Lisboa

LisboaPREFACIO

Los días deslavazados entre nubes me recuerdan a Lisboa.

En cambio, me parecen muy diferentes de Barcelona sus calles empedradas, de superficie resbaladiza y a la vez irregular. Como si el capricho de algún dios hubiera decidido hacer del suelo de la ciudad un gran mosaico gris sobre el cual pudiera caer, complacido, un alud de llovizna huidiza.

El contraste de edificios, humildes o ricamente ornamentados, alegran la vista. Rosas, verdes o azules, transportan la imaginación hacia aldeas con olor de sudor, pescado y brea.

El cielo y el laberinto de construcciones y vehículos se imponen a los pies de los miradores, elevados sobre cualquiera de los siete montículos que sustentan la ciudad.

Cables de telefonía, servicio eléctrico o tranvías forman un intrincado galimatías de filamentos negros que contribuyen a crear un horizonte enmarañado donde confundir la vista.

Hay que mirar atentamente para percibir el verdadero escenario de Lisboa y de sus protagonistas: el aspecto tranquilo de sus ciudadanos.

Sus tranvías amarillos o verdes recorren impetuosos las estrechas calles de piedra con soberanía absoluta sobre los demás medios de transporte, incluso sobre los peatones. Trotan felices sobre los raíles paralelos, mientras desafían su torpona apariencia con una velocidad sorprendente.

Todo ello nos aboca al espectáculo de una ciudad vital y risueña, contradictoria y tradicional.

Tal vez tendría que caer la noche para que el aroma de los fados nos deleitase con un acento de largos fonemas sibilantes imposibles de delimitar para el oído extranjero.

En efecto, estamos en Portugal y esto es la saudade. Seguir leyendo Lisboa

Sensaciones

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Sensaciones de cualquier mañana en Barcelona:
luz y colores a discreción insuflando vida
a los transeúntes y a los vehículos,
incesantes como Sísifo.
La vida, una ecuación irresoluble
de ciclos eternos sin más razón que existir.
Incondicionalmente
me he ligado al nudo de la incertidumbre
en una ciudad malherida.
La adoro y la padezco,
amor imposible, vendido al mejor postor.

Retales

Mojar el alma con las gotas rezagadas del día de ayer.
Ver el arcoíris reflejado en cada comisura de mi cuerpo
y dejar a la tenaza de la vida
rematando los retales incorpóreos del dolor.
Un corte de mangas tenaz.
Caer y dormir.
No más pasos en falso
que conviertan las aristas en cantos rodados.
Lejos, muy lejos.
Más allá del río mojaré mi boca con el agua fresca.
Al fondo, escondida, se verá mi cueva,
mi amada Barcelona hecha de suelo.
Dormir sin volverme hacia ningún lugar.
Sola, blanda, perfecta.
Pura estalactita calcárea,
óbolo del día que miré atrás
para convertirme en simple estatua de sal.
Pura y libre al fin.

Un día de invierno

Aceras sucias dentro de túneles opacos.
Un día de invierno, o tal vez no.
Charcos que perduran en los adoquines hundidos.
La marcha incesante de pies y cuerpos
mientras el alambique de las gargantas
destila lentos presagios,
regurgita la decepción.
La mansedumbre de la ciudad es un espejismo.
Barcelona la fenicia,
Barcelona la señora,
Barcelona la fulana.
Solo uno más
entre el rebaño que otea el cielo
apaciguando el alma, diciendo que hoy,
con suerte,
no lloverá, pero mañana quién sabe…
Insensible,
la hora de las verdades cae en el olvido,
en el espacio límbico
sin patria potestad.
Barcelona florece por dentro
en busca de esa rara avis,
dalia en el hueco de las manos,
aroma de estancia compartida.

Arquitectura de la soledad

Reflectores del silencio abanican mi soledad
y los grillos incansables sacian su canto de sirenas
a costa del radar oculto de mi insomnio,
que no languidece ni de día
ni en su oscura metamorfosis.
Solo puedo transmitir en clave cifrados mensajes
que traspasen los muros de la ciudad
para multiplicarse en las antenas,
emularse exponencialmente en los satélites
hasta una infinita BCN,
con la retrospectiva del big bang
último o primero.

Si no pudiera verte más
se reencarnaría  en viento mi palabra,
el verbo con su semántico deseo,
para rozar tu aroma, tu esencia, tu cuerpo,
lo que hace de ti mi yo incompleto.
Habitando tu espacio sin respeto
y transitando tus movimientos,
yo sería ese soplo de viento solitario
que se enamora de la tarde
antes de que las sombras hayan vencido
la proyección taciturna
de mi postergado anhelo.

Rastrojos y erizos

DionisosArrasados los ojos por el rímel y el sueño, se dirigió cansinamente a su dormitorio. Convertir en celebración cualquier circunstancia era una de sus ¿escasas? cualidades. Aquella noche él, ella, todos habían celebrado su marcha a Hamburgo, su nuevo puesto de ingeniera. El vino anega los rastrojos que te pinchan hasta convertirte en erizo. Un brindis y adiós, amor mío.

Uva madura

Tal vez fue el ocaso, que arrasa las luces y el día. Acaso fue el «Bolero» de Ravel. Lo único cierto, el destello de cristal en tus ojos de uva madura que, cual vino tinto, me bebí.
Desde entonces, duendecillos felices me apuntan en tu pupila, y por mi resquebrajada corteza me invaden hasta la raíz.

Dionisos

Mira el viñedo con cepas antiguas y vid nueva, hijo mío. Nudosos troncos arraigados a la tierra junto a savia recién nacida que bucea en su lecho armado con terrones de sol. Aquí crecerás oliendo el mosto de la uva hasta que un día pruebes su metamorfosis en vino, ese torrente de líquido maduro que brinda ufano con la vida.