Archivo por meses: noviembre 2015

Más dura será la caída

Más dura será la caídaLe gustaba hacer volutas con el humo del tabaco. Le ayudaba a pensar. Sentado en la terraza de la cafetería, con las piernas cruzadas, escrutaba el horizonte sin que su cerebro interpretara las imágenes que veía. Lo que le mantenía ocupado era la formación casi idéntica de anillos de humo, que volaban por el aire para luego disolverse sin dejar rastro. Echó una larga bocanada y, uno tras otro, se formaron hasta cinco consecutivos, asombrosamente iguales. Parecían aros olímpicos pero mucho más efímeros.
Se sentía tan bien que realmente creía que nada podría perturbar ese momento, hasta que el sonido imperioso del móvil lo sacó de su nirvana. No le quedó más remedio que pulsar la tecla de descolgado y responder: Seguir leyendo Más dura será la caída →

El garaje

El garajeUn maullido largo como una agonía sobresaltó al hombre dormido sobre la montonera de bolsas y mantas que le había servido de yacija. Dos ojos de gato seguían su agitación, hipnóticos. Cuando despertó, inquieto, las pupilas ámbar ya habían desaparecido.
Solo unas horas antes Tomás Alcaparra creía que había tenido una suerte inmensa al ver la puerta de aquel garaje abierta. Si se había atrevido a entrar era porque no había visto merodear a nadie por lo alrededores. No tenía ganas de problemas, y menos en un barrio como aquel, una zona residencial con aires de grandeza que en otros tiempos él había conocido tan bien. Sin embargo, después de sopesar pros y contras pensó que guarecerse en una suite como aquella no estaba a su alcance sino en muy raras ocasiones. La noche era fría y el abrigo harapiento que le cubría no era su mejor aliado. Al fin y al cabo, ya que se le había ocurrido acercarse hasta allí no iba a desperdiciar semejante oportunidad. Lo cierto es que llegó a pensar que aquella era su noche. ¿Cómo, si no, explicar su tropiezo providencial con aquella botella de rioja, reserva del 2008, añada excelente según el Tasio? Porque el Tasio, antiguo sumiller, sí era un colega, el más leal. Ni siquiera le robaba los cartones o el tinto barato que a veces le regalaban las buenas chicas de la calle. Seguir leyendo El garaje →

«1Q84», el enigma de Haruki Murakami

1Q84Tras leer 1Q84 de Haruki Murakami, sientes que tu mundo ya no es el de antes. La magia de esta trilogía te impregna de tal manera que te sorprendes pretendiendo ver cualquier noche de plenilunio un cielo con dos lunas. Incluso llegas a cuestionarte si la existencia de dos mundos paralelos te será algún día mostrada, como a Tengo, Fukaeri, Aomame o Ushikawa, algunos de los personajes de la novela.

La trilogía de 1Q84 se publicó en Japón entre 2009 y 2010, y desde su aparición fue un éxito de ventas. Murakami, quien ya entonces era un escritor aclamado internacionalmente, ofrecía a sus lectores un extraño título, en el que letras y números se acoplaban para formar una misma palabra. Este juego deliberado resultaba plenamente identificable en japonés, ya que la “Q” se pronuncia igual que el guarismo “9”, por lo que el lector nipón podía entender que se trataba del año 1984 percibiendo, a la vez, que también podía representar algo diferente. Algo nuevo que Murakami ofrecía en su obra, y que por su extrañeza despertaba aún más nuestra curiosidad. Como al hacer la traducción al español es imposible advertir la homofonía , la editorial Tusquets se apresuró a explicar el doble sentido. Eso fue en el año 2011. Desde entonces la buena fortuna acompaña el 1Q84 en español. Era lo que cabía esperar del japonés, un escritor que desde hace años es candidato al Premio Nobel de Literatura. Seguir leyendo «1Q84», el enigma de Haruki Murakami →

El té de las cinco

bella_arte_de_mary_cassatt_del_te_de_cinco_en_postal-rdeaabecdb8454c8ba64c221ae13a036b_vgbaq_8byvr_324En ocasiones cuesta
poner un pie ante el otro
y avanzar.
Cuesta deslizarse
sobre el cieno.
El barro se acumula
en la suela y salpica
los cordones nuevos.

Debiéramos ser hijos
de nadie
y tatuarnos de olvido.
Siento que
en la urdimbre
del recuerdo
se retuerce el paisaje,
fermenta la hierbabuena.

En los manglares insanos
solo el despojo,
y un paso enfermo,
y un poso infame,
y un peso huérfano.
Sortea su desvarío
el carillón.
Tocan las cinco.
Tomaremos el té
en el infierno.

Halogramas: «El Consejo de los Veinte»

3. El Consejo de los Veinte

El Consejo de los VeinteCuando el Alto Patriarca de la Luz traspasó la puerta, todos se levantaron en señal de respeto. Acto seguido se llevaron la mano izquierda al pecho, tocando la insignia que era el distintivo de su cargo; luego la alzaron hasta la sien de idéntico lado y por último cruzaron los brazos sobre sí mismos, con las palmas abiertas, cada una de ellas apoyada sobre la extremidad contraria. En su gesto formaban un cuerpo compacto en el que las manos parecían nudosos troncos, recios y vigorosos.

Tras un par de segundos de solemnidad se deshizo el abrazo y los veinte Consejeros volvieron a tomar asiento. El Patriarca de la Luz, el máximo mandatario de la Nave, habló en voz alta: Seguir leyendo Halogramas: «El Consejo de los Veinte» →

Hubiera dicho que no

autorretrato-fridaHubiera dicho que no
y, sin embargo,
un resquemor crujió las aristas
del sortilegio.
La falla se hundió un poco más
tras la poda
del árbol-vorágine,
del árbol-incendio,
del árbol-fénix
y las aves desplegaron las alas,
piaron histéricas
en busca de un horizonte de luz.

Sonreí solo para mí,
de fuera para adentro.
Me senté en mi sillón
de teca y plumas
y me eché a dormir.
En el porche languidecía
una tranquilidad de luto.
Ya no había trinos
y apenas croaban las ranas
en su estanque,
en lo que algún día fue fuente,
a mi pesar.

Seguí durmiendo y soñé
en mi jardín hierático y perenne,
sin sentido -pensé-.
Pero llegó la mañana trasnochada
y con ella el reverberar
de un gallo lejano.
En su desnudez,
mi árbol podado era, a lo sumo,
un fetiche insensible.
Sin flor, sin fruto,
solo su terca persistencia
me ataba a él con un hilo de vida.

Contemplé que las aristas
habían cedido
y que el hundimiento
habría de llegar,
aunque yo hubiera dicho que no.
Caí luego en aquella hondura
incompleta
pero en mi cara
aún bailaba el aire.
Cuando abrí los ojos
la brisa pura
cimbreó sus ramas.

En mi subterránea certidumbre
me alegré.
Pensé en alcanzar sus raíces,
alimentarlo,
abonarlo
hasta hacerlo, de nuevo, mío.
Quise adherirlo al mundo
en mi desesperación,
para que en su destino
se labrara mi imagen.
Y sin embargo,
hubiera dicho que no.

Llovía a mares aquella tarde

Llovía a mares aquella tarde.
Los transeúntes
no caminaban
como siempre,
rápidos.
Huían despavoridos
bajo paraguas en sombra,
tentando a la suerte,
reptando bajo el agua.El paso, incierto,
se afirmaba
contra el desliz
de hojas mojadas
y hallaba veredas
sobre el lecho
de algún adoquín.
Era una tarde anochecida
de principios de octubre
o acaso de marzo.
¡Qué más da!
En los charcos arrinconados
temblaba el desamor.Llovía a mares aquella tarde.
Recuerdo todavía
el apagado eco
de una ambulancia
triste y turbia.
Cruzaba el asfalto
y hasta el amarillo era dolor.
Busqué refugio en
el único lugar posible,
un bar tan desolado
como su mármol sucio;
más solitario
que una colilla sin carmín.
Allí perdí la monótona
simetría
de copas atadas a sus amos,
inútiles, invertidas,
vacías de sueños sin licor.
Llovía a mares aquella tarde.
Mi piel aún conservaba
el lacre ardiente de tus manos,
la enjuta brevedad de tus dedos.
Me di cuenta en ese instante
de que el amor
arde en hogueras dispersas,
como fogatas de San Juan,
y que la lluvia es frío,
humedad, moho, vaho
adherido
al metal.

No era San Juan
y sin embargo,
ardían hogueras
laceradas
en mis manos,
en el hueco intacto
de mi espalda.
El estrépito de petardos
retardados
sacudía los ojales
de la nostalgia,
estridente
entre voces opacas.

Llovía a mares aquella tarde.
Y el beso que nunca  nos dimos
pereció en algún portal.
El amor sentenciado
hiere tanto…
Fue la ironía de un espejismo
la que me acompañó
aquella tarde,
porque llovía a mares
sobre unos labios
clausurados,
impregnados en sal.

Halogramas: «El brillo púrpura»

2. El brillo púrpura

Burbujas púrpuraPara Desiré Han la puntualidad era vital, imprescindible. Por el contrario, la impuntualidad reiterada, aunque se tratara del trabajador más ejemplar, era un indicio claro de negligencia y un acto irresponsable. Le parecía una falta de respeto hacia los compañeros que cumplían escrupulosamente con el horario establecido y una tomadura de pelo para la empresa, a la que se escatimaban horas y horas de laboriosidad.
Desde luego, mientras ella fuera la Directora de Recursos Humanos, no toleraría una falta de esa índole en ninguno de sus empleados. O eso quería creer mientras practicaba ante el espejo con un rictus de preocupación que subrayaba sus palabras. Había fruncido el entrecejo y apretaba los maxilares con fuerza. Creía que así ilustraba de un modo más efectivo su intransigencia. Pero eso no bastaba. Por más que reivindicara la importancia del cumplimiento inflexible de los horarios, el caso era que las faltas de puntualidad a la entrada de la factoría se sucedían con alarmante frecuencia.

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Halogramas: «La rosa de los vientos»

1.La rosa de los vientos

rosa de los vientosEn el acero de sus ojos el panel de control adquiría la belleza de una rosa de los vientos. De acuerdo con ese esquema, los monitores y pulsadores que a diario supervisaba estaban organizados en una estructura radial, profusamente decorada. Los colores rojizos y violáceos, intensos, contrastaban con el metal bruñido y formaban algo así como el retablo de una iglesia posmoderna.
Él, el hombre que todo lo podía, había sido el responsable de la renovación de los equipos informáticos. En su tarea había seguido un cierto sentido del decoro. Ya que la fealdad dirigía sus días, ¿por qué no rodearse de cosas bellas y a la vez útiles? Como siempre, en su forma de pensar prevalecían la determinación y el sentido práctico. Nunca le había asustado ir un paso por delante. Atreverse con temas controvertidos, ensayar procedimientos nuevos no le suponía ningún esfuerzo. Por eso estaba allí. Estaba convencido de que lo habían elegido a Él -y no a otro- por su particular visión del mundo. Seguir leyendo Halogramas: «La rosa de los vientos» →