PREFACIO
Los días deslavazados entre nubes me recuerdan a Lisboa.
En cambio, me parecen muy diferentes de Barcelona sus calles empedradas, de superficie resbaladiza y a la vez irregular. Como si el capricho de algún dios hubiera decidido hacer del suelo de la ciudad un gran mosaico gris sobre el cual pudiera caer, complacido, un alud de llovizna huidiza.
El contraste de edificios, humildes o ricamente ornamentados, alegran la vista. Rosas, verdes o azules, transportan la imaginación hacia aldeas con olor de sudor, pescado y brea.
El cielo y el laberinto de construcciones y vehículos se imponen a los pies de los miradores, elevados sobre cualquiera de los siete montículos que sustentan la ciudad.
Cables de telefonía, servicio eléctrico o tranvías forman un intrincado galimatías de filamentos negros que contribuyen a crear un horizonte enmarañado donde confundir la vista.
Hay que mirar atentamente para percibir el verdadero escenario de Lisboa y de sus protagonistas: el aspecto tranquilo de sus ciudadanos.
Sus tranvías amarillos o verdes recorren impetuosos las estrechas calles de piedra con soberanía absoluta sobre los demás medios de transporte, incluso sobre los peatones. Trotan felices sobre los raíles paralelos, mientras desafían su torpona apariencia con una velocidad sorprendente.
Todo ello nos aboca al espectáculo de una ciudad vital y risueña, contradictoria y tradicional.
Tal vez tendría que caer la noche para que el aroma de los fados nos deleitase con un acento de largos fonemas sibilantes imposibles de delimitar para el oído extranjero.
En efecto, estamos en Portugal y esto es la saudade. Seguir leyendo Lisboa

