El artista de la morgue

El artista de la morgueUn ritual inexorable incluía la recepción de los cuerpos, su identificación, acondi-cionamiento y colocación siguiendo un escrupuloso orden. Allí, donde todo tenía lugar, las horas y los días -festivos o laborables-  se sucedían con imperturbable calma. El destello  de los azulejos blancos desinfectados con lejía reflejaba el contenido del habitáculo, como en la versión gore de la Sala de los Espejos.

Un hombre común, o no tanto, era quien ejecutaba con pericia todos los movimientos. “Común” por lo que tenía de comunitario, denotativo de una comunidad; no en la acepción más conocida, rayana en lo mediocre e insulso. En este último sentido no  era nada común, tal y como su mirada decía. A él, sabiéndolo, no le importaba. Seguir leyendo El artista de la morgue

El jardín de las delicias

El jardín de las delicias-¿Cómo? ¿El jardín de las delicias?
-Sí, El jardín de las delicias de El Bosco.
-¿El cuadro del pintor terrestre del siglo XVI, hace 1.500 años?
-Sí, ¿qué problema hay? ¿No eres el psicoescenógrafo de esta plataforma? Programa el hológrafo especular y ya está. No veo el problema.
-Me parece algo extraño, atípico.
-No sé por qué.
-Creo que lo mejor sería que viniese el ciberpsicólogo y hablásemos los tres con calma.
-¡Estoy en mi derecho!
-Sin duda. Solo queremos asegurarnos de que eliges bien.
Después de estas palabras amables que me sonaron como una sentencia, el psicoescenógrafo dio por terminada la sesión. Me emplazó para otro día, en el mismo lugar. Con la diferencia de que la próxima vez seríamos tres: él, el ciberpsicólogo y yo mismo. El tercero en disputa debía dirimir si mi petición era lógica y razonable. Para mí lo era. Pero no bastaba. Seguir leyendo El jardín de las delicias

Las nubes

Las nubes no dejan estelas en el cielo
ni encienden hogueras en la noche.
Solo son cúmulos gaseosos
en los que intentamos,
mansamente, adivinar iconos.
Soñamos con su pureza,
blanca y mullida,
pero solo atisbamos, a veces,
en la piel, su humedad, su tacto de agua.
Nos esponjamos
en ese calabobos sereno
y nos alzamos con algo cierto,
con la llovizna de la tarde,
con su destilado aroma de amor eterno.

Yo te escribiré

Yo te escribiré
aunque no me leas,
aunque tus ojos empapados
de marea
jamás se dejen mecer
por la negra tinta de mi letra.

Mientras el mundo
se cernirá sobre nuestros días,
con las rocas como testigos
de un tiempo hecho cenizas
que se deshoja en un susurro,
entre la eternidad y el absurdo.

Y me asaltan dudas:
cómo las montañas vivas
se volvieron dunas;
o cómo ardieron sobre las lomas
ávidas lenguas de lava
que luego se dieron a la fuga.

Yo te quiero
y, sin embargo,
a veces tengo miedo.
Por eso, aunque nunca
cese el ulular del viento,
te escribo aunque no te veo.

Como émulos de los dioses,
escultores de las cumbres
que apuntan al cielo,
nos perdemos en este dédalo
-ícaros sedientos de viento
soñando con alzarse del suelo-.

Aunque no me leas
yo te escribiré,
a despecho del tiempo
que pulverizará nuestros huesos,
solo porque tú eres amor
de mirra, oro, incienso.

Urracas tendidas al sol

Un vehículo surca a la carrera
el asfalto y la ciudad
bajo la mirada atenta
de urracas tendidas al sol.
Son solo aves esbeltas
bajo un domingo al mediodía,
erguidas sobre cables de alta tensión.

Antiguas y sabias,
desechan el letargo del fin de semana,
la indolencia de los hombres,
manteniendo el blanco y negro
en perfecta línea recta.

Son aves que sujetan,
como pinzas incorruptibles,
el andamiaje de la mañana,
como si orearan al viento trapos sucios.

Un sueño de ropa blanca bajo rayos ejecutores
de algún venerable dios.

Ellas sí, en un acto de valor,
parecen restituir a la vida
la limpieza de los días diáfanos,
en un alarde de belleza.

La transparencia de las ventanillas
las acaba dejando atrás
y las bendice con el hisopo
del tubo de escape.

Desaparece la nostalgia
mientras miramos al frente:
tan solo un gris hollado
un millón de veces
entre líneas continuas vertidas en paralelo,
que convergen , pese a todo,
en el infinito inexistente del cero.

Displicentes, son ellas, funambulistas,
las que sujetan el cielo,
imantado de tragedia y desamor.

Un maravedí por tu alma

Un maravedí por tu alma, que me da aliento.
Un sol por la de aquel niño,
sucio y harapiento,
bajo otro sol sediento
de pieles y anhelos.

Medio dólar por aquel mendigo,
fugitivo del techo suicida,
guarecido por la inclemencia
de una dádiva pía
hermanada con la indiferencia.

Ni un euro por mi cuerpo,
eternamente ligado a las paredes y al lecho,
al triste sustento
de una escudilla dorada,
que es mi abrevadero.

De metal y fuego
debiéramos estar hechos,
y no de frágil barro,
para no deshacernos en llanto
ni, resecos y atónitos, resquebrajarnos.

Y es que falta la alquimia de algún demiurgo
que transmute este mundo.
El sueño fútil de una caverna
en pos de valiosas criaturas forjadas a fuego lento,
como renegados de carne y hueso.

Pobre de mí, carezco de oro y plata,
solo tengo, en la cueva que me habita dentro,
un sueño de ángeles encadenados al lamento,
desposeídos, sin alas,
por ese maravedí que tú me has devuelto.

Si el ayer fuera hoy

Si el ayer fuera hoy, como en un acto de secesión,
incendiaría el aire para escudriñar los valles,
para que la noche no me robase con el sueño
los cálices que prenden las teas del firmamento.

Si el ayer fuera mañana, me poblaría de besos,
lánguidos de vino tinto, tan locos y tan cuerdos.
Saltaría muros con el ansia de una bacante,
hollando con mis pasos su perímetro de piedra.

Haría la ginkana de las horas resabiadas:
lo de antes ahora; lo que sucedió, solo misterio.
Tal vez entonces pudiera convertirme en simiente,
y en un bucle de mi pelo enredarme con el tiempo.

¿Quién descorchará mis silencios?

¿Quién descorchará mis silencios
como paloma blanca
con rama de laurel?
¿Quién espumará en mis oídos
mentiras y verdades a medias
en un alarido de Munch?
¿Quién mirará las burbujas de mi copa
y tenderá hacia ella su mano
sin llegar a romper el cristal?
¿Quién recordará mi nombre
antes de que lo ahogue el olvido,
en su ovillo deshilachado?
¿Quién tañirá con voz de plectro
la miel de mis tendones
hasta reconocer el algoritmo de mi ser?
¿Quién guardará mis tesoros
en un alambique
que destile piedras, barro, desatino?
¿Quién dirá en el último momento:
“Yo te vi en las sombras
y te conozco a tu pesar”?

Oasis

Erótica del poder,
excombatientes
en la cuerda floja
sin antes o después.
Triste moneda de cambio,
tránsfugas de lo real.
Herederos de arena
en oasis de muerte.
Lamento de Eros.
Erótica del dolor.

Andamiaje de excombatientes
en la cuerda floja.
Triste moneda de cambio,
tránsfugas de la realidad.
Solamente tú y yo.

No se trata de justicia

No se trata de justicia, sino de percepciones.
No es por hablar de razón, solo de malabares.

Porque la vida ni es justa ni razonable,
más bien una realidad inasible, equívoca,
una nube de sueños que jamás mira hacia atrás.

El mañana, algo opaco y fútil,
un oráculo de escepticismo y humo
para quien espera leer en inexistentes renglones
los frutos de su tesón.

Pero no se trata de justicia o razón,
ni siquiera de laureles o bacanales,
sino de crear pasarelas de cristal
que no oculten el ocaso de la tarde.

Solo es por hablarle a las caracolas del mar.