El aullido

El aullido de la noche sajará la carne
con saña de usurera,
con la voracidad del tiempo,
como se reabren las fístulas
que jamás sanaron
entre la epidermis y el hueso.
El nosotros yerto,
sobre los tejados,
tensando músculos y miedo,
y mi cuerpo,
un ovillo de uñas estriadas,
de pies anclados
y manos sin tinta.
No tejeré jerséis inconclusos
ni proyectos
con olor a pan tierno.
Sin agujas, sin trazos
en el aire
que silben la voz hecha verbo
se abrirá la fosa,
la que sepulta entre la piedra
mi carne y la piel del membrillo,
fruto del terciopelo.

En mi refugio

En mi refugio tus uñas son
la terminación de mis dedos;
mis pechos, juguete de tus dientes;
y secuaces de tu saliva
son los poros de mi garganta
que rechina de deseo.
Como lengua de mar
invades mis dunas y mi puerto
con tu avasalladora ola
de besos y gemidos secretos.
Al compás de este barco
sin remos
hallo refugio ardiente
a golpes de yunque
contra martillo,
ahondando en las simas
de lo abisal.
Ya no temo a la pleamar,
ni siquiera en luna llena,
porque en vano busqué
su bendición o reproche
entre miríadas de estrellas.
Y si la absolutista luna
con su belleza de espejo
nos contempla en la fragua
interminable de la noche,
verá cómo nuestros cuerpos
son rumor de escarcha,
abrazo de ola,
espuma de sal,
un latido de de caracola.

Daga de amor

Al alba de acero
le robaré el rubor
para hacer sin pudor
la daga arrojadiza
que asaetee tu corazón.

Clavada en tu pecho
te abrasará por dentro
para que sientas la ardiente
plegaria de mis manos
fundidas a ti a fuego lento.

Amor, sólo lamento
no haber dado antes contigo,
en este eterno recuento
de calles y mares,
de vida sin latido.

De haberte conocido,
todo en un suspiro,
me hubiera clavado en el suelo,
sin dudas, sin miedo,
para decirte: te quiero.

Concha de arena

Concha de arena,
acogida y trabada
entre cristales de nácar,
de tu belleza señora,
convicta de Luna llena y pleamar,
en el único hábitat de la nada,
tan hermosa y perfecta.

Infinitesimal cadencia
de un ser que no está porque es,
simplicidad sin fondo
que emerge indolente,
como la fe del eremita
o el llanto del neonato.
Esencia, origen, meta.

Concha de arena,
muda, pletórica,
eres materia de oasis
en el equívoco de lo inerte.
Cuando tus dunas canten
el son grave del tiempo
yo ya estaré muerta.

Conato de esperanza

Raudo pararrayos,
alegre espantapájaros,
bendito esparadrapo
que tejes mezcolanzas
de yodo y vendas blancas.

Sanó mis heridas
el lento cucú del tiempo
y con madreselva y olvido
restañé la sangre podrida
que latía sin sentido.

Inmarcesible ante las eras
de los viles segundos,
el frío bipolar de la espera
traspasó mi mundo:
conato de columna certera,
hilo conductor sin rumbo.

Pero carraspean en mi garganta
el helor y las dunas del desierto,
ese fuego de miedo y hielo
que envenena la esperanza.
¡Maldito diablo y maldita su danza!
¡Ojalá fenezca con mis lágrimas!

Cara o creu

Cara o creu
-tu o jo-
són petons que volen
ferits de mort.

Com la tarda,
bruta de pluja,
cauen les ombres
de la tardor.

Mentre
-jo, tu-
ens mirem als ulls,
foragitats per la por.

Ai, si es trobessin ara!
Només un raig
per entendre
que la llum s’ha fos.

Canto de Ulises ante los cadáveres de sus hombres

No perpetres más crímenes contra natura
desde el bando ignominioso de la vida.
Atrajiste hacia ti mis barcos
y solo atisbo escollos y heridas en las rocas.
Escila con Caribdis ha estrechado el lazo.
Mis hombres y yo en acalorado abrazo
sentimos el tiempo adelgazado,
el espacio reducido a nada,
el navío, un cascarón de zozobra.
Nos ha sepultado la bravura de las olas,
nos ha desposeído de fortuna y honra.
Ahora yacemos bajo el celo de las aguas,
cascada que regocija a las noches sin luna.
¡Oh, Atenea, diosa de la astucia, guíame,
enjuga con tu mano estas lágrimas de muerte!

Arde la tarde

Arde la tarde tras el cristal
y la lluvia salpica mi cara.
La hoja entreabierta
de metal frío
rechaza el agua que resbala, turbia,
hasta el quicio de la ventana.

Ligeras agujas que se remansan en balsas
como lagos en miniatura que anegan mi alma.
Torrentes que descienden a un mar soñado
son mis lágrimas, que ejecutan una lenta
y arcaica sinfonía de llanto en ascuas.

La tarde, ajada, se niega a anegarse en la vacía oscuridad embriagada
y, en su lugar, desdeña las horas en un ocaso de alba.
Pero vence la luna con su estribo de plata
desollando estrellas,
que no palidecen ante su mirada.

…Y el hombre indigente de esperanza.
…Y el niño mudo de abrazos y nanas.
…Y el terco verde-azul de nuestra sombra alargada.
…Y hasta la locura de la sonámbula
se vencen de sueño y expulsan a la tarde,
loca de destellos y ráfagas.

-Vete, tarde loca, vete día insomne,
que apacigüe mi ánimo la lluvia sorda
de esta noche sin alma.

A les palpentes

Davant les ombres
jo dibuixo finestres
i pulso amb urgència,
com un redemptor.
Alfabètiques tecles
dins sivelles negres
s’arrengleren sense atzar
amb vocació de filera,
falena s’un sol traç.
És negre i és blanc,
és llum i és penombra,
és el teu nom en negreta
qui m’insereix en el món.
Sense cos, sense veu,
sense imatge, sense hora,
com l’arc de Sant Martí
que sempre ens fa goig.
T’explico amb els dits
infinites foteses,
un munt d’acudits
per guarnir la tristesa.
El setge dels dubtes
i la por dels fracassos
no podran mai
traspuar el baluard,
car el teu raig precís
prendria de penyora
una vida aliena i real.
Et llegeixo, t’ensumo
mil i una vegades,
t’invento i t’enyoro
amb el palmell de les mans.
T’estimo i em deleixo
amb els fonemes
del teu nom,
que tinc
clavats,
al cor.
Respons, m’interperl•les,
et comento,
em sadolles
i et sedueixo.
Jo sóc Scheherazade
i tu el meu senyor.
Això nostre és foc
sense cendra,
que crema,
alimenta,
sense pell,
carícies o suor,
ni mirades robades
ni xiuxiuejos de passió.
Pulso amb urgència,
sedent sacerdot
que invoca la teva presència.
Aquí i ara: tu i jo.
Fora: les ombres,
la finestra tancada,
que s’obre només
amb el teu resplendor.

Árbol centenario

Me quedé hueca, vacía, como árbol centenario
buscando rumor de hojarasca,
proyectando el verano en mi sombra alargada ,
malgastando la savia en frutos manchados.
¡Qué terco filamento une la vida a mis labios..!

Y ahora se mezcla la sal de mi llanto
con el sabor de tus besos.
Aquella noche debería haber llovido tanto…
Así no tendría la certeza de haber muerto,
de haberte sobrevivido en vano.

La savia invicta en mi rugosa corteza,
en mi nudosa presencia de años y daños,
tiene del manzano la consistencia,
del almendro en flor la belleza,
del limonero su ácida luminiscencia.