Tina había muerto desangrada, como consecuencia del corte limpiamente realizado en su garganta. La joven no ofrecía a la vista marcas de lucha, hematomas o heridas causadas por un posible enfrentamiento con su agresor −uno o muchos. Tampoco existían ni en el cuerpo ni en el dormitorio restos de sangre. De hecho, los Mossos no encontraron ningún resto orgánico. Por tanto, a falta del dictamen forense y del informe toxicológico, se podían extraer dos conclusiones claras.
La primera, que Tina no había ofrecido resistencia. O bien conocía al agresor y no desconfió, por lo que el asesino pudo acercarse a ella sin que esta sospechara; o la drogaron y de ese modo anularon su capacidad de defensa. O tal vez ni siquiera le dieron tiempo a reaccionar, tan certero y rápido había sido el corte que le abrió la garganta.
Para la segunda conclusión había muchas evidencias. El crimen no había podido tener lugar en el dormitorio. En el intervalo de tiempo que mediaba entre la salida de Mónica de casa para acudir a la presentación de El libro de los muertos 666 de Apel·les Gorgori, en la librería Insólita, y el regreso al piso de todo el grupo era imposible, primero, cometer el asesinato y segundo, limpiar de un modo tan concienzudo el escenario del crimen. El dormitorio estaba impoluto y no había habido tiempo material de lavar el cuerpo −comparable a una mortaja exquisita−, limpiar la habitación de arriba abajo y cambiar la ropa de cama. Todo apuntaba a que la habían asesinado hacía algunas horas en otro lugar y luego la habían trasladado al piso. Con toda probabilidad habían abierto la puerta con la llave de la víctima y, por tanto, sin alarmar a los vecinos. El rigor mortis del cadáver corroboraba esta teoría, ya que presentaba signos de llevar algunas horas fallecida. No obstante, determinar la hora del deceso con exactitud era tarea del forense, quien aún estaba por llegar.
Tina se había citado con Mónica en el piso para ir juntas a la librería, pero, cansada de esperar, Mónica había decidido marcharse. Tina no contestaba al móvil, pero no era algo tan inusual. Mónica pensó que habría cambiado de planes y no se extrañó. Cuando llegó la hora, Mónica salió hacia la librería Insólita y cerró con llave, como siempre.
Mónica corroboró que el edredón en tonos pastel era el mismo que cubría la cama de Tina desde hacía días. Al reparar en ello, se dio cuenta de lo bien colocado que estaba, de la simetría perfecta que guardaba a uno y otro lado de la cama. Un nivel de cuidado imposible para Tina, que solía invertir el mínimo tiempo posible en estirar las sábanas y el edredón, y en lanzar hacia el cabecero, a toda prisa, la almohada y los cojines correspondientes. Máxime, después de la fiesta de Nochevieja. Nada en el atuendo de Tina, en su peinado o maquillaje revelaba el caos habitual de su dormitorio.
Por tanto, la ejecución se había producido en otro sitio y, una vez cometido el crimen, habían transportado el cuerpo al dormitorio. Allí habían preparado todo conforme a un ritual en el que Tina era la protagonista. La policía científica, desplazada rápidamente al lugar del siniestro, no había hallado ni un solo resto de sangre en el cuarto: ni en los muebles ni en las cortinas ni en la alfombra de pelo largo, situada a los pies de la cama. Ni siquiera entre las rendijas del laminado gris claro con ráfagas más oscuras que cubría el suelo.
Estas eran las únicas certezas, aunque Jorge sospechaba quién podía estar detrás de aquel despropósito y eso le aceleró el pulso. Mónica, Héctor y Gerard estaban muy afectados. Jorge, excesivamente impresionable a juicio del resto, lo interpretó como una advertencia, como el demoníaco aviso de la mendiga y sus secuaces. Sintió que las piernas le fallaban. Empezó a ver borroso. Entre Mónica y Héctor, más atentos a la reacción de Jorge que Gerard, hipnotizado por la escena, lo sostuvieron e impidieron que no se desplomara sobre el suelo. Entre los dos consiguieron llevarlo al sofá, en estado de semiinconsciencia. Lo tumbaron. Su cara mostraba un rictus de espanto que los asustó. Le costaba respirar. Los acontecimientos de los últimos días le hacían pensar en designios maléficos que se escapaban de su control. No podía ser casual ni inocente. Si Einstein no creía que Dios jugara a los dados con el universo, ¿por qué iba a hacerlo Alma?
Después de interrogar a Jorge sobre lo que había visto al entrar en el dormitorio, con detalles relevantes –cuándo, cómo y por qué–, sintió que las sospechas recaían sobre él y eso lo angustió. Los Mossos necesitaban alguien a quien incriminar y de momento él era el candidato ideal. Al recordar su actuación del día anterior −ante no pocos testigos−, se temió lo peor. Sin embargo, razonó que cada uno de ellos era la coartada perfecta de los demás y, por suerte, otros muchos podían confirmar la del grupo en su totalidad. El público que abarrotaba la librería Insólita, asistente a la presentación de El libro de los muertos 666 de Apel·les Gorgori, podía dar fe de ello. Interrogaron a Gerard, quien no había apartado los ojos del cadáver blanquísimo de Tina, hasta que reclamaron su atención. Por fin lo dejaban en paz. No podría salir de la ciudad o del país sin avisar, etc. Si lo veían necesario, lo llamarían a declarar a comisaría en unos días. Era desconcertante cómo Dios seguía haciendo girar su gigantesco dado, con imprevisibles resultados.
Jorge ataba cabos. No podía decirse que amara a Tina, pero sentía una poderosa atracción hacia ella y la visión de la joven, cuando aún estaba viva, le pintaba en la cara una de esas estúpidas sonrisas que solo desaparecían un rato después de haberse alejado. No había logrado intimar con ella y lo lamentaba de veras. Ahora, en cambio… Si no resolvía en breve el rompecabezas que, muy a su pesar, lo ligaba al diario de Alma, muy pronto estaría haciéndole compañía, ambos encallados en el inframundo con un collar rojo al cuello. La visión no podía ser más espeluznante.
Tumbado en el pequeño sofá del que le asomaban los pies hasta las pantorrillas, pese a no ser alto, su recuerdo le dolía. Le provocaba una punzada en el pecho que se sumaba al dolor físico de las costillas, como una cascada nerviosa que le llegaba hasta los pies…
–Ave Lilith, ave Lilith… –No dejaba de darle vueltas a esas palabras, que sonaban como una oración. Las había oído minutos antes, cuando Mónica las había leído del cuaderno que le había arrebatado a Tina. Había recitado frente a todos, Héctor, Gerard, él mismo, aquella salmodia incomprensible.
Hubiera preferido no seguir escuchando. Ahora no podía olvidarlas. Héctor había instado a Mónica para que dejara el cuaderno donde lo había encontrado.
–Ave Lilith…
Luego, como si el cuaderno le quemara entre las manos, Mónica se lo llevó apresuradamente al dormitorio y lo devolvió a su sitio. El mismo rigor mortis que había dificultado la extracción del cuaderno del seno ya frío de Tina, complicaba la operación de colocarlo en su posición original, entre las manos y el cuerpo de la difunta. Aquel objeto era el paupérrimo ajuar de la novia cadáver, la bella joven que ya nunca más compartiría el tálamo nupcial con ningún afortunado. Era imposible no pensarlo. Mónica se echó a llorar.
Los Mossos no afirmaron, a falta de pruebas concluyentes, ninguna hipótesis, pero entre ellos susurraron algo acerca de crímenes rituales en Barcelona. Se venían produciendo desde los años sesenta. Como en cuentagotas, cada cierto tiempo aparecía un cadáver en extrañas circunstancias. Los detalles, generalmente escabrosos, se habían sabido escamotear a la prensa, por el bien de todos.
Mónica, Gerard, Jorge y Héctor no necesitaban testimonio gráfico ni el relato truculento y sensacionalista de ningún periodista. Nadie podía cuestionar lo que acababan de ver. Impresionados, en estado de shock, a ninguno de ellos se le escapaba la voluntad esteticista de aquel crimen, su cuidada puesta en escena, la elección deliberada de la víctima. Y eso les hacía rechinar los dientes.
Particularmente a Jorge, que se sentía aterrado. Después de escuchar “Ave Lilith”, había entrado literalmente en pánico. Recordó lo que había ido a buscar a aquella casa y creyó que había llegado el momento de ponerse en marcha. La imagen de la jaula invadió su cerebro. Por enésima vez desde hacía tres días, temió por su vida. Era la única certeza que lo mantenía en pie.
Debía proceder por orden y decidió que le convenía inspeccionar a fondo aquel cuaderno. Estaba convencido de que la clave la encontraría ahí. Cuando se levantó del sofá tambaleante, para intentar arrancarle por segunda vez el cuaderno al cadáver de Tina, los Mossos d’Esquadra llamaron a la puerta. Solo llegó a tocar la blanquísima piel de Tina cuando se vio obligado a retroceder, quedándose de pie, fuera del dormitorio.
Maldita sea. Necesitaba un chicle. Las manos de Tina estaban tan frías…
Reina maldita
En la noche del solsticio
se avientan almas perdidas,
arden lo justo y lo lícito,
resplandecen las mentiras.
Salomé en trono de fuego
nos reclama sus cenizas
y el balsámico recuerdo
cauteriza las heridas.
Llamaradas de solsticio,
te invocamos, es tu día,
y el próximo nombre dinos
de nuestra Reina maldita.
(Poema incluido en la novela en proceso, Barcelona, el solsticio, de Dolors Fernández Guerrero)
Rata, serpiente, milano
Rata, serpiente, milano,
en las sombras y la muerte
se forja astuta la suerte
al servicio del Decano.
Es el temple en tu mano,
del acero y la guadaña
el que desata con saña
el poder del gran arcano.
Cuervo, araña, alano,
vindicamos en tu cumbre
el pentáculo que alumbre
el horror del ser humano.
(Poema incluido en la novela en proceso, Barcelona, el solsiticio, de Dolors Fernández Guerrero)
Ave, Lilith
Las Reinas te salven, Lilith, en tu oscura huida, la noche es contigo y maldita tú eres entre todas las mujeres y maldito es el fruto de tu vientre, Belcebú.
Lilith, renegada y fugitiva, madre sin dios, odia por nosotras, ahora y en la hora final de la gran deflagración. Amén.
(Poema incluido en la novela en proceso, Barcelona, el solsiticio, de Dolors Fernández Guerrero)
Canción de la viuda negra
¡Oh, Señor de cuerpos y almas!,
escucha hoy a Tus Hijas
que urden la telaraña
y reivindican la dicha
de Tu beso sin mañana,
pues saciadas de esta vida,
su mentira nos inflama.
¡Oh, tú, gran Bestia negra!,
maestro del viernes trece,
haz correr la sangre fresca!
Que los paganos rebeldes
bajo Tu puñal perezcan
y el rastro rojo indeleble
muestre Tu horrible belleza.
(Poema incluido en la novela en proceso, Barcelona, el solsticio, de Dolors Fernández Guerrero)
Cervantes en el Aula Magna de la Universidad de Barcelona
El Aula Magna de la Universidad de Barcelona acogió el pasado viernes, 3 de febrero, un homenaje a Cervantes, de la mano del hispanista y cervantista francés, Jean Canavaggio, y el Director de la RAE (Real Academia Española) y Presidente de la Asociación de Academias de la Lengua Española, Santiago Muñoz Machado. La presentación corrió a cargo de Ricardo García Cárcel, Catedrático de Historia Moderna de la UAB (Universidad Autónoma de Barcelona) y Álex Ramos, Vicepresidente de Sociedad Civil Catalana (SCC).
El Aula, con su aforo al completo, acogió las explicaciones que Canavaggio dio sobre la vinculación del Quijote con la ciudad de Barcelona, a través de una grabación de vídeo. A continuación, Muñoz Machado dictó una interesantísima conferencia acerca de la biografía de Miguel de Cervantes, una incógnita en muchos aspectos, que con prolijidad de detalles y ambición de saber, nos desvela en su reciente publicación, Cervantes (Editorial Crítica, 2022).
La ocasión para adentrarse en la obra cervantina, no solo en el Quijote, la pintan calva.
En los próximos meses me pondré a ello. Tengo garantizadas muchas horas de diversión y el pretexto perfecto para adentrarme en la bibliografía del ilustre Don Miguel de Cervantes Saavedra, nuestro autor más internacional y, paradójicamente, uno de los más desconocidos.
‘El club del tigre blanco’ entre los libros escogidos de ‘La Vanguardia’

Orgullosa de ver a mi hijo -díscolo y lenguaraz-, tan tan bien colocado él, luciendo palmito en la sección de «Libros» del prestigioso diario La Vanguardia. Es que un tigre blanco siempre es raro de ver y exquisito de degustar…
Permitidme que parafrasee a Rubén Blades: «La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay, Dios.»
Anaqueles del olvido

En los anaqueles del olvido
los libros se asoman al vacío
en la imprecisa geometría
de las palabras.
A duras penas
se malgastan los verbos,
se desplazan los nombres,
se malversan los adjetivos.
Los conceptos son galgos que escapan
a través de enjambres de redes
y las hilanderas de lo invisible,
las que disponen los números a pie de página,
giran la rueca, la giran,
y mientras la giran cantan
y se calzan espuelas de oro
y a toda prisa imponen su ley,
que nos despoja de palabras.
Después desayunan tranquilas
tostadas con mantequilla
y mermelada roja, ácida,
recluida en el vidrio de un frasco,
enroscado a una tapa
dura como tapa de alcantarilla.
Es la memoria la que inquiere,
sin índice ni portada,
la que persigue a la luciérnaga,
la que devora la fruta
agusanada.
Si la mano en el pomo de la espada
derroca a la hoja en blanco,
triunfará en medio de la noche
la lechuza de ojos atávicos.
Si los pasadizos del miedo
enmudecen las palabras,
la mentira y la verdad
se ovillarán como hermanas
y las letras que mancillan,
los libros mancillados,
se desplomarán ágrafos.
Espuma de cadáver exquisito,
putrefacción con retrogusto,
la oscuridad del tanino
esferificada en perlas de estulticia.
Mientras las rebanadas del pan de cada día
son finas como papel,
como las páginas de los libros olvidados.
(Dolors Fernández Guerrero)
El rey de la Navidad
El espíritu de la Navidad anda malherido, denostado y en manos de los nuevos community mercachifles; vilipendiado por unos, ridiculizado por otros, pero ahí, dándolo todo a pesar de los pesares, haciéndonos proclamar los mejores deseos de salud, amor, prosperidad y felicidad, vamos, todo lo inaccesible y utópico que se nos pueda pasar por la cabeza durante estos últimos días de diciembre. Y es que nos guía la absurda esperanza de conjurar la mala suerte y esquivar la realidad, esa que, de puro impertinente, tanto nos agobia y nos estresa. Parece que de ilusión también se vive, como en los eslóganes publicitarios, al menos en Navidad.
Un respiro al realismo agorero que nos invade viene a pintar durante estos días una sonrisa beatífica en nuestras caras, en nuestros correos y wasaps, y eso –¿por qué no?– de vez en cuando es un disparo de optimismo que libera endorfinas. ¿A quién le amarga un dulce? Aunque su exceso nos dispare el azúcar, diabéticos, sí, pero satisfechos y felices.
El espíritu actual de la Navidad, como superviviente de tiempos tan aciagos, es hoy por hoy un exhibicionista vestido de rojo, que se cala un simpático gorrito de dormir (tan parecido a la barretina, hasta la languidez de su caída tiene) y se dedica a recorrer el mundo entero a lomos de un trineo volador, tirado por unos hermosísimos y poderosos renos (¿hablaríamos aquí de maltrato animal?). Lo nórdico elevado a categoría mítica. Fantasía al poder, magnificada en la talla XXL.
Y es que casi a punto de segregar cualquier cariz religioso de las fiestas navideñas, no podemos negar que se ha incrustado en el imaginario colectivo el mofletudo Papá Noel, con su extravagancia campechana y su desenfado colorista. Por el camino, olvidamos la sobriedad del pesebre como icono de humildad, al recién nacido en pañales llamado Jesús, a sus progenitores, José y María, a los pastorcillos leales, y hasta al buey y la mula, insuflando calor a los desharrapados de Nazaret. Que si nacer pobremente en Belén (aunque sea de parto natural), que si expiar culpas, que si el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que si sacrificarse por la humanidad… Todo eso está de más: tiene un sesgo precario e inculpatorio. Y si a ello añadimos lo de los tres Reyes Magos, monarcas de Oriente, pero monarcas al fin y al cabo, que se atreven a ofrendar oro, incienso y mirra a Jesús, un niño de teta, mal vamos y con el estilismo trasnochado . Entre oropeles y faustos impropios del nuevo milenio, sus Majestades deben repartir regalos al estilo retro, en plan elitista, por intermediación de sus pajes –que no están ellos para doblar el espinazo–. Y deben hacerlo al final de las fiestas, el 6 de enero, de modo residual, una vez que Papá Noel ha iniciado su regreso a Laponia, llevándose con él cualquier rastro de felicidad. Y el colegio, a la vuelta de la esquina.
Así las cosas, convendremos que por sentido práctico y por egotismo puro, es mucho más acorde con nuestros tiempos un Papá Noel venido del norte, con su hedonismo consumista, su triunfalismo populachero y su pletórica faz. Y si hay que darle una pátina oenegera al asunto, sin problemas, que si es menester, con cada regalo, unos céntimos se destinan a paliar la pobreza del tercer mundo, y de ese modo, con las conciencias bien tranquilas, las toneladas de papel de regalo y las guirnaldas de colores alrededor del arbolito de plástico made in China no pierden ni un ápice de su brillo.
El gordinflón Papá Noel, como salido de la cama para repartir regalos en llamativo pijama rojo, modelo antiventiscas, no se estremecerá con el frío de la Nochebuena. Su venerable barba blanca y su tripa ufana lo protegen, de manera que siempre derrocha buen humor, y eso vende y vende mucho. En la era con más aspirantes a la felicidad de nuestra historia, cala con absoluta naturalidad la imagen dulcificada del abuelo de rojo y su regocijo (ho, ho ho) sencillo, directo, visual, tan acorde con los tiempos que corren, donde el impacto es eficacia, y los likes el mayor logro de la red de redes, internet.
Conque ahí estamos de nuevo, un año más, divulgando y consolidando la estampa navideña más famosa, la del obeso Papá Noel repartiendo felicidad en forma de regalos. Él, que con su opulencia, a duras penas podría bajar por chimenea alguna, paradójicamente es el encargado de aterrizar en nuestros hogares –si es que los tenemos–, según marca el canon navideño.
Sea como fuere, por si acaso, Dios nos libre de imponderables que dañen nuestra Navidad, tan de cartón piedra como la pureza de nuestros corazones. Y, si lo hubiere, Amazon, a lomos de la era digital, junto a sus precarios pajes-mensajeros, montados en destartaladas furgonetas con exceso de velocidad, lo resolverá con un clic.
La gigantesca compañía jamás tendrá problemas de talla, por minúscula que sea la chimenea. De eso ya se encargará su presidente, Jeff Bezos, menos simpático y rubicundo que Papá Noel , pero más delgado y clarividente, y, sobre todo, leal sucesor del rey de la Navidad.
Dos poemas de Dolors Fernández en ‘Nagari’
Dos poemas de mi autoría aparecen en el número de noviembre de la revista de creación Nagari, con sede en Miami. Son Labios sin banderas y Herrumbre.
Poetizar es una tarea hermosa, aunque sea para hablar de la guerra y la miseria moral.
Ofrecer perspectivas inéditas en temas candentes que nos conciernen es uno de los deberes de la literatura. La poesía vista, no como una esfera de cristal en la que se estrellan y difuminan los meteoritos de la realidad, sino como atajo o catalejo que nos permite mirar mejor y más allá, es una poderosa herramienta.
A partir de ahí, como seres comprometidos con su tiempo que somos, intentamos comprender, asimilar y buscar alternativas a todo aquello que nos hiere, nos duele y, en definitiva, nos rodea a nuestro pesar.













