Un ritual inexorable incluía la recepción de los cuerpos, su identificación, acondi-cionamiento y colocación siguiendo un escrupuloso orden. Allí, donde todo tenía lugar, las horas y los días -festivos o laborables- se sucedían con imperturbable calma. El destello de los azulejos blancos desinfectados con lejía reflejaba el contenido del habitáculo, como en la versión gore de la Sala de los Espejos.
Un hombre común, o no tanto, era quien ejecutaba con pericia todos los movimientos. “Común” por lo que tenía de comunitario, denotativo de una comunidad; no en la acepción más conocida, rayana en lo mediocre e insulso. En este último sentido no era nada común, tal y como su mirada decía. A él, sabiéndolo, no le importaba. Seguir leyendo El artista de la morgue
