Se miraron fijamente y no hubo más.
La expresión de ella se transformó por completo. Su frente despejada se esculpió como una protuberancia vellosa; sus mejillas se abombaron como nunca se había visto antes, hasta reducir las cuencas de los ojos en un sesgo felino de color verde, con la estría de la pupila marcando el eje y su hipnotismo. Sus labios, tan voluptuosos antes, se fueron adelgazando, se extinguieron entre un matorral de bigotes recios, arrogantes. Alrededor del óvalo de su rostro brotó un manojo tupido de pelos suaves que caía en un abanico blanquecino. Su orgullosa nariz respingona se metamorfoseó en una elevación mesetaria que le ocupaba la parte central de la cara y que marcaba una simetría perfecta en su nueva fisonomía de color leonado. Entonces comenzó a jadear y a emitir ronquidos de fiera. Su transfiguración culminó cuando al bostezar abrió desmesuradamente la boca y apuntó en derredor con el arma más antigua: cuatro colmillos largos como lanzas. Seguir leyendo Un hermoso tigre












