‘El hijo del padre’, una epopeya cainita

El hijo del padre, como título, es una tautología, pero también un aserto, una advocación de Jesucristo o, incluso, del “otro” hijo de Dios caído en desgracia, Lucifer.
Novela más que negra, tenebrosa, hereda del naturalismo de Zola o Maupassant el determinismo y la profundidad psicológica de sus personajes. La saga de los Martín se convierte con Víctor del Árbol en un relato cainita donde padres e hijos están marcados por el mismo trágico destino: la hostilidad del medio en el que les toca vivir y la violencia con que encaran su suerte.
Desde Extremadura, pasando por Rusia o Marruecos, la epopeya de los Martín se dirime en Barcelona, entre la precariedad y la opulencia. El espejismo, al desvanecerse, descubre el frágil equilibrio de su protagonista, Diego Martín.
Ira, violencia, venganza, pero también ternura y amor. Todos esos componentes sitúan esta novela de factura exquisita en la visceralidad más absoluta. Con un lenguaje impecable −sobrio por momentos, lírico en ciertos pasajes− y un ritmo fluido, vigoroso, su autor nos presenta una novela que fascina.  Perturbadora como los claroscuros de Caravaggio.

Víctor del Árbol: El hijo del padre │ Ediciones Destino │ Barcelona, 2021 │ 413 págs. │19,85€

‘La tristeza del samurái’, locura, abominación y muerte

Resumen

Novela policíaca situada en Barcelona, de género negro y temática tremendista, desarrollada en dos ejes temporales que se alternan de principio a fin: los años 40 de la posguerra española y el período comprendido entre 1976 y 1981.
La novela se inicia de modo abrupto, sin preámbulos, en 1981, con la protagonista, la abogada María Bengoechea, agonizando en un hospital, bajo vigilancia policial, como sospechosa de un asesinato.
Toda la novela es, por tanto, una larga analepsis que se mueve en los dos ejes temporales anteriormente descritos.
Tras la irrupción de María en sus últimos momentos de vida, se retrocede en el tiempo, hasta 1976, cuando era una abogada con escasa proyección. Se nos presenta como una mujer infeliz, casada con Lorenzo, funcionario del CESID, quien la maltrata. En un estado de alienación y apatía en el que no se profundiza, vemos que la protagonista soporta su situación, abnegada. Entonces se le presenta la oportunidad de  enfrentarse a un caso inesperado: el de un inspector de policía, César Alcalá, quien, en un alarde de brutalidad policial, deja en coma a un detenido, un soplón de la policía y miembro de los bajos fondos, llamado Ramoneda. Alcalá se ha cebado en él porque sospecha que Ramoneda ha sido el autor del secuestro de su hija Marta. A pesar de todo, no consigue sonsacarle información. Es la mujer de Ramoneda quien va al bufete en busca de justicia y quien convence a María y a su compañera Greta, mujer de gran belleza que siente una no disimulada atracción por su compañera, para que denuncien el caso. Ambas, deslumbradas por el cariz mediático que el caso les brinda, desean demostrar que España ha dejado atrás el franquismo y que la impunidad de las fuerzas de seguridad ha pasado a la historia. Tras la detención del inspector, la mujer de César Alcalá se suicida.


Paralelamente se explica que el padre de María, Gabriel Bengoechea, quien vive en una casa aislada en el Pirineo catalán, está senil y padece un cáncer terminal. Al no estar en condiciones de continuar viviendo solo, su hija lo visita para obligarlo a aceptar los cuidados de una enfermera. En la leñera de la casa, María descubre que Gabriel guarda un secreto desde hace muchos años. Se nos adelanta que la documentación que con tanto celo oculta Gabriel, ha sido la causa del suicidio de la madre de María cuando esta era niña. Más adelante, será información fundamental para la resolución del caso.
Analepsis hasta al año 1941. Se describe una escena en una estación en Mérida. Una atractiva mujer, acompañada de su hijo pequeño, Andrés, espera la llegada de un tren. Está nerviosa porque su intención es huir de su marido, un general y oligarca del régimen franquista llamado Guillermo Mola, a quien no ama y de quien recibe malos tratos. La mujer es Isabel Mola y jamás llegará a tomar ese tren porque su antiguo amante, con quien había planeado, junto a una célula comunista disidente, atentar contra su marido, en realidad es un esbirro de este, que le ha tendido una trampa. Isabel y Andrés se ven obligados a regresar a casa con él en un flamante coche. Es en ese momento, cuando, para apaciguar al niño, el hombre promete que al regresar a casa tendrá un regalo de su padre, una catana japonesa, forjada expresamente para él. Es el obsequio más preciado para el niño, aficionado a las armas, con un perfil psicopático que ya da indicios de un profundo desequilibrio desde la infancia. De hecho, Isabel teme que termine, por voluntad del padre, internado en un centro psiquiátrico.
De vuelta a los años ochenta, el juicio se salda con pena de prisión para César Alcalá, lo cual reporta a María y Greta gran celebridad. Ambas inician así una carrera de éxito como abogadas en un nuevo bufete en la zona alta de la ciudad. María deja a su marido y se va a vivir con Greta. Simultáneamente Ramoneda se recupera y, al sorprender a su mujer manteniendo relaciones sexuales con un enfermero en la misma habitación en la que él convalece, se venga matándolos allí mismo y dándose a la fuga. Nada de eso empaña la carrera ascendente de María y Greta
Al cabo de cuatro años, en 1980, el coronel Recasens del CESID, contacta con María. Le pide ayuda para desenmascarar al diputado Publio (antiguo hombre de confianza del general Mola) convertido ahora en un político corrupto y de alguna manera vinculado con César Alcalá, condenado a prisión por ella años atrás. Recasens desea que entable contacto con Alcalá para que desenmascare a Publio, de quien sospecha que tiene mucha información inculpatoria. La añagaza propuesta por Recasens para que el convicto colabore es el secuestro no resuelto de su hija Marta. A juicio de Recasens Alcalá y María tienen cosas en común y eso facilitará las cosas. Es así como María empieza a visitar a Alcalá en la cárcel. Su vida allí no es fácil y ha tenido que superar varios intentos de asesinato por parte de algunos presos.
Mientras esto sucede se empiezan a manifestar los primeros síntomas del tumor cerebral que aqueja a la abogada.
Se describe también cómo se está gestando el golpe de estado perpetrado por Tejero en el Congreso de los Diputados el día de la investidura del candidato a la presidencia del gobierno de España, Leopoldo Calvo Sotelo, y que realmente tuvo lugar el 23 de febrero de 1981. Publio mueve los hilos en una trama que incluye a parte de la plana mayor del Ejército. Se nos va aclarando cómo el vertiginoso ascenso socioeconómico de Publio, un niño nacido en el seno de una familia pobre de Extremadura, se debe a su lealtad al general Mola, quien, al desheredar a su hijo mayor Fernando, lo convierte en heredero único a él, a cambio de cuidar a Andrés, internado en un sanatorio mental de por vida. Andrés ya ha dado muestras de su psicopatía, después de asesinar a diferentes prostitutas con su catana. La enemistad de Fernando y su padre se debe a la desaprobación de los métodos paternos por parte de este, referido al maltrato del padre infligido a su madre y a otras mujeres. Se describe a Fernando como un joven con sensibilidad artística, lejos de las consignas fascistas y de la barbarie paternas, lo cual enfurece al general Mola. Opta entonces por enviarlo al frente ruso con la División Azul. Se apunta a que el sadismo desarrollado por Andrés en su juventud tiene sus raíces en la psicopatía paterna y que el internamiento desde niño en centros sanitarios con métodos aberrantes no hace más que desencadenar con posterioridad esos rasgos de su personalidad.
Para entonces el general Mola ya ha ordenado el asesinato de Isabel. Se explicita un dato de importancia: Pedro Recasens, un joven recluta de servicio en la cantera la madrugada de su ajusticiamiento, la ve llegar en coche. Se convierte, por tanto, en testigo del crimen. Cuando busquen un chivo expiatorio, el elegido será Marcelo Alcalá (padre de César Alcalá), profesor a la sazón de Andrés, el hijo menor del matrimonio Mola. Marcelo se enamorará profundamente de Isabel y se comprometerá a ayudarla a escapar a Portugal con Andrés en el caso de que el atentado a su marido fallara. No obstante, no tiene ocasión de cumplir su palabra. Con el balazo, al general solo le rompen algunas costillas y se recupera sin mayores complicaciones, pero hay que buscar culpables. La maniobra se ha organizado con el objeto de demostrar la lealtad de Mola al régimen, en vistas a su promoción. En cambio, Marcelo es acusado del asesinato de Isabel y torturado para que confiese. Coaccionarán a Recasens, de guardia en la cantera el día del asesinato, para que lo inculpe, bajo la amenaza de enviarlo al frente ruso. A pesar de todo, lo envían  al frente. Allí conoce a Fernando y traban amistad. Mola es trasladado a Barcelona, donde inicia una carrera meteórica, a partir de la cual llegará a ser ministro.
De regreso a los años ochenta, la desaparición de Marta sigue siendo un misterio, hasta que se nos aclara que César recibe unos misteriosos papelitos de Marta en los que su hija le comunica que está bien. Eso mantiene viva la esperanza del inspector y comporta su silencio. Con la documentación que posee podría imputar al diputado Publio.
Lorenzo, el exmarido de María, se entrevista con ella. En nombre del CESID le pide colaboración, aunque realmente lo que quiere es obtener información a través de ella para asegurar la impunidad de Publio, para quien trabaja realmente. En los prolegómenos del golpe de estado, lo último que quiere el diputado es que ningún contratiempo se interponga en el desarrollo y el éxito de la operación.
Recasens y Fernando, amigos desde la época de la División Azul en el frente ruso y como supervivientes del campo de prisioneros, llevan años intentando resarcirse de todos sus sufrimientos a través del responsable de su ruina: Publio. Saben, además, quién es el verdadero culpable de la muerte de Isabel. En una entrevista, Fernando se lo cuenta a María. Mientras tanto, Publio, que se siente amenazado, ordena el asesinato de Recasens a Ramoneda.
Al enterarse de la realidad y de la implicación de su padre, Gabriel Bengoechea, con los Mola y los Alcalá, María desea, en un acto de justicia, ayudar a César, a quien acecha la muerte en la cárcel. Publio ordena, por enésima vez, su asesinato. Para ello pagan a su compañero de celda, Justo Romero, cabecilla de algunos de los presos más peligrosos y de fiereza incuestionable. Lorenzo, apabullado por la situación, es conminado por Publio para que asesine a María. En lugar de eso, la avisa y le recomienda que huya. Ella no lo hace y él deberá asumir las consecuencias.
En ese punto aparece Marchán, un inspector de policía a punto de jubilarse, excompañero de César y con cargo de conciencia por no haber declarado a favor suyo durante el juicio. No obstante, lleva años intentando encontrar a Marta. Marchán se alía con María para resolver el enigma. Los ayudará, inopinadamente, Fernando, a cambio de información para destruir a Publio, en un acto de venganza demorada durante décadas y que ahora se ve espoleada por el asesinato de Recasens.  Entre todos propician que César escape del hospital donde lo han ingresado tras el ataque con machete de su compañero de celda, Justo Romero. Este se conjura con María para únicamente herirlo, de modo que sea trasladado al hospital de urgencia y no a la enfermería de la prisión. Una vez allí, pese a la vigilancia, puedan preparar su fuga.
César accede a cederles la información que guarda sobre Publio a cambio de rescatar a su hija. Ya se nos ha anticipado que Marta lleva cinco años de cautiverio en casa de Andrés Mola, en el Tibidabo, a sabiendas y con la connviencia de Publio. Oficialmente Andrés está dado por muerto, como consecuencia de un incendio ocurrido en el psiquiátrico donde estaba internado hace más de veinte años. El incendio lo provocó un celador. Sobornado por Fernando, era la estrategia de este para sacar a Andrés del centro, aprovechando el caos que se produciría. Sin embargo, el tema se le fue de las manos. El celador acabó derribado por Andrés y murió al precipitarse por la ventana de su cuarto. El incendio, descontrolado, hizo arder el edificio. Numerosos internos murieron y Andrés sufrió quemaduras graves que lo dejarían marcado de por vida. Desde entonces Publio lo mantenía encerrado en su antigua casa del Tibidabo, protegido por sus esbirros, junto a Marta, a la que mantiene  secuestrada en condiciones inhumanas. En ese momento se describe a Marta con un gran parecido a la madre de Andrés. De ahí que a la obsesión por castigar a los Alcalá, por ser la familia del asesino de su madre, se le sume, paradójicamente, la seducción que Andrés experimenta por la niña, quien evoca en él a su madre. Eso desencadena en su mente enferma comportamiento sádicos y violencia sexual. Queda en evidencia que el complejo de Edipo, el sadismo y la venganza mueven a este personaje.
Ramoneda, por su parte, recibe órdenes de Publio: debe asesinar a María y Lorenzo,  a César y Andrés. Sin embargo, es la esposa de Lorenzo quien dispara, anticipándose a Ramoneda, en el momento en que este, creyéndolo solo, va a buscarlo a su vivienda. Como María antes, la esposa de Lorenzo padece sus malos tratos. Ramoneda rematará la faena pegándole un tiro a ella también.
Ya en el desenlace de la novela, Fernando mata a Andrés con la catana que antes le perteneciera, bautizada “La tristeza del samurái”. A continuación, Fernando seguirá el ritual del seppuku, una muerte ritual especificada en el libro de los samuráis, Bushido. Cuando Ramoneda llega a la casa del Tibidabo ve a Andrés decapitado y a Fernando agonizando con los intestinos fuera. En vez de apiadarse de él y decapitarlo, prende fuego a la casa para eliminar pruebas.
Acto seguido se produce una escena de reconciliación entre Greta y María. Cenan en un restaurante del Puerto Olímpico. A pesar de todo, no llegan a restablecer los vínculos de antaño. María no le confía a Greta su enfermedad ni le explica que al día siguiente van a intervenirla. Se despiden y María decide regresar sola a casa, a pie. Ramoneda la está siguiendo. A la altura de un edificio en obras la ataca y la golpea hasta que María pierde el conocimiento. Entonces la lleva a un portal. Piensa violarla para doblegarla y anular su voluntad, y luego matarla. Por suerte para María, César la está vigilando desde hace un par de días, ya que teme la reacción de Publio. Llega en el momento oportuno y dispara a Ramoneda por la espalda. Se va sin más y a los pocos días el cadáver aparece con los pantalones bajados en un descampado de Montjuïch frecuentado por chaperos y drogadictos.
Al día siguiente operan a María en el Hospital de la Sagrada Familia. El tumor está muy extendido y no se recupera. Marchán cumple con su parte y entrega la documentación incriminatoria de César Alcalá a un juez militar amigo suyo. No obstante, el juez no considera que haya pruebas consistentes contra el diputado y exige que César se entregue y declare para incoar el proceso.
El atentado del 23 de febrero fracasa pero Publio sale indemne. Nadie lo acusa. Más de 30 militares son condenados. Sin embargo, en el epílogo se nos explica que Publio vive el resto de sus días refugiado en su casa de Mérida, la que un día fuera de la familia Mola,  atemorizado y solo.

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‘El peso de los muertos’, el fatalismo del recuerdo

PREMIO TIFLOS DE NOVELA 2006

Resumen

Se inicia la novela cuando Nahúm Márquez va a ser ejecutado en Barcelona, en el garrote vil, en el año 1945, acusado del asesinato de Amelia Quiroga, la hermosa mujer de un alto mandatario del régimen.
Luego se van dando saltos en el tiempo hasta llegar a un presente de los años 70. Franco está a punto de mirar y Lucía de Dios, la protagonista, regresa a Barcelona desde Viena, donde vive con su marido, Andrés, como refugiados políticos. Al llegar, lo primero que hace Lucía es ir a la Casa de Las Ceibas, en Siges, para dispersar allí las cenizas de su padre, fallecido en los años 40, cuando intentaba huir del comisario Ulises (apodado ‘Moro’ porque nació en Marruecos). Un amigo de la infancia, el psiquiatra Octavio Cruz, la ha llamado indicándole que Nahúm Márquez, al que ambos conocen y asistió al asesinato del padre de Lucía, está y vive recluido desde hace 30 años en un centro psiquiátrico. Ese dato activa a Lucía y su deseo de volver. Contra el consejo de su marido, organizan rápidamente el regreso, con pasaportes falsos.

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¿’El conflicto de los siglos’ con final feliz?*

Que un título tan sugerente como El conflicto de los siglos se use en un tratado religioso (apologético y casi bíblico con hojas transparentes como el papel de fumar) es un desperdicio tremendo. Al menos para los ateos y agnósticos recalcitrantes, admiradores de los títulos de rompe y rasga y, por supuesto, partidarios de la división de poderes y el estado laico. Pero que el libro en cuestión te lo regale un hombre voluntarioso en medio de un trayecto en el metro de Barcelona, mientras tú lees tranquilamente la primera novela publicada por Víctor del Árbol allá por el año 2006, una obra titulada El peso de los muertos, negra y tremendista hasta la extenuación, tiene una retranca con visos caricaturescos. Y es que el argumento esgrimido por el «regalador» fue que yo me lo merecía porque me gustaba leer. Y es cierto, me encanta, pero llegados a este extremo, cabe reflexionar que no todos los libros son del mismo pelaje ni tienen parangón entre sí, ni todo el monte es orégano ni es plan de ir rogando y con el mazo dando, cuando de lecturas se trata. Y por si esto aún fuera poco, debo añadir que en última instancia los libros, en su inmensa variabilidad temática, de intención e inteligencia, arrojan influjos muy diversos a las ondas cerebrales del lector y que a menudo estos mensajes son incompatibles entre sí. Tanto, que de ninguna manera podemos comparar el ascendente de una obra de apostolado anticatólica pero de raigambre cristiana como la que el azar puso entre mis manos, con una novela que describe la violencia de estado, a personajes psicópatas que perpetran impunemente sus crímenes y el horror generalizado de una sociedad en crisis durante la ciénaga posfranquista de la España de los años setenta, en los prolegómenos de la tan cacareada «transición». Ni Albert Camus reencarnado podría superarlo.


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Hoguera de San Juan 2.3

−Arderás en la noche más larga, en la hoguera de San Juan.
−¿No me digas? −respondió, con suspicacia, sin darse por aludida.
−Te digo, porque el verbo fue lo primero.
−No, lo primero fue la luz, la gran bombilla universal. −Y su boca abierta pareció querer alumbrar todo el orbe.
−Pues eso.
Aquella noche una vieja careta de cartón, desechada como un trasto inútil, no paró de gesticular mientras ardía durante la noche más larga. La hoguera se alzaba como la cumbre más deseada. Abajo, cientos de ojos miraban cómo crepitaba en las alturas el mundo.

Seamos disruptivos

El parasimpático de Edgardo Dobry me ha ofrecido la oportunidad de realizar este trabajo de interpretación basado en una obra poética disruptiva, como los tiempos que vivimos.
Su publicación ha corrido a cuenta de la revista digital Pliego Suelto, a la que agradezco la confianza. Se trata de un espacio de reflexión literaria que parte de alumnos de la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona, hoy ya instituidos como profesores.
La poesía, como sabemos los que la amamos y nos sumergimos en ella hasta desentrañarla, puede asumir múltiples formas, a veces proteicas e inaprehensibles, pero solo en raras ocasiones nos llama para invocarnos como seres inteligentes, los Homo sapiens que en principio debiéramos ser.
De modo que seamos disruptivos y no dejemos para mañana lo que podamos leer hoy.

http://wwww.pliegosuelto.com/

Retruécano

El retruécano de la noche es mudo
y galopan las horas
en los abrevaderos de la insumisión.
La frente alta y la boca cerrada.
La sed adormece el silencio
para que el caballo al paso
no sucumba.

Abrevar las bestias,
enajenar su dicha,
el bocado prieto, ahora suelto
sobre el frescor del cristal.

Sin respiración, el jinete ve su imagen
adormecida en el agua.
Quisiera, exhausto por la jornada,
beberse la noche a pedazos,
pero cae una rama
y el temblor de las ondas dibuja
el mudo retruécano de la noche.

Dolors Fernández Guerrero

BCN la jaula

Efímera: f. Insecto de unos dos centímetros de largo, de color ceniciento, con manchas oscuras en las alas y tres cerdas en la parte posterior del cuerpo, que habita en las orillas del agua y apenas vive un día.

Alma creció creyendo que llegaría a los treinta y ocho y que justo después moriría sin más, que se desintegraría como un cometa en contacto con la atmósfera. Fantaseaba con una muerte cruel y sanguinaria que, sin embargo, la aterrorizaba. Un duermevela silencioso que la apagara lentamente con suavidad le parecía mucho más apetecible. Poco probable, sin embargo.

Ya desde niña la vida se le hacía demasiado larga, demasiado aburrida, demasiado intolerable. Creía que la caducidad de los sentimientos, sus vaivenes, el abandono se debían a su propia naturaleza efímera y, por eso mismo, le parecía absurda la pretensión de prolongar lo que en justicia estaba predestinado a desaparecer, y así debía ser.

Ella no lo sabía entonces, pero rara vez lo que proyectamos se cumple tal y como lo habíamos soñado. Como en una maldición, solo la muerte tiene garantías de éxito al cien por cien. Y su llegada no es negociable.

(Fragmento inicial de la novela inédita BCN la jaula de Dolors Fernández Guerrero)

 

Un ángel degollado

Tina había muerto desangrada, como consecuencia del corte limpiamente realizado en su garganta. La joven no ofrecía a la vista marcas de lucha, hematomas o heridas causadas por un posible enfrentamiento con su agresor −uno o muchos. Tampoco existían ni en el cuerpo ni en el dormitorio restos de sangre. De hecho, los Mossos no encontraron ningún resto orgánico. Por tanto, a falta del dictamen forense y del informe toxicológico, se podían extraer dos conclusiones claras.
La primera, que Tina no había ofrecido resistencia. O bien conocía al agresor y no desconfió, por lo que el asesino pudo acercarse a ella sin que esta sospechara; o la drogaron y de ese modo anularon su capacidad de defensa. O tal vez ni siquiera le dieron tiempo a reaccionar, tan certero y rápido había sido el corte que le abrió la garganta.
Para la segunda conclusión había muchas evidencias. El crimen no había podido tener lugar en el dormitorio. En el intervalo de tiempo que mediaba entre la salida de Mónica de casa para acudir a la presentación de El libro de los muertos 666 de Apel·les Gorgori, en la librería Insólita, y el regreso al piso de todo el grupo era imposible, primero, cometer el asesinato y segundo, limpiar de un modo tan concienzudo el escenario del crimen. El dormitorio estaba impoluto y no había habido tiempo material de lavar el cuerpo −comparable a una mortaja exquisita−, limpiar la habitación de arriba abajo y cambiar la ropa de cama. Todo apuntaba a que la habían asesinado hacía algunas horas en otro lugar y luego la habían trasladado al piso. Con toda probabilidad habían abierto la puerta con la llave de la víctima y, por tanto, sin alarmar a los vecinos. El rigor mortis del cadáver corroboraba esta teoría, ya que presentaba signos de llevar algunas horas fallecida. No obstante, determinar la hora del deceso con exactitud era tarea del forense, quien aún estaba por llegar.
Tina se había citado con Mónica en el piso para ir juntas a la librería, pero, cansada de esperar, Mónica había decidido marcharse. Tina no contestaba al móvil, pero no era algo tan inusual. Mónica pensó que habría cambiado de planes y no se extrañó. Cuando llegó la hora, Mónica salió hacia la librería Insólita y cerró con llave, como siempre.
Mónica corroboró que el edredón en tonos pastel era el mismo que cubría la cama de Tina desde hacía días. Al reparar en ello, se dio cuenta de lo bien colocado que estaba, de la simetría perfecta que guardaba a uno y otro lado de la cama. Un nivel de cuidado imposible para Tina, que solía invertir el mínimo tiempo posible en estirar las sábanas y el edredón, y en lanzar hacia el cabecero, a toda prisa, la almohada y los cojines correspondientes. Máxime, después de la fiesta de Nochevieja. Nada en el atuendo de Tina, en su peinado o maquillaje revelaba el caos habitual de su dormitorio.
Por tanto, la ejecución se había producido en otro sitio y, una vez cometido el crimen, habían transportado el cuerpo al dormitorio. Allí habían preparado todo conforme a un ritual en el que Tina era la protagonista. La policía científica, desplazada rápidamente al lugar del siniestro, no había hallado ni un solo resto de sangre en el cuarto: ni en los muebles ni en las cortinas ni en la alfombra de pelo largo, situada a los pies de la cama. Ni siquiera entre las rendijas del laminado gris claro con ráfagas más oscuras que cubría el suelo.
Estas eran las únicas certezas, aunque Jorge sospechaba quién podía estar detrás de aquel despropósito y eso le aceleró el pulso. Mónica, Héctor y Gerard estaban muy afectados. Jorge, excesivamente impresionable a juicio del resto, lo interpretó como una advertencia, como el demoníaco aviso de la mendiga y sus secuaces. Sintió que las piernas le fallaban. Empezó a ver borroso. Entre Mónica y Héctor, más atentos a la reacción de Jorge que Gerard, hipnotizado por la escena, lo sostuvieron e impidieron que no se desplomara sobre el suelo. Entre los dos consiguieron llevarlo al sofá, en estado de semiinconsciencia. Lo tumbaron. Su cara mostraba un rictus de espanto que los asustó. Le costaba respirar. Los acontecimientos de los últimos días le hacían pensar en designios maléficos que se escapaban de su control. No podía ser casual ni inocente. Si Einstein no creía que Dios jugara a los dados con el universo, ¿por qué iba a hacerlo Alma?
Después de interrogar a Jorge sobre lo que había visto al entrar en el dormitorio, con detalles relevantes –cuándo, cómo y por qué–, sintió que las sospechas recaían sobre él y eso lo angustió. Los Mossos necesitaban alguien a quien incriminar y de momento él era el candidato ideal. Al recordar su actuación del día anterior −ante no pocos testigos−, se temió lo peor. Sin embargo, razonó que cada uno de ellos era la coartada perfecta de los demás y, por suerte, otros muchos podían confirmar la del grupo en su totalidad. El público que abarrotaba la librería Insólita, asistente a la presentación de El libro de los muertos 666 de Apel·les Gorgori, podía dar fe de ello. Interrogaron a Gerard, quien no había apartado los ojos del cadáver blanquísimo de Tina, hasta que reclamaron su atención. Por fin lo dejaban en paz. No podría salir de la ciudad o del país sin avisar, etc. Si lo veían necesario, lo llamarían a declarar a comisaría en unos días. Era desconcertante cómo Dios seguía haciendo girar su gigantesco dado, con imprevisibles resultados.
Jorge ataba cabos. No podía decirse que amara a Tina, pero sentía una poderosa atracción hacia ella y la visión de la joven, cuando aún estaba viva, le pintaba en la cara una de esas estúpidas sonrisas que solo desaparecían un rato después de haberse alejado. No había logrado intimar con ella y lo lamentaba de veras. Ahora, en cambio… Si no resolvía en breve el rompecabezas que, muy a su pesar, lo ligaba al diario de Alma, muy pronto estaría haciéndole compañía, ambos encallados en el inframundo con un collar rojo al cuello. La visión no podía ser más espeluznante.
Tumbado en el pequeño sofá del que le asomaban los pies hasta las pantorrillas, pese a no ser alto, su recuerdo le dolía. Le provocaba una punzada en el pecho que se sumaba al dolor físico de las costillas, como una cascada nerviosa que le llegaba hasta los pies…
–Ave Lilith, ave Lilith… –No dejaba de darle vueltas a esas palabras, que sonaban como una oración. Las había oído minutos antes, cuando Mónica las había leído del cuaderno que le había arrebatado a Tina. Había recitado frente a todos, Héctor, Gerard, él mismo, aquella salmodia incomprensible.
Hubiera preferido no seguir escuchando. Ahora no podía olvidarlas. Héctor había instado a Mónica para que dejara el cuaderno donde lo había encontrado.
–Ave Lilith…
Luego, como si el cuaderno le quemara entre las manos, Mónica se lo llevó apresuradamente al dormitorio y lo devolvió a su sitio. El mismo rigor mortis que había dificultado la extracción del cuaderno del seno ya frío de Tina, complicaba la operación de colocarlo en su posición original, entre las manos y el cuerpo de la difunta. Aquel objeto era el paupérrimo ajuar de la novia cadáver, la bella joven que ya nunca más compartiría el tálamo nupcial con ningún afortunado. Era imposible no pensarlo. Mónica se echó a llorar.
Los Mossos no afirmaron, a falta de pruebas concluyentes, ninguna hipótesis, pero entre ellos susurraron algo acerca de crímenes rituales en Barcelona. Se venían produciendo desde los años sesenta. Como en cuentagotas, cada cierto tiempo aparecía un cadáver en extrañas circunstancias. Los detalles, generalmente escabrosos, se habían sabido escamotear a la prensa, por el bien de todos.
Mónica, Gerard, Jorge y Héctor no necesitaban testimonio gráfico ni el relato truculento y sensacionalista de ningún periodista. Nadie podía cuestionar lo que acababan de ver. Impresionados, en estado de shock, a ninguno de ellos se le escapaba la voluntad esteticista de aquel crimen, su cuidada puesta en escena, la elección deliberada de la víctima. Y eso les hacía rechinar los dientes.
Particularmente a Jorge, que se sentía aterrado. Después de escuchar “Ave Lilith”, había entrado literalmente en pánico. Recordó lo que había ido a buscar a aquella casa y creyó que había llegado el momento de ponerse en marcha. La imagen de la jaula invadió su cerebro. Por enésima vez desde hacía tres días, temió por su vida. Era la única certeza que lo mantenía en pie.
Debía proceder por orden y decidió que le convenía inspeccionar a fondo aquel cuaderno. Estaba convencido de que la clave la encontraría ahí. Cuando se levantó del sofá tambaleante, para intentar arrancarle por segunda vez el cuaderno al cadáver de Tina, los Mossos d’Esquadra llamaron a la puerta. Solo llegó a tocar la blanquísima piel de Tina cuando se vio obligado a retroceder, quedándose de pie, fuera del dormitorio.
Maldita sea. Necesitaba un chicle. Las manos de Tina estaban tan frías…

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Reina maldita

En la noche del solsticio
se avientan almas perdidas,
arden lo justo y lo lícito,
resplandecen las mentiras.

Salomé en trono de fuego
nos reclama sus cenizas
y el balsámico recuerdo
cauteriza las heridas.

Llamaradas de solsticio,
te invocamos, es tu día,
y el próximo nombre dinos
de nuestra Reina maldita.

(Poema incluido en la novela en proceso, Barcelona, el solsticio, de Dolors Fernández Guerrero)