Guerra perdida

Emprendo a veces,
sin querer saberlo,
a contrapelo,
guerras de antemano perdidas.
Yo lo sé
y los desgarrones en mi piel
dan fe de la contienda
y de mi tesón inútil.
Cuando la línea roja se traspasa
y el trampantojo
adquiere la cualidad líquida del deseo
la brecha se hace ascuas.
Un batir de alas,
una hoguera,
el ave fénix se desangra.

Emprendo a veces,
sin querer saberlo,
a contrapelo,
guerras de antemano perdidas
y en el quebranto de mis noches
se alza la pesadilla de mi espada.
Debería acometer la conquista de otros mundos,
más allá de esta luz cegadora,
sumergirme, insumisa,
en las grutas de la certidumbre,
hacer del fósil mi estandarte
más inane.

Emprendo a veces,
sin querer saberlo,
a contrapelo,
guerras de antemano perdidas.
No ha lugar para la deserción,
la traición es un tabú en la garganta
y un reto salvaje.
Al toque de la corneta,
acomete la hecatombe.
El viejo me acompaña,
me enseña sus encías sin labios,
irradia el hedor
que declara mi derrota
y yo bajo la espada,
el mundo se descerraja.
En el pasadizo de rocas
vislumbro el vacío,
y aun así…

Emprendo a veces,
sin saberlo,
a contrapelo,
guerras de antemano perdidas
y, sin embargo,
no puedo,
no quiero,
no sé,
retroceder acaso,
huir,
rogar por una aministía,
dejar de empeñarme,
maldecir,
ser,
ciegamente
arrasar mi mundo
ya sin vida.

Dolors Fernández Guerrero

La telaraña

A ras de suelo, en mi telaraña,
urdo con hilos tercos
la untuosa voz de los secretos.
Hieren con voz de cristal,
falsos, quebradizos,
espejismos percutores
a los que solo cabe enfrentarse
a pecho descubierto.
El tiempo es un toro que embiste impasible
y arremete contra el recuerdo,
agigantando la invención
de un dolor sin paradero.

Un tiro en la sien dolería menos:
sería un final sin dilemas,
sin duelos ni padrinos,
a sangre fría,
un consuelo
sin vestigios,
sin testigos,
sin herida,
solo un cuerpo en su mortaja,
cadáver inmortal
que en el no ser resucita.

Mata la muerte
postergada,
el abanico de tus pestañas
y las palabras adivinadas,
las omitidas, las deliberadamente
calladas,
las que no ensucian
el olvido inexcusable,
el aroma del eucalipto,
la paloma mensajera,
el agua clara,
la nada.

Esta tarde solo sé
que cruje la telaraña.

Dolors Fernández Guerrero

Memoria de la piel

La memoria de la piel es un aserradero
cuando la arena del reloj estalla,
cuando las gaviotas huellan la playa
en busca de una presa
verde mar,
tras un ejército de hormigas,
atentas a sus renglones torcidos.

El amor es un bastardo sin hospicio,
lo sabes, yo también.
Pero se acerca la hora
y al otro lado de la ventana
las gaviotas, blancas,
afilan su chillido
y azuzan el hambre
con su vuelo rasante.
Cierro los ojos.
Tú me miras desde tu abismo,
desde él yo te miro.

El silencio es inmortal
en este desmoronamiento
de balbuceo sin vocales,
apenas una consonante.
Me desahucian los besos
rotos ante el espejo,
las hormigas hundidas en el vaso
casi vacío,
su líquido oscuro
derramándose,
atravesando fosforescente
mis pulmones
como un desafío.

Nada tiene sentido
y, sin embargo,
ahí está,
ahí estoy,
sin ti, conmigo,
inerte, materia que estalla,
arena disuelta,
piel con memoria.
Las gaviotas son testigo.

Dolors Fernández Guerrero

Átame

Átame al metal de tu alambrada,
sacia con tu aliento mi sed de ti,
pues se enciende en esta madrugada
el recuerdo de lo que un día fui.

Fue tu voz de caracola encantada,
que al abrigo de las olas bebí,
fue tu cuerpo de montaña encumbrada,
desde cuya cima el mundo aprendí.

Y en la escarcha de mis sueños tu danza
alimenta con saña el deseo
que arremete contra mí y me lanza

a una certidumbre en la que no creo.
Por eso al alba reclamo venganza:
átame a tus besos de Morfeo.

‘Nadie en esta tierra’, el arañazo del lobo

ARGUMENTO DESGLOSADO Y COMENTADO

Prólogo y Epílogo

La novela se inicia con el soliloquio de un personaje anónimo durante un día de lluvia:

No soy yo quien debería contar esta historia. Pero soy el que puede contarla. (pág. 11)

A partir de este planteamiento paradójico, el personaje, que se declara sin “nombre que vosotros podáis conocer”, interpela directamente al lector. Niega que sea un monstruo, solo que “sencillamente, las personas como yo existen”, afirma. Se trata de un sicario que se cruza en la vida de Julián Leal, el inspector de policía protagonista de la novela. Reconoce que Julián cambió el curso de los acontecimientos, tal y como debían haberse producido, puesto que “antes de conocerle, yo era quien era, lo aceptaba y no pretendía ser otra cosa”.
El personaje se siente, con el paso de los años, más débil, padece insomnio y siente inquietud ante su propio futuro.

A fin de cuentas, yo solo quería un velero, una casita en el islote de Margarita, la música de Bob Marley y el rostro de Clara sobre mi pecho, susurrándome que podemos cambiar. (pág. 14)

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La mosca

En mi decálogo de impertinencias
oso escupir palabras al relente
que rebotan justo ahí enfrente,
en el limbo de las indiferencias,

mientras tú, argucia en mano, silencias
zumbando el murmullo de la gente.
Y la rueda gira diente con diente
en el fragor de toscas vehemencias.

Con tu vuelo de mosca ambicionas,
allá en el Salón de los Espejos,
el linaje de las aves remolonas,

sin advertir que son solo reflejos
de mosca adherida a las poltronas,
succiones de carroña en sus bosquejos.

‘La víspera de casi todo’, en la frontera del aullido

En La víspera de casi todo, de Víctor del Árbol, lo único que se garantiza es el dolor de sus protagonistas, atormentados por un fatum que vuelve sus vidas de cristal quebradizo.
Veamos cómo y por qué.

Exordio

Citas de Jean-Paul Sartre, de A puerta cerrada: “El infierno son los otros”; y de Chesterton, en Ortodoxia: “Loco es el hombre que ha perdido todo menos la razón”.

Dedicatoria

A Lola: “Porque solo ella me mira para verme. Y eso también es amar.” (Creo que es la perra.)

Resumen

Inicio in media res, durante el verano de 2007, en Málaga. Se presenta al inspector Germinal Ibarra, a punto de ejecutar al “hombrecillo” (no se le da otro nombre a este personaje en toda la novela y todos aluden a él así), fuera de la ley, por haber violado y asesinado a una niña de diez años, Amanda. Se menciona al diario personal del hombrecillo, donde se evidencia su profunda psicopatía y la contradicción en la que vive, al considerar el mundo como un lugar miserable y jactarse de su crimen en aras de un concepto patológico de la belleza. La investigación del inspector es descrita como un desafío y, en cierto modo, espera que lo capture para aliviar su conciencia y para que cesen sus crímenes.
A continuación, el cronotopo en el relato se traslada y ya es otro: La Coruña, 2010. Se presenta al inspector Ibarra como un ser desgraciado y sumido en una profunda depresión, con ideas suicidas, que está en el hospital, velando a una mujer desconocida a la que han llevado medio muerta, después de haber recibido una paliza bestial al hospital de La Coruña. Más adelante se descubrirá que la paciente es Eva Malher, madre de Amanda, la niña fallecida tres años atrás.
Ese acontecimiento ha marcado la vida del inspector. Aunque profesionalmente le concedieron una medalla, él sabe que fue un asesinato, merecido, pero un asesinato. Su móvil para llevar a cabo aquella ejecución no había sido únicamente un deseo de justicia, sino el sentimiento de venganza. Cuando el inspector tenía diez años, un demente lo sodomizó en un camino desierto, cuando volvía a casa, después de haber ido a visitar a su padre, ingresado en un sanatorio mental. El trauma todavía le persigue, sumado ahora al sentimiento de culpa por la acción cometida en su edad adulta, un acto de brutalidad que mancha su conciencia.
La sospecha de ciertos grupos, incluso vecinos, de que el asesinato fue premeditado, de que se falsearon pruebas y de que el hombrecillo, con su aspecto inofensivo, no era culpable, sino una víctima inocente, promueven la animadversión de muchos, que le dirigen continuos insultos y provocaciones en las redes sociales. Lo que más le duele a Ibarra es que el acoso llega hasta su hijo Samuel, de dieciséis años, aquejado de una enfermedad incurable y rara, el síndrome de Williams. Esta patología confiere a la fisonomía del muchacho un aspecto extraño, objeto de burlas. De un modo implícito, se muestra cómo la presión exterior y su problemática personal lo han abocado a la bebida y a frecuentar los burdeles, en busca de evasión.


Ese es el planteamiento previo, a partir del cual Víctor del Árbol irá desarrollando el argumento de La víspera de casi todo.
De este modo, retrocedemos de nuevo en el tiempo. En junio de 2010 llega al pequeño pueblo de Punta Caliente, en La Coruña, una mujer en un llamativo descapotable. Es Eva Malher, aunque se identifica como Paola. Huye de una vida de disipación, entre las drogas, el sexo y el alcohol, que mitigan la herida profunda que la pérdida de su hija le ha provocado. Casualmente acaba por alojarse en el hotel rural de Dolores, una portuguesa que llegó al pueblo años atrás con su hija, escapando de su pasado y de un divorcio complicado. Allí ejerció durante años de maestra. Ahora se muestra como una mujer huraña y escéptica, ya que carga a las espaldas un pasado trágico. Hace diez que perdió a su hija Martina y no ha vuelto a saber de ella. Secretamente espera volver a verla algún día. Es una mujer solitaria que bebe bastante, lee mucho y fuma marihuana. Dolores es amiga de Mauricio, un sombrerero argentino con la boca marcada por unas cicatrices como racimos, dispersas alrededor de la boca, que recaló en Punta Caliente para hacerse cargo de Daniel, su único nieto, quien perdió a toda su familia en un incendio. Al quedarse solo y a consecuencia del trauma, Daniel fue recluido en un sanatorio mental. Ahora está bastante equilibrado, aunque su abuelo, desconfiado, lo vigila y cuida constantemente. No obstante y contra los deseos de Mauricio, Daniel tiene una amiga íntima que se llama Martina, que vive en la vieja casa del farero entre bustos de arcilla que moldea con sus propias manos. Daniel y Martina son inseparables, algo que disgusta a su abuelo Mauricio profundamente.
Desde el principio, pese a la diferencia de edad, Daniel y Eva Malher se atraen y, al cabo de poco, inician una relación clandestina.
Los saltos temporales van alternándose para mostrarnos la recuperación de Eva en el hospital. En un momento dado, cuando ella es capaz de hablar, Eva lo saluda y Germinal la reconoce.
Eva, que ha desaparecido de su casa sin avisar ni a su marido Otto ni a su padre, pide al inspector que no la descubra todavía. Con la esperanza de ganar tiempo se niega a explicarle lo sucedido. Declarar su aparición es tentador para el inspector y los sanitarios del hospital, toda vez que el Sr. Malher recompensará con 100 000 € a aquel que encuentre a Eva.
La investigación de Ibarra prosigue y se explica el pasado de Mauricio. Hijo de un sombrerero argentino de ideas conservadoras de quien aprende el oficio, se casa con la Pecosa, una joven decidida de vocación artística. A instancias de la Pecosa, a la sazón escultora, junto a su amigo Oliverio, emigran a principios de los años sesenta desde Argentina a Alemania. Desean prosperar y la Pecosa sueña con desarrollar su carrera de artista plástica. Sin embargo, allí no encontrarán más que pobreza y trabajo duro. Oliverio incluso pierde una mano, en la prensa de una cadena de montaje, mientras la manejaba con demasiado alcohol en sangre. Sobre todo, la persistencia de la Pecosa por permanecer en Alemania es tenaz y se describen sus vínculos con el grupo Fluxus, movimiento artístico vigente en esa época. No obstante, llega un momento en que la situación es desesperada. El primero en volver es Oliverio, quien a su llegada a Argentina comenzó a trabajar en el Ministerio de Defensa, pese a su minusvalía en una mano. Luego la pareja, a instancias de Mauricio, también regresará. 
Sin entrar en pormenores, se relata cómo Oliverio se vuelve adepto a la recién inaugurada dictadura en Argentina del general Videla. No se dan detalles sobre la situación política, más allá de la consabida lucha de los regímenes totalitarios de Hispanoamérica contra el comunismo, las ideas anarquistas y cualquier otra ideología considerada hostil. La función de Oliverio en este nuevo ecosistema es la de ejercer de torturador. Debido al activismo antisistema de la Pecosa que, a su regreso a Argentina, se convierte en profesora en la Universidad de Bellas Artes y, además, pertenece al sindicato estudiantil, la policía sigue muy de cerca las actividades de la pareja y con frecuencia se personan en el negocio de sombreros propiedad de Mauricio. En una de esas ocasiones se produce un altercado, el detonante que destrozará sus vidas. La Pecosa, que se ha citado con Mauricio en la tienda, llega cuando dos policías están fisgoneando, como ya es costumbre. El problema es que ese día la Pecosa lleva en el bolso octavillas del sindicato disidente. La descubren e intentan llevársela a comisaría mientras la manosean obscenamente ante la mirada de Mauricio. Antes de que salgan por la puerta, Mauricio saca la escopeta que guarda bajo el mostrador y tirotea a los policías. La muerte de los agentes conlleva que los detengan a ambos y que a él lo condenen por asesinato. A ella la acusan de realizar actividades subversivas contra el gobierno. En prisión, su amigo Oliverio lo tortura hasta que logra que delate a la Pecosa y eso basta para firmar su sentencia de muerte. La Pecosa es ejecutada con un par de tiros en la cabeza junto a una zanja, excavada exprofeso para ella.
Tras un calvario de torturas ininterrumpidas y anulación de su propia identidad, la condena, veinte años después, llega a su fin. Mauricio sale libre pero ya su mundo, irremediablemente, ha cambiado. No sabe si su mujer sigue viva o muerta y no sabe nada de su hijo, que años atrás se ha marchado a España con su mujer. Mauricio está completamente solo y su único objetivo consistirá ahora en descubrir qué ha sido de la Pecosa y en vengarse de Oliverio.
Poco a poco se va desenmarañando la verdad de lo ocurrido en Punta Caliente, hasta el punto de que se descubre la verdad sobre Daniel, un adolescente ausente y extremadamente inteligente, un niño poco aceptado por su entorno -tanto por los compañeros de clase como por su propio padre. Se nos descubre que fue él el responsable de la desaparición de Martina, la hija de Dolores. Un invierno de fuertes nevadas, diez años atrás, Martina y Daniel jugaban en la cima de Punta Caliente, junto a un acantilado. Martina, que en medio del juego expresó su deseo de volar, cayó al precipicio, empujada por Daniel. Su hermano Julio, que lo vio antes de que le diera tiempo a llegar y detenerlo, encubrió el homicidio. Recogió el cadáver de la niña y lo enterró bajo el suelo de la casa del farero. Allí Daniel realiza sus obras de alfarería, aunque en su mente enferma las atribuye a Martina. Son bustos sin ojos, en alusión al sabio Tiresias, cuya visión y perspicacia, pese a su ceguera, son legendarias. También se ha relatado la relación entre Dolores y Julio, de la que el pequeño Daniel se entera accidentalmente, mientras los sorprende manteniendo relaciones sexuales.
Al cabo de ocho años, Julio siente el peso de la conciencia y el dolor de Dolores por la desaparición de su hija se le hace insoportable. Decide que Daniel es culpable y debe saberse. En una conversación exaltada con su hermano le explica que lo internarán en un centro psiquiátrico y lo enfrenta ante la tumba de Martina, ante sus restos, carcomidos por el tiempo. Daniel se niega a creerlo y no es capaz de asimilar que su querido hermano vaya a ingresarlo en un manicomio. Se escapa de casa durante la noche e, instigado por las voces de Martina, rocía de gasolina la casa, atranca todas las puertas y le prende fuego con su familia dentro: sus padres y su hermano. Todos perecen a consecuencia del incendio.
Sin que se precise cómo (¿la sabiduría de un ser doliente?), Mauricio sabe lo que ha pasado y advierte a Paola (en su otra vida, Eva) de que se marche de Punta Caliente e interrumpa una relación enfermiza con Daniel. La avisa de que su nieto puede ser peligroso. Después, viendo que Paola no reacciona, llama al Sr. Malher para que vaya a buscarla. Paola no cree a Mauricio, pero después de reflexionarlo mucho decide aceptar el consejo y volver para afrontar su vida. Simultáneamente, su padre va a verla y le suplica que regrese. Le da un plazo de cuatro días antes de amenazarla con desheredarla.
A Eva no le da tiempo de responder a su padre, porque Daniel, sintiéndose de nuevo traicionado, abandonado esta vez por Eva, decidirá actuar bajo el influjo de Martina. Invitará a Eva a ir a la casa del faro, con la excusa de presentarle a Martina. Paola desconoce que Martina es una alucinación de Daniel, un desdoblamiento de su personalidad. Allí Paola se dará cuenta de la enajenación del joven, de su personalidad esquizofrénica. En un momento dado, Daniel perderá el control y propinará una paliza terrible a Paola. Mauricio llegará a tiempo para rescatarla y dejarla anónimamente en el hospital.
Mientras tanto, Oliverio, que en ese momento vive en Barcelona, donde reside su hija Laura, es localizado por Mauricio a través de una ONG que ayuda a localizar a desaparecidos de la dictadura argentina de Videla. Mauricio busca venganza y logra entrevistarse varias veces con Oliverio. Le entrega un poemario de Juan Gelman, cuyo significado al final de la novela se aclarará. Poco después Oliverio muere tiroteado en pleno centro de Barcelona e Ibarra, encargado de investigar el caso, sospecha de Mauricio. Va a detenerlo a Punta Caliente. Al presentarse con una pistola y sin saber a qué atenerse, Mauricio lo agrede y lo reduce. Sin embargo, el anciano acaba por explicarle quién ha asesinado a Oliverio: Héctor, antiguo soldado que sirvió a las órdenes de Oliverio en la guerra de las Malvinas. Allí Oliverio obligó a Héctor a estrangular a un preso británico al que estaban torturando sin compasión. Ello le comportó un consejo de guerra, debido a su supuesta negligencia en la custodia del prisionero, pero Oliverio consiguió que lo exoneraran. No obstante, Héctor guardaba un hondo rencor a Oliverio por todas las atrocidades cometidas. Movido por ese odio, Héctor funda, junto a su hermana que ha perdido a un hijo, una ONG para ayudar a las familias de los desaparecidos en Argentina.
Por otro lado, la declaración de Eva en el hospital, lo conminan a ir a Punta Caliente y resolver el crimen de Amanda.
Una vez se hace público el ingreso de Eva Malher en el hospital, su padre, que la busca desesperadamente desde hace meses, va a visitarla junto a su marido. Utilizando sus influencias logra sortear la presión mediática y sacar a Eva del hospital a escondidas de las cámaras y los periodistas.
Cuando Ibarra, Mauricio, Dolores y la Guardia Civil van a detener a Daniel, culpable del asesinato de Martina y del intento de asesinato de Eva Malher, el joven se suicida, instigado por la voz de Martina, lanzándose al mismo precipicio al que diez años atrás él la había empujado.
Hay un epílogo en el que se narra la visita de Ibarra a Eva en su casa de Málaga, al lado del mar. A Germinal lo han obligado a jubilarse sus jefes, celosos de su protagonismo. Se ha retirado con su familia a un pueblo de Extremadura, donde viven tranquilamente, lejos de todo. El exinspector ha abierto un taller de restauración de muebles, en el que le ayuda su hijo Samuel. Carmen ha creado un grupo de yoga. Un día su esposa se tropieza con el diario del hombrecillo en el armario, del que Germinal todavía no se ha deshecho. Su marido lo relee y comprende que es momento de pasar página. Decide entregárselo a Eva. Ya han transcurrido dos años. Germinal la contempla, hermosa, sin rastro ya de las heridas y hematomas que le infligió Daniel en Punta Caliente.
En un inciso, se comenta que Dolores ha regresado a Portugal y se ha casado con un artista quince años más joven que ella. Ibarra se pregunta si habrá rehecho su vida. Por su parte, Mauricio, vive algunos años más hasta que una enfermedad acaba con su vida.
El desenlace nos muestra a Eva bajando las escaleras que separan la casa de la playa mientras Ibarra la observa. Envuelta en misterio, deshoja el diario y lanza las hojas al mar, en una imagen que indaga en el destino del personaje. Ella también fue una niña solitaria, cuya madre estaba aquejada por una enfermedad mental invalidante, hasta que un día los abandonó, a su padre y a ella. Al cabo de pocos meses, su cuerpo flotaba sin vida en un canal de Venecia.

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‘Labios sin banderas’ y otros poemas en ‘Zenda’

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Tras la pulsión amorosa mostrada en su primer poemario, Mi corazón mordido por tus labios (La marca negra, 2017), estos cuatro poemas inéditos de Dolors Fernández Guerrero se abisman en dilemas de corte nihilista, surcados de imágenes poco complacientes, que cuestionan los pilares de nuestra existencia. El tono de misterio, y un halo indefinido y terrible son el escalpelo que la autora utiliza para ofrecernos su visión descarnada y desesperanzada de la realidad.

En Zenda ofrecemos cuatro poemas inéditos de Dolors Fernández Guerrero.

***

Labios sin banderas

I

Amor, oigo tu voz, un susurro en penumbra,
un soplo de grava y asfalto entre el fragor
que socava el espejismo de las trincheras.
Esta tarde la hecatombe sucumbe a los cuerpos.
Por nosotros hoy el maestro afina el piano
en esta hora gris −cuarzo, mica y feldespato−,
cuando el ángel bosteza con sus alas de fuego.
Blancas, negras, en su aliento se urde el pentagrama
de notas contenidas en un reloj de arena.
No cabe la espera en la danza del deseo,
caen las palabras como piedras sobre el agua.
En el estanque, las ranas croan, insensibles
al dolor y a la música de cualquier esfera.

II

Alfileres de plomo arrasan el horizonte,
disparados por ubres de eternos gurús:
incensarios de gas, letanía de metralla.
Mísera, la luz es remolino, trampantojo
fuera del cenit que alumbra la herida turgente
de senos violetas, de muslos anaranjados.
La mañana se despliega en toda su gloria
y nos crece en el alma la espada de Damocles.
La hora es dulce para visionarios adictos
a la heráldica de los panes y los peces,
que ungen sus casullas con estrellas de mar,
que entonan sus cantos entre Escila y Caribdis,
que desangran con hacha el coral del arrecife.

III

La fanfarria de la victoria es un estruendo
de sirenas varadas al pecio del silencio.

***

Retruécano

El retruécano, mudo en la oscuridad,
galopa durante horas
en los abrevaderos lentos de la insumisión.
La frente alta y la boca cerrada
hasta que la sed adormece el silencio
para que el caballo al paso
no sucumba.

Abrevar las bestias,
enajenar su dicha,
el bocado prieto, ahora suelto
sobre el frescor del cristal.

El jinete no sucumbe,
ve su imagen reflejada
en el espejismo del agua.
Quisiera, exhausto por la jornada,
beberse la noche a pedazos,
pero el agua se vuelve retruécano
que galopa sin descanso.

***

Anaqueles del olvido

En los anaqueles del olvido
los libros se asoman al vacío
en la imprecisa geometría
de las palabras.
A duras penas
se cincelan los verbos,
se biselan los nombres,
se malversan los adjetivos.
Los conceptos son galgos que escapan
a través de jaurías de redes
y las hilanderas de lo invisible,
las que disponen los números a pie de página,
giran la rueca, la giran,
y mientras la giran cantan
y se calzan espuelas de oro
−un talón pondera, el otro remacha.

Al día siguiente desayunan tranquilas
tostadas con mantequilla
y mermelada roja, ácida,
enroscada bajo la tapa
untuosa de cualquier alcantarilla.
Es la memoria la que inquiere
sin índice ni portadas,
la que persigue a la luciérnaga,
la que devora la fruta madura,
agusanada.

Si la mano en el pomo de la espada
derrocase a la hoja en blanco,
el beso del laurel en la noche
−ojos de lechuza atávicos−
erigiría un entrechocar de voces.
Pero los pasadizos del miedo
enmudecen las palabras,
la mentira y la verdad
se ovillan como hermanastras.
Como una esfinge muda,
la mañana se bifurca
sin renglones, ágrafa…

Espuma de cadáver exquisito,
putrefacción con retrogusto,
oscuridad de tanino
esferificada en perlas de estulticia.
Rebanadas del pan de cada día
afiladas como papel de fumar.
Libros que exhalan entre los anaqueles,
ajenos al placer,
solo humo, perezosas volutas
de nada.

***

Veintiún gramos

Aligerados de peso,
el límite, veintiún gramos
y pedernales de indiferencia
saturados de azúcar glasé.

Ajenos y sin liturgia,
la opinión pública
satura de olvido el hambre.
El frío es un perro contumaz.

Y solo a dentelladas
el hombre-lobo
ataja todas las patrias,
cansado de su horrible belleza.

Arden veintiún gramos,
demasiados
para cuerpos que se exilian
bajo desleídas banderas sin dios.

***

Dolors Fernández Guerrero (Barcelona, 1968), licenciada en Filología Hispánica, ha publicado el poemario Mi corazón mordido por tus labios (2017)En narrativa, es autora de las novelas El club del tigre blanco (2020), Halogramas y Huye, Alisa (2021), además de relatos y microrrelatos en numerosas antologías. BCN la jaula es su última novela, inédita. Es vocal de la Junta de la ACEC (Asociación Colegial de Escritores de Cataluña) y presidenta del colectivo literario El Laberinto de Ariadna.

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‘Solo humo’, el cuento a deshoras de Juan José Millás

Solo humo deviene entre las manos del lector una fábula con final feliz, donde los cuentos de los hermanos Grimm adquieren una entidad referencial. Tanto es así que los límites entre ficción y realidad se difuminan para “salvar” a Carlos, su joven protagonista. Ante la muerte del padre, Carlos asumirá la obligación de leer por “responsabilidad”. Millás reivindica en esta novela el poder iluminador y necesario de los libros.
Parafraseando cuentos tan presentes en el imaginario colectivo como La Cenicienta o Hansel y Gretel, el autor traza un largo circunloquio a través de sus diferentes arquetipos y significaciones. Con ello, Solo humo se convierte en un homenaje a la literatura y a la ficción en general.
La obviedad del recurso metaliterario, la estructura esquemática, el hilo argumental excesivamente endeble y unos personajes apenas esbozados, dotan a la historia de un carácter más próximo al cuento de hadas que a la novela. Así es como Millás, merced a su prosa fluida y cautivadora, se convierte en un nuevo flautista de Hamelín.

Juan José Millás: Solo humo, Editorial Alfaguara. Barcelona, 2023. 180 págs. 18,95€