Archivo de la categoría: Poesía amorosa

Habitada

Si la luz me deshabita ante tus ojos,
ni siquiera existirá el olvido.
Porque vienes
de donde el imán del mundo ejerce su poder
y vas adonde el alba es luminaria,
donde la maraña reticular del fondo del cielo
brilla en la noche.
Bésame
con la gravedad de los cuerpos celestes
y haz de mí un sol amasado de fuego.
Mastica el aroma de mis poros
y entonces yo
me elevaré sobre mi propia carne
para rescatarnos en el recuerdo.

El resuello

Ando buscando por ahí
la sombra alargada
de un padre amoroso,
sin caer, y no es baladí,
que esos ojos como espadas
son mi sino sin retorno.

Huérfana, con el dolor
de mi niñez te busco,
con la vista opaca del ciprés,
con el lento caminar del miedo,
con la errada costumbre
que destila su cruel veneno.

Sé y entiendo
que tu mano amada
jamás recogerá mis dedos,
que ese beso de ángel que sueño
no será para mí,
sino sólo un resuello en mi cuerpo.

Y por fin el anhelo que sentí
descorchará, sereno,
mis párpados de acero.
Burbujeará sobre mi pecho
arrasando en silencio
lo que sin ti no siento.

Habrá un momento de llanto,
el frío de la clausura
y una ventolera de espanto.
Me quedo con la bruma,
en lontananza mi bandera,
en este compás de espera.

El páramo

“Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace.”
Juan Rulfo, Pedro Páramo

Llueve sin patente sobre el páramo,
pero sin Pedro que aliente mi prosa
no hay color ni esfera hermosa
que torne mágico
el realismo demacrado de mis noches sin ti.

En tu aliento bebí el elixir
de la vida titubeante, con anhelo
de más lunas radiantes, de más luceros.

Y te perdí, así,
sin apenas percatarme,
sudando el dolor de mis ojos
que a la pura fuerza te atisbaban lejano…

Y ya no fui feliz.
A sabiendas tuve que dejarte ir
para que arredraras la tristeza
de otro monte, de otro llano.

En el eco de tu marcha
mil espadas blandieron un mar de canciones,
una azada tembló al herir los surcos
del campo que latía con ansia.

Oí el grillo al anochecer
y la avutarda en su nido
y grité a la aventura tu nombre, Pedro,
pero sólo vi a lo lejos el páramo.

Sólo me consoló ver su desolada
y gélida vastedad de amiga
que se asusta en las noches sin luna,
como yo ante mi penumbra.

El gigante

Sobre un altozano
te vi
a ti,
enérgico, enigmático.

Avanzaste lento,
seguro en tu espacio,
ignorando
el ignoto sueño
que reptaba en mi ánimo
para luego
mirarme ajeno,
feliz.

Te sentí,
avancé un paso
con manos llenas
y dibujé un sí.

Ahora tu acento
es mi eco humano
con raíz,
el del amor marcado
a fuego y hierro,
resabiado
por días y años,
por daños espías
lacerantes
como cuencas vacías.

Se destila la duda
del ansia en barbecho
mientras la oscuridad de mis ojos
te otea a lo lejos,
enredado en mi sueño,
como liliputienses
empeñados
en maniatar a un gigante
de carne y hueso.

Daga de amor

Al alba de acero
le robaré el rubor
para hacer sin pudor
la daga arrojadiza
que asaetee tu corazón.

Clavada en tu pecho
te abrasará por dentro
para que sientas la ardiente
plegaria de mis manos
fundidas a ti a fuego lento.

Amor, sólo lamento
no haber dado antes contigo,
en este eterno recuento
de calles y mares,
de vida sin latido.

De haberte conocido,
todo en un suspiro,
me hubiera clavado en el suelo,
sin dudas, sin miedo,
para decirte: te quiero.

Cara o creu

Cara o creu
-tu o jo-
són petons que volen
ferits de mort.

Com la tarda,
bruta de pluja,
cauen les ombres
de la tardor.

Mentre
-jo, tu-
ens mirem als ulls,
foragitats per la por.

Ai, si es trobessin ara!
Només un raig
per entendre
que la llum s’ha fos.

Arde la tarde

Arde la tarde tras el cristal
y la lluvia salpica mi cara.
La hoja entreabierta
de metal frío
rechaza el agua que resbala, turbia,
hasta el quicio de la ventana.

Ligeras agujas que se remansan en balsas
como lagos en miniatura que anegan mi alma.
Torrentes que descienden a un mar soñado
son mis lágrimas, que ejecutan una lenta
y arcaica sinfonía de llanto en ascuas.

La tarde, ajada, se niega a anegarse en la vacía oscuridad embriagada
y, en su lugar, desdeña las horas en un ocaso de alba.
Pero vence la luna con su estribo de plata
desollando estrellas,
que no palidecen ante su mirada.

…Y el hombre indigente de esperanza.
…Y el niño mudo de abrazos y nanas.
…Y el terco verde-azul de nuestra sombra alargada.
…Y hasta la locura de la sonámbula
se vencen de sueño y expulsan a la tarde,
loca de destellos y ráfagas.

-Vete, tarde loca, vete día insomne,
que apacigüe mi ánimo la lluvia sorda
de esta noche sin alma.

Árbol centenario

Me quedé hueca, vacía, como árbol centenario
buscando rumor de hojarasca,
proyectando el verano en mi sombra alargada ,
malgastando la savia en frutos manchados.
¡Qué terco filamento une la vida a mis labios..!

Y ahora se mezcla la sal de mi llanto
con el sabor de tus besos.
Aquella noche debería haber llovido tanto…
Así no tendría la certeza de haber muerto,
de haberte sobrevivido en vano.

La savia invicta en mi rugosa corteza,
en mi nudosa presencia de años y daños,
tiene del manzano la consistencia,
del almendro en flor la belleza,
del limonero su ácida luminiscencia.