Tras la pulsión amorosa mostrada en su primer poemario, Mi corazón mordido por tus labios(La marca negra, 2017), estos cuatro poemas inéditos de Dolors Fernández Guerrero se abisman en dilemas de corte nihilista, surcados de imágenes poco complacientes, que cuestionan los pilares de nuestra existencia. El tono de misterio, y un halo indefinido y terrible son el escalpelo que la autora utiliza para ofrecernos su visión descarnada y desesperanzada de la realidad.
En Zenda ofrecemos cuatro poemas inéditos de Dolors Fernández Guerrero.
***
Labios sin banderas
I
Amor, oigo tu voz, un susurro en penumbra, un soplo de grava y asfalto entre el fragor que socava el espejismo de las trincheras. Esta tarde la hecatombe sucumbe a los cuerpos. Por nosotros hoy el maestro afina el piano en esta hora gris −cuarzo, mica y feldespato−, cuando el ángel bosteza con sus alas de fuego. Blancas, negras, en su aliento se urde el pentagrama de notas contenidas en un reloj de arena. No cabe la espera en la danza del deseo, caen las palabras como piedras sobre el agua. En el estanque, las ranas croan, insensibles al dolor y a la música de cualquier esfera.
II
Alfileres de plomo arrasan el horizonte, disparados por ubres de eternos gurús: incensarios de gas, letanía de metralla. Mísera, la luz es remolino, trampantojo fuera del cenit que alumbra la herida turgente de senos violetas, de muslos anaranjados. La mañana se despliega en toda su gloria y nos crece en el alma la espada de Damocles. La hora es dulce para visionarios adictos a la heráldica de los panes y los peces, que ungen sus casullas con estrellas de mar, que entonan sus cantos entre Escila y Caribdis, que desangran con hacha el coral del arrecife.
III
La fanfarria de la victoria es un estruendo de sirenas varadas al pecio del silencio.
***
Retruécano
El retruécano, mudo en la oscuridad, galopa durante horas en los abrevaderos lentos de la insumisión. La frente alta y la boca cerrada hasta que la sed adormece el silencio para que el caballo al paso no sucumba.
Abrevar las bestias, enajenar su dicha, el bocado prieto, ahora suelto sobre el frescor del cristal.
El jinete no sucumbe, ve su imagen reflejada en el espejismo del agua. Quisiera, exhausto por la jornada, beberse la noche a pedazos, pero el agua se vuelve retruécano que galopa sin descanso.
***
Anaqueles del olvido
En los anaqueles del olvido los libros se asoman al vacío en la imprecisa geometría de las palabras. A duras penas se cincelan los verbos, se biselan los nombres, se malversan los adjetivos. Los conceptos son galgos que escapan a través de jaurías de redes y las hilanderas de lo invisible, las que disponen los números a pie de página, giran la rueca, la giran, y mientras la giran cantan y se calzan espuelas de oro −un talón pondera, el otro remacha.
Al día siguiente desayunan tranquilas tostadas con mantequilla y mermelada roja, ácida, enroscada bajo la tapa untuosa de cualquier alcantarilla. Es la memoria la que inquiere sin índice ni portadas, la que persigue a la luciérnaga, la que devora la fruta madura, agusanada.
Si la mano en el pomo de la espada derrocase a la hoja en blanco, el beso del laurel en la noche −ojos de lechuza atávicos− erigiría un entrechocar de voces. Pero los pasadizos del miedo enmudecen las palabras, la mentira y la verdad se ovillan como hermanastras. Como una esfinge muda, la mañana se bifurca sin renglones, ágrafa…
Espuma de cadáver exquisito, putrefacción con retrogusto, oscuridad de tanino esferificada en perlas de estulticia. Rebanadas del pan de cada día afiladas como papel de fumar. Libros que exhalan entre los anaqueles, ajenos al placer, solo humo, perezosas volutas de nada.
***
Veintiún gramos
Aligerados de peso, el límite, veintiún gramos y pedernales de indiferencia saturados de azúcar glasé.
Ajenos y sin liturgia, la opinión pública satura de olvido el hambre. El frío es un perro contumaz.
Y solo a dentelladas el hombre-lobo ataja todas las patrias, cansado de su horrible belleza.
Arden veintiún gramos, demasiados para cuerpos que se exilian bajo desleídas banderas sin dios.
***
Dolors Fernández Guerrero (Barcelona, 1968), licenciada en Filología Hispánica, ha publicado el poemario Mi corazón mordido por tus labios (2017). En narrativa, es autora de las novelas El club del tigre blanco (2020), Halogramas yHuye, Alisa (2021), además de relatos y microrrelatos en numerosas antologías. BCN la jaula es su última novela, inédita. Es vocal de la Junta de la ACEC (Asociación Colegial de Escritores de Cataluña) y presidenta del colectivo literario El Laberinto de Ariadna.
3.7/5 (15 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Solo humo deviene entre las manos del lector una fábula con final feliz, donde los cuentos de los hermanos Grimm adquieren una entidad referencial. Tanto es así que los límites entre ficción y realidad se difuminan para “salvar” a Carlos, su joven protagonista. Ante la muerte del padre, Carlos asumirá la obligación de leer por “responsabilidad”. Millás reivindica en esta novela el poder iluminador y necesario de los libros. Parafraseando cuentos tan presentes en el imaginario colectivo como La Cenicienta o Hansel y Gretel, el autor traza un largo circunloquio a través de sus diferentes arquetipos y significaciones. Con ello, Solo humo se convierte en un homenaje a la literatura y a la ficción en general. La obviedad del recurso metaliterario, la estructura esquemática, el hilo argumental excesivamente endeble y unos personajes apenas esbozados, dotan a la historia de un carácter más próximo al cuento de hadas que a la novela. Así es como Millás, merced a su prosa fluida y cautivadora, se convierte en un nuevo flautista de Hamelín.
Juan José Millás: Solo humo, Editorial Alfaguara. Barcelona, 2023. 180 págs. 18,95€
El hijo del padre, como título, es una tautología, pero también un aserto, una advocación de Jesucristo o, incluso, del “otro” hijo de Dios caído en desgracia, Lucifer. Novela más que negra, tenebrosa, hereda del naturalismo de Zola o Maupassant el determinismo y la profundidad psicológica de sus personajes. La saga de los Martín se convierte con Víctor del Árbol en un relato cainita donde padres e hijos están marcados por el mismo trágico destino: la hostilidad del medio en el que les toca vivir y la violencia con que encaran su suerte. Desde Extremadura, pasando por Rusia o Marruecos, la epopeya de los Martín se dirime en Barcelona, entre la precariedad y la opulencia. El espejismo, al desvanecerse, descubre el frágil equilibrio de su protagonista, Diego Martín. Ira, violencia, venganza, pero también ternura y amor. Todos esos componentes sitúan esta novela de factura exquisita en la visceralidad más absoluta. Con un lenguaje impecable −sobrio por momentos, lírico en ciertos pasajes− y un ritmo fluido, vigoroso, su autor nos presenta una novela que fascina. Perturbadora como los claroscuros de Caravaggio.
Víctor del Árbol: El hijo del padre │ Ediciones Destino │ Barcelona, 2021 │ 413 págs. │19,85€
Novela policíaca situada en Barcelona, de género negro y temática tremendista, desarrollada en dos ejes temporales que se alternan de principio a fin: los años 40 de la posguerra española y el período comprendido entre 1976 y 1981. La novela se inicia de modo abrupto, sin preámbulos, en 1981, con la protagonista, la abogada María Bengoechea, agonizando en un hospital, bajo vigilancia policial, como sospechosa de un asesinato. Toda la novela es, por tanto, una larga analepsis que se mueve en los dos ejes temporales anteriormente descritos. Tras la irrupción de María en sus últimos momentos de vida, se retrocede en el tiempo, hasta 1976, cuando era una abogada con escasa proyección. Se nos presenta como una mujer infeliz, casada con Lorenzo, funcionario del CESID, quien la maltrata. En un estado de alienación y apatía en el que no se profundiza, vemos que la protagonista soporta su situación, abnegada. Entonces se le presenta la oportunidad de enfrentarse a un caso inesperado: el de un inspector de policía, César Alcalá, quien, en un alarde de brutalidad policial, deja en coma a un detenido, un soplón de la policía y miembro de los bajos fondos, llamado Ramoneda. Alcalá se ha cebado en él porque sospecha que Ramoneda ha sido el autor del secuestro de su hija Marta. A pesar de todo, no consigue sonsacarle información. Es la mujer de Ramoneda quien va al bufete en busca de justicia y quien convence a María y a su compañera Greta, mujer de gran belleza que siente una no disimulada atracción por su compañera, para que denuncien el caso. Ambas, deslumbradas por el cariz mediático que el caso les brinda, desean demostrar que España ha dejado atrás el franquismo y que la impunidad de las fuerzas de seguridad ha pasado a la historia. Tras la detención del inspector, la mujer de César Alcalá se suicida.
Paralelamente se explica que el padre de María, Gabriel Bengoechea, quien vive en una casa aislada en el Pirineo catalán, está senil y padece un cáncer terminal. Al no estar en condiciones de continuar viviendo solo, su hija lo visita para obligarlo a aceptar los cuidados de una enfermera. En la leñera de la casa, María descubre que Gabriel guarda un secreto desde hace muchos años. Se nos adelanta que la documentación que con tanto celo oculta Gabriel, ha sido la causa del suicidio de la madre de María cuando esta era niña. Más adelante, será información fundamental para la resolución del caso. Analepsis hasta al año 1941. Se describe una escena en una estación en Mérida. Una atractiva mujer, acompañada de su hijo pequeño, Andrés, espera la llegada de un tren. Está nerviosa porque su intención es huir de su marido, un general y oligarca del régimen franquista llamado Guillermo Mola, a quien no ama y de quien recibe malos tratos. La mujer es Isabel Mola y jamás llegará a tomar ese tren porque su antiguo amante, con quien había planeado, junto a una célula comunista disidente, atentar contra su marido, en realidad es un esbirro de este, que le ha tendido una trampa. Isabel y Andrés se ven obligados a regresar a casa con él en un flamante coche. Es en ese momento, cuando, para apaciguar al niño, el hombre promete que al regresar a casa tendrá un regalo de su padre, una catana japonesa, forjada expresamente para él. Es el obsequio más preciado para el niño, aficionado a las armas, con un perfil psicopático que ya da indicios de un profundo desequilibrio desde la infancia. De hecho, Isabel teme que termine, por voluntad del padre, internado en un centro psiquiátrico. De vuelta a los años ochenta, el juicio se salda con pena de prisión para César Alcalá, lo cual reporta a María y Greta gran celebridad. Ambas inician así una carrera de éxito como abogadas en un nuevo bufete en la zona alta de la ciudad. María deja a su marido y se va a vivir con Greta. Simultáneamente Ramoneda se recupera y, al sorprender a su mujer manteniendo relaciones sexuales con un enfermero en la misma habitación en la que él convalece, se venga matándolos allí mismo y dándose a la fuga. Nada de eso empaña la carrera ascendente de María y Greta Al cabo de cuatro años, en 1980, el coronel Recasens del CESID, contacta con María. Le pide ayuda para desenmascarar al diputado Publio (antiguo hombre de confianza del general Mola) convertido ahora en un político corrupto y de alguna manera vinculado con César Alcalá, condenado a prisión por ella años atrás. Recasens desea que entable contacto con Alcalá para que desenmascare a Publio, de quien sospecha que tiene mucha información inculpatoria. La añagaza propuesta por Recasens para que el convicto colabore es el secuestro no resuelto de su hija Marta. A juicio de Recasens Alcalá y María tienen cosas en común y eso facilitará las cosas. Es así como María empieza a visitar a Alcalá en la cárcel. Su vida allí no es fácil y ha tenido que superar varios intentos de asesinato por parte de algunos presos. Mientras esto sucede se empiezan a manifestar los primeros síntomas del tumor cerebral que aqueja a la abogada. Se describe también cómo se está gestando el golpe de estado perpetrado por Tejero en el Congreso de los Diputados el día de la investidura del candidato a la presidencia del gobierno de España, Leopoldo Calvo Sotelo, y que realmente tuvo lugar el 23 de febrero de 1981. Publio mueve los hilos en una trama que incluye a parte de la plana mayor del Ejército. Se nos va aclarando cómo el vertiginoso ascenso socioeconómico de Publio, un niño nacido en el seno de una familia pobre de Extremadura, se debe a su lealtad al general Mola, quien, al desheredar a su hijo mayor Fernando, lo convierte en heredero único a él, a cambio de cuidar a Andrés, internado en un sanatorio mental de por vida. Andrés ya ha dado muestras de su psicopatía, después de asesinar a diferentes prostitutas con su catana. La enemistad de Fernando y su padre se debe a la desaprobación de los métodos paternos por parte de este, referido al maltrato del padre infligido a su madre y a otras mujeres. Se describe a Fernando como un joven con sensibilidad artística, lejos de las consignas fascistas y de la barbarie paternas, lo cual enfurece al general Mola. Opta entonces por enviarlo al frente ruso con la División Azul. Se apunta a que el sadismo desarrollado por Andrés en su juventud tiene sus raíces en la psicopatía paterna y que el internamiento desde niño en centros sanitarios con métodos aberrantes no hace más que desencadenar con posterioridad esos rasgos de su personalidad. Para entonces el general Mola ya ha ordenado el asesinato de Isabel. Se explicita un dato de importancia: Pedro Recasens, un joven recluta de servicio en la cantera la madrugada de su ajusticiamiento, la ve llegar en coche. Se convierte, por tanto, en testigo del crimen. Cuando busquen un chivo expiatorio, el elegido será Marcelo Alcalá (padre de César Alcalá), profesor a la sazón de Andrés, el hijo menor del matrimonio Mola. Marcelo se enamorará profundamente de Isabel y se comprometerá a ayudarla a escapar a Portugal con Andrés en el caso de que el atentado a su marido fallara. No obstante, no tiene ocasión de cumplir su palabra. Con el balazo, al general solo le rompen algunas costillas y se recupera sin mayores complicaciones, pero hay que buscar culpables. La maniobra se ha organizado con el objeto de demostrar la lealtad de Mola al régimen, en vistas a su promoción. En cambio, Marcelo es acusado del asesinato de Isabel y torturado para que confiese. Coaccionarán a Recasens, de guardia en la cantera el día del asesinato, para que lo inculpe, bajo la amenaza de enviarlo al frente ruso. A pesar de todo, lo envían al frente. Allí conoce a Fernando y traban amistad. Mola es trasladado a Barcelona, donde inicia una carrera meteórica, a partir de la cual llegará a ser ministro. De regreso a los años ochenta, la desaparición de Marta sigue siendo un misterio, hasta que se nos aclara que César recibe unos misteriosos papelitos de Marta en los que su hija le comunica que está bien. Eso mantiene viva la esperanza del inspector y comporta su silencio. Con la documentación que posee podría imputar al diputado Publio. Lorenzo, el exmarido de María, se entrevista con ella. En nombre del CESID le pide colaboración, aunque realmente lo que quiere es obtener información a través de ella para asegurar la impunidad de Publio, para quien trabaja realmente. En los prolegómenos del golpe de estado, lo último que quiere el diputado es que ningún contratiempo se interponga en el desarrollo y el éxito de la operación. Recasens y Fernando, amigos desde la época de la División Azul en el frente ruso y como supervivientes del campo de prisioneros, llevan años intentando resarcirse de todos sus sufrimientos a través del responsable de su ruina: Publio. Saben, además, quién es el verdadero culpable de la muerte de Isabel. En una entrevista, Fernando se lo cuenta a María. Mientras tanto, Publio, que se siente amenazado, ordena el asesinato de Recasens a Ramoneda. Al enterarse de la realidad y de la implicación de su padre, Gabriel Bengoechea, con los Mola y los Alcalá, María desea, en un acto de justicia, ayudar a César, a quien acecha la muerte en la cárcel. Publio ordena, por enésima vez, su asesinato. Para ello pagan a su compañero de celda, Justo Romero, cabecilla de algunos de los presos más peligrosos y de fiereza incuestionable. Lorenzo, apabullado por la situación, es conminado por Publio para que asesine a María. En lugar de eso, la avisa y le recomienda que huya. Ella no lo hace y él deberá asumir las consecuencias. En ese punto aparece Marchán, un inspector de policía a punto de jubilarse, excompañero de César y con cargo de conciencia por no haber declarado a favor suyo durante el juicio. No obstante, lleva años intentando encontrar a Marta. Marchán se alía con María para resolver el enigma. Los ayudará, inopinadamente, Fernando, a cambio de información para destruir a Publio, en un acto de venganza demorada durante décadas y que ahora se ve espoleada por el asesinato de Recasens. Entre todos propician que César escape del hospital donde lo han ingresado tras el ataque con machete de su compañero de celda, Justo Romero. Este se conjura con María para únicamente herirlo, de modo que sea trasladado al hospital de urgencia y no a la enfermería de la prisión. Una vez allí, pese a la vigilancia, puedan preparar su fuga. César accede a cederles la información que guarda sobre Publio a cambio de rescatar a su hija. Ya se nos ha anticipado que Marta lleva cinco años de cautiverio en casa de Andrés Mola, en el Tibidabo, a sabiendas y con la connviencia de Publio. Oficialmente Andrés está dado por muerto, como consecuencia de un incendio ocurrido en el psiquiátrico donde estaba internado hace más de veinte años. El incendio lo provocó un celador. Sobornado por Fernando, era la estrategia de este para sacar a Andrés del centro, aprovechando el caos que se produciría. Sin embargo, el tema se le fue de las manos. El celador acabó derribado por Andrés y murió al precipitarse por la ventana de su cuarto. El incendio, descontrolado, hizo arder el edificio. Numerosos internos murieron y Andrés sufrió quemaduras graves que lo dejarían marcado de por vida. Desde entonces Publio lo mantenía encerrado en su antigua casa del Tibidabo, protegido por sus esbirros, junto a Marta, a la que mantiene secuestrada en condiciones inhumanas. En ese momento se describe a Marta con un gran parecido a la madre de Andrés. De ahí que a la obsesión por castigar a los Alcalá, por ser la familia del asesino de su madre, se le sume, paradójicamente, la seducción que Andrés experimenta por la niña, quien evoca en él a su madre. Eso desencadena en su mente enferma comportamiento sádicos y violencia sexual. Queda en evidencia que el complejo de Edipo, el sadismo y la venganza mueven a este personaje. Ramoneda, por su parte, recibe órdenes de Publio: debe asesinar a María y Lorenzo, a César y Andrés. Sin embargo, es la esposa de Lorenzo quien dispara, anticipándose a Ramoneda, en el momento en que este, creyéndolo solo, va a buscarlo a su vivienda. Como María antes, la esposa de Lorenzo padece sus malos tratos. Ramoneda rematará la faena pegándole un tiro a ella también. Ya en el desenlace de la novela, Fernando mata a Andrés con la catana que antes le perteneciera, bautizada “La tristeza del samurái”. A continuación, Fernando seguirá el ritual del seppuku, una muerte ritual especificada en el libro de los samuráis, Bushido. Cuando Ramoneda llega a la casa del Tibidabo ve a Andrés decapitado y a Fernando agonizando con los intestinos fuera. En vez de apiadarse de él y decapitarlo, prende fuego a la casa para eliminar pruebas. Acto seguido se produce una escena de reconciliación entre Greta y María. Cenan en un restaurante del Puerto Olímpico. A pesar de todo, no llegan a restablecer los vínculos de antaño. María no le confía a Greta su enfermedad ni le explica que al día siguiente van a intervenirla. Se despiden y María decide regresar sola a casa, a pie. Ramoneda la está siguiendo. A la altura de un edificio en obras la ataca y la golpea hasta que María pierde el conocimiento. Entonces la lleva a un portal. Piensa violarla para doblegarla y anular su voluntad, y luego matarla. Por suerte para María, César la está vigilando desde hace un par de días, ya que teme la reacción de Publio. Llega en el momento oportuno y dispara a Ramoneda por la espalda. Se va sin más y a los pocos días el cadáver aparece con los pantalones bajados en un descampado de Montjuïch frecuentado por chaperos y drogadictos. Al día siguiente operan a María en el Hospital de la Sagrada Familia. El tumor está muy extendido y no se recupera. Marchán cumple con su parte y entrega la documentación incriminatoria de César Alcalá a un juez militar amigo suyo. No obstante, el juez no considera que haya pruebas consistentes contra el diputado y exige que César se entregue y declare para incoar el proceso. El atentado del 23 de febrero fracasa pero Publio sale indemne. Nadie lo acusa. Más de 30 militares son condenados. Sin embargo, en el epílogo se nos explica que Publio vive el resto de sus días refugiado en su casa de Mérida, la que un día fuera de la familia Mola, atemorizado y solo.
Se inicia la novela cuando Nahúm Márquez va a ser ejecutado en Barcelona, en el garrote vil, en el año 1945, acusado del asesinato de Amelia Quiroga, la hermosa mujer de un alto mandatario del régimen. Luego se van dando saltos en el tiempo hasta llegar a un presente de los años 70. Franco está a punto de mirar y Lucía de Dios, la protagonista, regresa a Barcelona desde Viena, donde vive con su marido, Andrés, como refugiados políticos. Al llegar, lo primero que hace Lucía es ir a la Casa de Las Ceibas, en Siges, para dispersar allí las cenizas de su padre, fallecido en los años 40, cuando intentaba huir del comisario Ulises (apodado ‘Moro’ porque nació en Marruecos). Un amigo de la infancia, el psiquiatra Octavio Cruz, la ha llamado indicándole que Nahúm Márquez, al que ambos conocen y asistió al asesinato del padre de Lucía, está y vive recluido desde hace 30 años en un centro psiquiátrico. Ese dato activa a Lucía y su deseo de volver. Contra el consejo de su marido, organizan rápidamente el regreso, con pasaportes falsos.
Que un título tan sugerente como El conflicto de los siglos se use en un tratado religioso (apologético y casi bíblico con hojas transparentes como el papel de fumar) es un desperdicio tremendo. Al menos para los ateos y agnósticos recalcitrantes, admiradores de los títulos de rompe y rasga y, por supuesto, partidarios de la división de poderes y el estado laico. Pero que el libro en cuestión te lo regale un hombre voluntarioso en medio de un trayecto en el metro de Barcelona, mientras tú lees tranquilamente la primera novela publicada por Víctor del Árbol allá por el año 2006, una obra titulada El peso de los muertos, negra y tremendista hasta la extenuación, tiene una retranca con visos caricaturescos. Y es que el argumento esgrimido por el «regalador» fue que yo me lo merecía porque me gustaba leer. Y es cierto, me encanta, pero llegados a este extremo, cabe reflexionar que no todos los libros son del mismo pelaje ni tienen parangón entre sí, ni todo el monte es orégano ni es plan de ir rogando y con el mazo dando, cuando de lecturas se trata. Y por si esto aún fuera poco, debo añadir que en última instancia los libros, en su inmensa variabilidad temática, de intención e inteligencia, arrojan influjos muy diversos a las ondas cerebrales del lector y que a menudo estos mensajes son incompatibles entre sí. Tanto, que de ninguna manera podemos comparar el ascendente de una obra de apostolado anticatólica pero de raigambre cristiana como la que el azar puso entre mis manos, con una novela que describe la violencia de estado, a personajes psicópatas que perpetran impunemente sus crímenes y el horror generalizado de una sociedad en crisis durante la ciénaga posfranquista de la España de los años setenta, en los prolegómenos de la tan cacareada «transición». Ni Albert Camus reencarnado podría superarlo.
−Arderás en la noche más larga, en la hoguera de San Juan. −¿No me digas? −respondió, con suspicacia, sin darse por aludida. −Te digo, porque el verbo fue lo primero. −No, lo primero fue la luz, la gran bombilla universal. −Y su boca abierta pareció querer alumbrar todo el orbe. −Pues eso. Aquella noche una vieja careta de cartón, desechada como un trasto inútil, no paró de gesticular mientras ardía durante la noche más larga. La hoguera se alzaba como la cumbre más deseada. Abajo, cientos de ojos miraban cómo crepitaba en las alturas el mundo.
El parasimpático de Edgardo Dobry me ha ofrecido la oportunidad de realizar este trabajo de interpretación basado en una obra poética disruptiva, como los tiempos que vivimos. Su publicación ha corrido a cuenta de la revista digital Pliego Suelto, a la que agradezco la confianza. Se trata de un espacio de reflexión literaria que parte de alumnos de la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona, hoy ya instituidos como profesores. La poesía, como sabemos los que la amamos y nos sumergimos en ella hasta desentrañarla, puede asumir múltiples formas, a veces proteicas e inaprehensibles, pero solo en raras ocasiones nos llama para invocarnos como seres inteligentes, los Homo sapiens que en principio debiéramos ser. De modo que seamos disruptivos y no dejemos para mañana lo que podamos leer hoy.
El retruécano de la noche es mudo y galopan las horas en los abrevaderos de la insumisión. La frente alta y la boca cerrada. La sed adormece el silencio para que el caballo al paso no sucumba.
Abrevar las bestias, enajenar su dicha, el bocado prieto, ahora suelto sobre el frescor del cristal.
Sin respiración, el jinete ve su imagen adormecida en el agua. Quisiera, exhausto por la jornada, beberse la noche a pedazos, pero cae una rama y el temblor de las ondas dibuja el mudo retruécano de la noche.
Efímera:f. Insecto de unos dos centímetros de largo, de color ceniciento, con manchas oscuras en las alas y tres cerdas en la parte posterior del cuerpo, que habita en las orillas del agua y apenas vive un día.
Alma creció creyendo que llegaría a los treinta y ocho y que justo después moriría sin más, que se desintegraría como un cometa en contacto con la atmósfera. Fantaseaba con una muerte cruel y sanguinaria que, sin embargo, la aterrorizaba. Un duermevela silencioso que la apagara lentamente con suavidad le parecía mucho más apetecible. Poco probable, sin embargo.
Ya desde niña la vida se le hacía demasiado larga, demasiado aburrida, demasiado intolerable. Creía que la caducidad de los sentimientos, sus vaivenes, el abandono se debían a su propia naturaleza efímera y, por eso mismo, le parecía absurda la pretensión de prolongar lo que en justicia estaba predestinado a desaparecer, y así debía ser.
Ella no lo sabía entonces, pero rara vez lo que proyectamos se cumple tal y como lo habíamos soñado. Como en una maldición, solo la muerte tiene garantías de éxito al cien por cien. Y su llegada no es negociable.
(Fragmento inicial de la novela inédita BCN la jaula de Dolors Fernández Guerrero)