborar utensilios -como las vasijas de arcilla, por ejemplo- y ahuyentar a las fieras.
Así pues, ya desde la Prehistoria, el hombre tenía dos opciones: o dejaba el fuego ardiendo a perpetuidad o averiguaba la manera de encenderlo.
La obtención del preciado fuego, por tanto, requirió de aplicación por parte del hombre primitivo. La fricción de dos cuerpos sólidos que pudieran encender la milagrosa chispa se consiguió a partir de la madera, la piedra, la correa con la piedra o el pedernal con el eslabón.
Pero ninguno de estos procedimientos se mostraba suficientemente eficaz. El hombre avanzaba a lo largo de la historia y aspiraba a más. Y como ha ocurrido otras veces, accidentalmente, un alquimista laborioso llegó al descubrimiento del fósforo.
Eso sí que fue todo un hallazgo.
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A un poeta nuevo

poeta

Te libraste de tu alma,
poeta,
de tus libros,
de tu casa.

Ahora solo ves
la tierra que calzas
con uñas ennegrecidas,
con la aspereza
de los callos,
con las grietas
de talones,
sin esperanza.

Pero valió la pena,
te repites como un mantra,
porque si no,
¿en qué quedará el mañana?

La tierra,
poeta,
será tu tumba de abrojos
donde ardan las zarzas,
donde, indiferente,
cante la cigarra.

Así es la vida
de cara,
sin outlets, descuentos,
ni rebajas,
inaccesible y mercenaria.

Está visto,
poeta,
que quien no corre,
divaga,
quien no pierde,
gana.

Tú vegetas, atascado
en dunas
de cañas
que te hieren
hasta las entrañas.

Calma, poeta,
claro que valió la pena
y la tierra volverá
a ser tu casa
con acento, con voz.

Un porche, una noche,
el silencio que se resquebraja
ante miríadas
de palabras.

Ahí está,
poeta,
tu alma:
aprésala y guárdala.